Un engaño piramidal disfrazado de feminismo

Más allá del supuesto misticismo y sororidad, el Telar de la abundancia funciona con el popular esquema Ponzi y ya ha dejado víctimas en países como Argentina y Chile

Por: Natalia Calao
febrero 28, 2019
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Un engaño piramidal disfrazado de feminismo

A mediados de diciembre del año pasado, un mensaje vía Facebook entró a mi celular. En la pantalla apareció la foto de una amiga con la que hace rato no hablaba. Me saludó diciéndome que esa mañana había estado pensando en mí. Eso me alegró el día. Acto seguido me dijo que estaba participando de un “telar”, una cosa que yo jamás había escuchado y que me iba a contar de qué se trataba por WhatsApp. Llegaron dos mensajes de audio, extensos: uno de cinco minutos con nueve segundos, y otro de siete minutos con cincuenta y seis segundos. Mucha información.

Recuerdo que me habló del Telar, un movimiento del que hacían parte mujeres de todo el mundo y que estaba pensado para que pudiéramos cumplir nuestros sueños. También me contó sobre el merecimiento y me dijo que debíamos acostumbrarnos a ser merecedoras de lo que soñábamos. Además, señaló que este era un grupo del que hacían parte mujeres muy especiales, que no era para todo el mundo, que si buscaba en internet iba a encontrar mucha información errada sobre el tema, que si tenía alguna pregunta que se la hiciera saber y que para entrar lo único que tenía que hacer era pensar cuál era ese sueño que quería cumplir y tener disponibles mil cuatrocientos dólares, algo más de cuatro millones de pesos colombianos, dispuestos a ser dados en calidad de regalo, a cambio yo iba a recibir treinta y seis millones de pesos. ¿Una propuesta tentadora? Tal vez.

Dos cosas pensé en ese momento. Uno: Si tuviera cuatro millones de pesos libres para inversión en mi cuenta de ahorros, seguramente me iría de viaje. Dos: A la cabeza me llegó la imagen de David Murcia y sus de-eme-ges. No le contesté de inmediato porque lo primero que hice fue eso que mi amiga me dijo: irme a googlear "telares". El primer resultado decía: "Telares de mujeres: ¿una estafa o la posibilidad de cumplir tus sueños?".

Telar, flor, mándala, células de la abundancia, células de colores, células de gratitud, bolas de colores, bolas solidarias, círculos de la prosperidad, ruedas de la amistad, pirámides... muchos nombres para el mismo sistema de enriquecimiento rápido. El método es simple: 15 mujeres se organizan en una estructura piramidal en la que a medida que van atrayendo más mujeres, van ascendiendo para acercarse a su preciado regalo. Es decir, una mujer arriba recibe el dinero de otras tantas que están debajo. La diferencia con otras pirámides es que esta es solo para mujeres y se sirve de una cantidad de elementos sico-mágicos-sociales. Un verdadero cóctel de sincretismo. Aunque sobre todo se alimenta de la base teórica del feminismo, razón por la cual el Telar proliferó en países como Argentina y Chile, donde el movimiento feminista lleva una ventaja considerable con respecto a otros países latinoamericanos.

Las implicaciones de estos telares, entonces, las leo en dos vías. La primera de ellas es que al vivir en un Estado de derecho se incurre en el delito de captación ilegal de dinero, con las consecuencias legales que esto acarrea, léase, extinción de dominio, embargo de bienes y cárcel. Es que el sistema financiero es patriarcal, sin duda. Es que los bancos son excluyentes y limitados, también. Pero eso no hace que el Telar deje ser un delito. La segunda vía sobre la que hice lectura de el Telar es que este echa mano de muchos elementos: habla de empoderamiento, sororidad, consecución de los sueños, confianza, justicia de género, equidad, solidaridad e incluso cooperativismo. Toda una amalgama de conceptos adaptados al universo femenino, que le apuntan directamente a las relaciones que se han ido construyendo entre las mujeres. Es decir, capitalismo puro y rampante empaquetado en la etiqueta del feminismo. Esa confianza que ha tomado años en construirse, esa conciencia de que debemos juntarnos entre mujeres para sanarnos y cuidarnos, esas luchas que muchas mujeres han dado alrededor del mundo para visibilizar las injusticias de género, borradas de un tajo por el Telar, que además se sirve de otra figura perversa para crecer: el secreto. Quienes te invitan a hacer parte de un Telar, lo hacen también a mantener en secreto la información. No sé si la relación venga al caso, pero en contextos de abuso sexual, el secreto es el vínculo establecido por el agresor con la víctima.

Matemáticamente las cuentas no dan. El número de mujeres es finito. Las mujeres de tu entorno cercano se agotan. ¿Qué pasa entonces cuando se acaban las mujeres con los cuatro millones de pesos disponibles? Que la pirámide se cae y muchas de las mujeres que pusieron su dinero y su sueño en el Telar van a perder. En Argentina ya empezó a suceder.

A mi amiga le respondí a los dos días y después de muchos mensajes insistentes de ella, le dije que no, que le agradecía mucho que creyera en mí como una mujer especial, pero que mis energías estaban concentradas en otras cosas, que a mí eso me sonaba a pirámide y por tanto a estafa, que esperaba que nos pudiéramos encontrar en otros espacios de construcción feminista y que mi afecto por ella permanecía intacto.

Creo firmemente en el poder que se produce cuando los espíritus femeninos se juntan, pero también creo que “la solidaridad va más allá de la justicia, tiene que ver con cuidar de la otra, con la lealtad con la amiga, con la apuesta por causas impopulares o perdidas, con todo eso que puede no constituir propiamente un deber de justicia, pero sí es un deber de solidaridad”. Al menos para mí. Es ahí donde creo que no podría invitar a mis amigas a un lugar donde haya una mínima sospecha de que van a salir heridas o engañadas.

El Telar no es sororo, no es solidario, es excluyente y ahonda en la diferencia de clases. En últimas, todo se reduce a querer obtener dinero de manera rápida. Es posible que algunas mujeres puedan recibir esos 36 millones de pesos, pero en algún momento habrá mujeres amigas que van a perder.

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