Opinión

Teatros de acontecimientos en Barraquilla (I)

Noticias de la otra orilla

Por:
septiembre 12, 2020
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Teatros de acontecimientos en Barraquilla (I)
El Emiliano fue el referente extraordinario de la vida cultural de Barranquilla durante las tres primeras décadas del siglo XX

Cumplidos ya 38 años de haber sido inaugurado el teatro Amira de la Rosa en Barranquilla, y cumplidos también más de 3 años de estar cerrado por razones confusas que aún siguen sin entenderse bien, vale la pena recordar lo que hubo en la ciudad mucho antes de que las puertas del Amira se abrieran a su vida cultural en junio de 1982 con aquella soberbia presentación ––auspiciada por el Banco de la República–– de la Compañía de Danzas de Canadá, dirigida por el coreógrafo haitiano Eddy Toussaint, que algunos pudimos presenciar como un hecho verdaderamente extraordinario. La ciudad sentiría sin duda la huella que en esas tres décadas ha dejado la experiencia del Amira en su sensorium.    

Pero para poder abrir sus puertas ese día tuvieron que pasar 34 largos años de grandes peripecias cívicas e institucionales que lideraron ciudadanos de entonces que no aceptaban que la ciudad no tuviera un gran teatro luego de haber tenido los notables antecedentes que en términos de estos espacios culturales tuvo Barranquilla desde las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX como un imperativo de su vida cultural en esos años.

Así, desaparecidos o en ruinas los espacios teatrales que habían existido en la ciudad a comienzos del siglo XX, fue en marzo de 1948 cuando se inició la nueva campaña por construir un nuevo teatro en la ciudad, con el liderazgo de don Ezequiel A. Rosado, por entonces presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas, y se constituyó el Comité Pro-Teatro Municipal, atendiendo a una autorización del Acuerdo Nº 21 de 1946 del Concejo municipal, sancionado por el alcalde Raúl Fuenmayor Arrázola y encabezado por un destacado hombre cívico como fue Rafael A. Juliao Sarabia, a quien se le conoció durante todo ese proceso como “el arquitecto espiritual” de esta nueva obra.

Un proyecto que tenía como desafío primordial llenar el vacío que había dejado la demolición del viejo Teatro Emiliano ocurrida en 1943 por considerarlo inadecuado y mal ubicado, como quiera que estaba emplazado en pleno viejo centro de la ciudad, en la esquina de La Cruz Vieja (hoy esquina de la calle del Comercio (la 32) con la carrera 44 (Cuartel), que ya desde entonces acusaba los primeros signos del inatajable deterioro que hasta hoy se mantiene. Ese teatro, que había sido construido en 1895, que tenía una aforo extraordinario de casi 2.000 butacas, y que se inauguró   con una función de zarzuela de la Compañía hispanoamericana Dalmau-Ughetti, llevaba el nombre de Emiliano Vengoechea, otro cívico destacado que había liderado su proceso, y cuyo diseño y construcción estuvo a cargo del arquitecto inglés Robert Gisbert.

Era la época en que a la ciudad llegaban compañías de ópera y zarzuela y conjuntos orquestales y músicos independientes, especialmente de España y de Italia, pero también de otros países europeos y de América. Por eso era importante que la ciudad tuviera un teatro que albergara una agitada vida cultural que en ese momento era ciertamente ejemplar a los ojos del país de entonces.

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En el Emiliano se escenificaban eventos de teatro y conciertos y óperas y zarzuelas venidas de otros lares y empezó a abrir sus puertas a los procesos musicales y teatrales de la ciudad

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De esa manera el Emiliano fue el referente extraordinario de la vida cultural de Barranquilla durante las tres primeras décadas del siglo XX, en el que no solamente de escenificaban  eventos de teatro (comedias, casi siempre) y conciertos y óperas y zarzuelas venidas de otros lares sino que empezó a abrir también sus puertas a los  procesos musicales y teatrales que se daban en la ciudad, así como también se llegó a proyectar el cine naciente entre 1903 y 1911, como quiera que la ciudad era en esos momentos un interesante foco de lo que en la región animaban con gran entusiasmo algunos promotores itinerantes del cine a los que se sumarían más tarde extranjeros que luego se hicieron de esta tierra como Floro Manco y los hermanos Di Domenico.

A ellos se debió, precisamente, que de nuevo, esta vez desde 1928, volviera a tenerse como sala de proyecciones cinematográficas con programaciones de más largo aliento, así como también se utilizó como escenario de los bailes de carnaval que realizaba la sociedad barranquillera de entonces.

Por desgracia, ya para 1935, algo empezaba a suceder en la vida económica, política y social de la ciudad y el Emiliano empezó a experimentar un franco decaimiento. Se presume que con los cambios que la ciudad experimentó en su vida urbana con la fundación y auge del barrio El Prado y el establecimiento allí de gran parte de la élite empresarial barranquillera que antes vivía en el viejo centro histórico de la ciudad con sus negocios en los bajos y las residencias en los altos de sus edificios, empezó a operarse el abandono del centro que muy temprano empezó a mostrar signos de lo que después sucedería a niveles dramáticos de abandono y negligencia.

 

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