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Opinión

Tarde Raúl (I)

Noticias de la otra orilla

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Mayo 27, 2017
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Tarde Raúl (I)
“Esos poemas de Raúl estaban ahí para enseñarnos lo que era posible lograr con una experiencia y un lenguaje tan cercano a nosotros”

En 1980, a un grupo de amigos que queríamos hacer literatura en Barranquilla y estudiábamos en la Universidad del Atlántico, nos explotó la cabeza cuando conocimos los poemas que escribía un tal Raúl Gómez Jattin, de Cereté.

Fue el año en que el poeta del Valle del Sinú publicó su primer libro. Un breve poemario de edición modestísima titulado solamente Poemas, y que traía impresa una hoja verde de marihuana en la portada.

Para quien empezaba sus lecturas de Saint John Perse, Borges, Octavio Paz, T. S. Eliot, Aurelio Arturo, Rojas Herazo, y los poetas surrealistas que acababa de descubrir: Bretón, Peret, Artaud, Desnos, Eluard, y lo que iba encontrando a la mano en revistas y suplementos literarios, aquellos poemas de Raúl, acompañados por una naciente leyenda negra, representaron sin duda algo que impactaba poderosamente en nuestros procesos iniciales, porque en aquel aprendizaje esos poemas significaban una estética en las antípodas de los que teníamos como modelos. Y así fue, esos poemas de Raúl estaban ahí para enseñarnos también lo que era posible lograr con una experiencia y un lenguaje tan cercano a nosotros.

Después, pudo ser a mediados de los 80, tal vez a instancias del Banco de la República, vino por primera vez a Barranquilla para hacer un recital histórico en el Amira de la Rosa. Ese día leyó casi dos horas ininterrumpidas los poemas de su libro Tríptico cereteano que había sido publicado en la colección Guberek. Leyó todo el libro sin un solo accidente de dicción con esa voz teatral forjada poderosamente en la escena del teatro universitario de los años 70. Se balanceaba rítmicamente hacia adelante y hacia atrás, constantemente, hasta aflojar la silla en la que estaba sentado, en un gran espectáculo de la palabra que una sala atestada de público aplaudió a rabiar.

Al día siguiente recibí el encargo del programa Olas TV de hacerle una entrevista al poeta y de invitarle a almorzar en casa de los directores del programa los maestros Carlos Flores Sierra y Miriam de Flores.

A las diez de la mañana era la cita para la entrevista, y a la hora en punto se presentó Raúl, solo, caminando descalzo, vistiendo un bluyín remangado por encima del tobillo y su infaltable camisa manga corta y de una eterna talla menos. Y fumando un Pielroja a grandes bocanadas.

Nos sentamos en el pasto del parque para hablar un poco de lo que íbamos a tratar, pero a la primera pregunta que lo inquiría sobre sus lecturas y sus autores, se puso de pie muy lentamente y empezó a cantar una tras otra tres o cuatro canciones de Joan Manuel Serrat. Cantaba con indudable gracia y lo hacía mirando al cielo y a la copa de los árboles con unos ojos que espabilaban repetidamente como si estuvieran a punto de llorar. Yo me quedé donde estaba sin saber exactamente qué era lo que iba a ocurrir.

 

Cuando regresó,
volvió a sentarse frente a mí,
y me dijo lo que amaba la música de Serrat

 

Cuando regresó, volvió a sentarse frente a mí, y me dijo lo que amaba la música de Serrat. E hicimos una corta entrevista para irnos luego a almorzar donde los Flores en donde se portó como todo un caballero.

Unos años después volvió a Barranquilla para un nuevo recital también en el Amira de la Rosa y en esta ocasión nos correspondió al poeta Joaquín Mattos y a mí presentarlo; suerte que se nos ocurrió ejecutar al alimón a la usanza de los viejos toreros españoles. Y al día siguiente, los muchachos del grupo Contracarreta de la Universidad del Atlántico me invitaron para que también lo presentara en un recital que tendría lugar en una destartalada sala de la universidad.

Al final de ese recital le acompañé a un viejo hotel del centro de la ciudad llamado Hotel Victoria, en donde me leyó largamente un nuevo libro suyo enteramente dedicado al poeta portugués Fernando Pessoa, escrito en hojas de block con una desmesurada caligrafía dibujada con tinta azul de kilométrico. Leía y hablaba del poeta portugués con enorme admiración hasta cuando dije que tenía que irme. Cuando nos despedimos me dijo que quería comer Mote de queso y yo le prometí que al día siguiente yo mismo se lo prepararía en mi casa. Y en eso quedamos.

Al día siguiente, que era domingo, fui a recogerlo al hotel y nos fuimos a almorzar. Y fue una tarde Raúl. Una bella experiencia a la que se sumó también la poeta Tallulah Flores, para compartir con él en una conversación fluida y chispeante en la que Raúl volvió al tema de Pessoa, pero también habló de su hermano Gabriel, de los bocachicos del mercado de Lorica, de los hombres y mujeres del Sinú, de los gamonales de Córdoba, y de los poetas y las personas que él quería y no quería. Hasta cuando casi a media tarde empezó a quejarse de un dolor de muelas, para el cual los niños de casa se fueron engañados a la tienda de la esquina y él pudo fumarse un cigarrillo de marihuana que le regaló un corto sueño en una mecedora y le permitió despertar aliviado al final de la tarde, para regresar a su desordenada habitación del viejo hotel.

 

 

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