Steve Jobs un papá avaro y perverso

Su hija natural, Lisa Brennan-Jobs, acaba de publicar unas reveladoras memorias en que dejan muy malparado al genio de Apple

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Agosto 25, 2018
Steve Jobs un papá avaro y perverso
Foto: BBC/Grove Atlantic

El médico lo miró a los ojos y le dijo que todo había terminado. Steve Jobs pesaba 52 kilos. Ya nada le apetecía comer, ni siquiera los Zumos de fruta y vegetales que le hacía su chef personal. Era diciembre del 2010 y el cáncer de páncreas que le habían diagnosticado desde el 2003 lo había consumido. La renuncia a la medicina tradicional había sido una decisión desastrosa. Las curas en la India y su alimentación estrictamente vegana fueron decisiones devastadoras.

Tenía que dejar todo en regla. Su empresa Apple, la que creó junto a su amigo  Steve Wozniak en 1976, lo había convertido en uno de los hombres más ricos del mundo y lo más importante, le había dado trascendencia en el tiempo. Apple había creado las computadoras portátiles iniciando una revolución que empezó en su garaje en Cupertino, cuando apenas era un adolescente. Sin embargo no todos los problemas que tenía que resolver eran de dinero. Una de las cuentas que tenía pendiente era su hija Lisa.

Al salir del consultorio de su médico la llamó: “Mira, no sé cuánto tiempo más me queda en este mundo. Los médicos no pueden darme una fecha. Si quieres verme más, tendrás que mudarte aquí. ¿Por qué no lo meditas un poco?”. Era la primera vez que le reconocía afecto, que le decía que la necesitaba.

Hasta que tuvo quince años Lisa llevó el apellido de su madre, Chrissan Brennan, la mujer que fue la novia de Jobs durante siete años. Cuando en 1978 le dijo que estaba embarazada el genio de la computación lo negó y entró en lo que sus conocidos llamaban la “Zona de distorsión de Steve”, el creaba la verdad a su medida. El 17 de mayo de 1978 nació Lisa. Jobs tenía 23 años y estaba a punto de conquistar el mundo. Tener una niña era una preocupación demasiado pueril para él y su ego.

Durante sus primeros dos años de vida Jobs rehusó ver a la niña. Chrissan se ganaba la vida siendo mucama en casas y atendiendo mesas en restaurantes. Jobs no le dio un dólar hasta que un fiscal en California, después de una prueba de ADN no le quedó de otra que reconocer lo que todo el mundo sabía. Siguió sin querer verla y lo único que hizo por ella fue limitarse a lo que lo obligaba la ley: pasarle una pensión mensual de USD$ 350. En ese momento, en 1980, Jobs era dueño de una compañía tasada en USD$ 1.780 millones.

Hasta que cumplió 7 años accedió a verla con regularidad. Jobs era un hombre frío que estaba convencido que la clave del éxito convertía en tener el corazón de una de las máquinas que él fabricaba. Sin embargo uno de los primeros computadores personales lo bautizó con el nombre de LISA. Una tarde, antes de la presentación de la nueva invención, la niña entró al camerino en donde Jobs preparaba su discurso que se convertía siempre en un acontecimiento mediático. Lisa le preguntó por qué le había puesto el nombre de ella a la computadora y el genio respondió con frialdad “Te equivocas, es una coincidencia, Lisa es la sigla de Local Integrated Systems Architecture”. La niña quedó destruida. Ser hija de un genio nunca es fácil. Años después Bono, el cantante de U2 le hizo la misma pregunta y él respondió que le había puesto Lisa en honor a su hija.

A los ocho años la llevó a vivir con él. Vivieron hasta que la niña tuvo doce. Steve Jobs, sumido en su interminable proceso creativo, duraba días sin hablarle. Lisa tenía que sufrir en carne propia los estallidos de ira a los que sometía a los que lo rodeaban. Luego volvió a vivir con su madre, recibiendo, de parte de uno de los hombres más ricos del mundo, una mesada de USD$500 al mes.

Jobs igual la admiraba. Cuenta la leyenda que el genio de Cupertino inventó el Iphone como una promesa a Lisa: inventar un aparato que aglutinara más de 1.500 canciones. A Lisa le encantaban los Walkman y siempre se quejaba de las pocas canciones que podía escuchar. Cuando entró a estudiar en Harvard Literatura Jobs conectó con ella. Al final de sus días la llamaba, la buscaba, aunque siempre le hacía desplantes. Las últimas palabras que recibió de él pocas horas antes de morir fue “Lisa, hueles a baño”.

En su libro autobiográfico Small fry, recién publicado, promete revelarlo todo.

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