Opinión

Soñar no cuesta nada

Quienes no somos entusiastas de Petro o Hernández, soñamos un país que pueda gestionar sus asuntos con argumentos, sin el apasionamiento a que nos tienen sometidos

Por:
junio 15, 2022
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Dicen que soñar no cuesta nada. Los colombianos que no somos partidarios a ultranza de Gustavo Petro ni de Rodolfo Hernández como opción para ocupar la Presidencia de la República, y que todavía queremos oír argumentos de un lado y de otro, realmente nos soñamos con un país cuyos habitantes puedan gestionar sus asuntos con argumentos, acudiendo a hechos y datos que les permitan tomar decisiones sin el apasionamiento a que nos tienen sometidos, en estos días, los fanáticos de ambas corrientes.

Soñaba con un país gobernado por Sergio Fajardo y su equipo de la coalición de centro, realizando los cambios esperados de manera serena y con la convicción de que estos hubiesen sido posibles en la medida en que hubieran procurado, bajo un objetivo común, trabajar por una sola Colombia  generándole confianza al ciudadano. Sin embargo, perdimos y ahora estamos en esta pesadilla.

Nos han hablado claramente desde diversos sectores y el estallido social fue la última vez que nos sacudieron: las comunidades negras y los indígenas quieren ser tenidos en cuenta en decisiones trascendentales y no padecer más exclusión. Los jóvenes quieren un país con más oportunidades para estudiar y trabajar; los mayores quieren tener una vejez tranquila y acceder a una pensión; todos aspiramos a que la vida no sea tan cara y tener suficientes ingresos para vivir en dignidad lo que debe en todo caso significar acceder a servicios de salud, que la vida misma sea respetada por encima de todo, que el campesino pueda trabajar la tierra, en fin, que existan mejores oportunidades.  Lo cierto es que en estos cuatro años la calidad de vida de los colombianos se ha deteriorado significativamente.

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Colombia padece de muchos males, sobre todo una falta total de confianza. Y así, con esa falta de confianza, estamos acudiendo a las urnas el próximo domingo

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Colombia padece de muchos males. Ocupan lugares muy destacados la corrupción, la inseguridad, el narcotráfico, el paramilitarismo, la falta de credibilidad en algunas instituciones, pero sobre todo una falta total de confianza. Y así, con esa falta de confianza, estamos acudiendo a las urnas el próximo domingo.

No confiamos en que Gustavo Petro entregue el poder en 4 años; creemos que quiere llegar a la presidencia para convocar una asamblea nacional constituyente y perpetuarse en la casa de Nariño; decimos que va a nacionalizar las empresas privadas. Además, siempre encontramos aquel colombiano que tiene un hermano, un primo o un tío en Venezuela que lo perdió todo y que vocifera a los siete vientos que eso mismo nos va a pasar en Colombia. Trato de revisar lo que Petro ha dicho y no encuentro nada que me haga creer que esto será así; de otra parte, la memoria no alcanza para decir que Petro manejó decentemente las finanzas en Bogotá, y que su política cultural tuvo buenos resultados al igual que sus tareas frente a la educación y a la primera infancia. Tampoco tenemos memoria para recordar sus debates en el Congreso contra la corrupción y su labor como oposición al nefasto gobierno Duque. Ahora bien, es cierto y hay hechos que permiten afirmar que es arrogante, que le cuesta trabajar en equipo, que ha aceptado alrededor de su campaña personas con una dudosa reputación política, y, verdaderamente, es una persona impredecible.

Del otro lado parece que Rodolfo Hernández jamás se soñó que su manera “desabrochada” de hablar y de su supuesta lucha contra la corrupción lo llevaría a lograr una aceptación entre muchos ciudadanos que lo ven como alguien cercano – el viejito habla como uno- es lo que dicen muchos de sus seguidores. Hoy está opcionado a ser el presidente de Colombia. De lo que no teníamos idea, es que en su calidad de alcalde de Bucaramanga no solo está investigado, imputado, sino acusado en juicio respondiendo por el delito de celebración indebida de contratos, en un juzgado penal de Bucaramanga. La única verdad es que Hernández le mintió al país. Dijo no tener cuentas pendientes con la justicia. Al estar acusado formalmente uno pensaría que cualquier ciudadano decente y más aún quien ondea la bandera de la lucha frontal contra la corrupción ha debido renunciar a su aspiración presidencial. Muy sinceramente es insólito que los colombianos elijan a un ciudadano tan cuestionado para dirigir los destinos del país. No debería estar en el juego político una persona que se encuentra actualmente en el banquillo de los acusados.  Muy seguramente si resulta elegido no le será posible ocupar el solio de Bolívar. Ese es el peor de todos los escenarios.

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