Sólo los cretinos extrañan el colegio

“¿Quién quiere despertarse a las cuatro de la mañana, montarse en un bus lleno de matones a recibir información-basura por parte de profesores durante 8 horas al día?”

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marzo 23, 2021
Sólo los cretinos extrañan el colegio

Hace poco vi la discusión en Twitter. Una joven, muy sensata, afirmaba que le caía gorda la gente, pero que la peor era la que guardaba una nostalgia por los años de colegio. Dios, ¡cuánta razón!. Antes quiero aclarar que extraño a mis amigos, esos que son como mi familia, los que forjé en los descansos. ¡qué corto era el recreo! Era tan emocionante, como un pequeño viernes, cuando la campana sonaba a las nueve de la mañana y durante 45 minutos nos sacudíamos del maldito yugo de los curas españoles, esos que lo criticaban a uno por cargar libros con la cara de mechudos como Andrés Caicedo y querían que rebuznáramos como ese burro putrefacto del Platero, el burro más burro, el más imbécil de los burros. A mis amigos los dejo quietos, ellos que son mi familia, los que uno no pudo escoger porque apenas abrimos los ojos de la conciencia los encontramos a nuestro lado, tirando mamoncillos en la décimo tercera guerra en la Huerta, los que despertaron a mi lado los primeros efluvios del tabaco y el aguardiente.

El problema era con la educación. ¿Quién puede extrañar eso de tener nueve años y madrugar a las cinco de la mañana a esperar un bus atestado de matones de cursos superiores que se desquitaban con el pelo de uno, a punta de chicles y mechoneadas? ¿Quién quiere volver a pasar por la tortura de aprenderse la puta tabla periódica, esa masturbación intelectual que sólo sirve para llenar crucigramas? ¿Qué sentido tiene formarse en fila, marchar hasta el salón de clases y aguantarse una charla de tres horas sobre los misterios del Álgebra y la mitocondria?

Además está la moral que impartían nuestros profesores. Eso de que el sapo ganaba siempre. Era la cultura uribista mucho antes de la Seguridad Democrática. Ni en Auschwitz eran tan recompensados los soplones como en mi colegio. Además ¡qué fácil era ser un buen alumno! Sólo había que aprender a repetir hasta el cansancio la lección, estar atento y solícito al capricho del sacerdote de turno. La imaginación era un inconveniente. Por eso muchos de mis compañeros terminaron dejándose castrar sin aspavientos. Por eso es que ahora se parecen tanto. Todos son padres de familia responsables, hombres de negocios prósperos y si no lo son al menos lo aparentan. Son normalitos, hechos en serie, como salchichones. Son temerosos de Dios y puntualmente infieles porque ¿Qué es de un hombre de éxito si no tiene amante?

Terrible que el colegio no sirva para pulir vocaciones. Yo no quería números, yo quería estudiar filosofía, literatura, algo que no implicara contar y que me sirviera para explayar mi imaginación. Seguramente si me hubiera encontrado con un buen profesor de matemáticas hubiera podido ver la poesía que está en ellas. Pero no, fueron todos contadores fracasados, amargados, frustrados con sus vidas miserables. Ninguno, menos uno, me inspiró. Se llamaba Eugenio Pacífico, daba Español pero no le importaba ni el pronombre ni esas miserias de la sintaxis. El quería que leyéramos. Entonces si leíamos cinco libros al mes pues sacábamos 10. Si leíamos cuatro nos ponía nueve y así iba descendiendo la nota. Fue la única materia en la que me destaqué. Y no era leer Fuenteovejuna, la María o la gran puta Celestina, sino que había libertad absoluta. Entonces supe de la fiebre de Raskolnikov, del reino de Sancho Panza en la ínsula de Baratabia, del Maestro y Margarita, de Clawdia Chauchat y su vicio de entrar al salón comedor del Sanatorio Internacional Berghof dando un portazo que ponía a temblar la vidriera, de Cortazar mirando a un ajolote con tanta intensidad hasta transformarse en uno. Entonces para mi los libros dejaron de ser ese yugo pesado y se convirtieron en las alas que me permitían volar lejos de ese desierto que era Cúcuta en los años noventa. Fue un solo profesor, un solo profesor de toda la caterva que tuve. Un promedio demasiado lamentable.

Si, a partir de noveno debería empezar la universidad. A los jóvenes hay que darles tres años, los que van entre los 14 y los 17 años, para permitir equivocarse, probar la vocación a ver si tienen la madera y la paciencia para ser lo que sueñan. Del colegio hay que salir sabiendo qué putas queremos, qué necesitamos, qué nos va a servir para conseguir lo más parecido a la felicidad, a la verdadera felicidad, la única a la que realmente podemos aspirar: trabajar en lo que nos gusta.

Pero nada de eso funciona porque el colegio está hecho para quitarnos la felicidad, para amargarnos, para frustrarnos, para volvernos sumisos, obedientes, agazapados y sapos. Todavía tengo pesadillas de que estoy en el colegio, encerrado con un poco de gente que detestaba, sin saber la lección, expuesto al ridículo, al desamparo de estar lejos de casa. Me imagino que los matoneadores y los cerebritos que sacaban buenas notas recuerdan con felicidad esos años, los únicos que tuvieron de esplendor. Ellos son los que pueblan el mundo con hijos y con fotos de sus hijos, los que rezan antes de dormir y siempre votan por el que dice Uribe. Uribe les debe recordar eso que irradiaba el profesor golpeador que, para ellos, representan todos los principios de virtud y moral. ¿Qué clase de masoquistas, de cretinos son?

 

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