Soledad: la única compañera fiel

Hoy entendí el dolor y la resignación en la mirada de ese hombre desdichado, y lo entendí, porque esa es ahora mi mirada

Por: Cristhian Lesmes Moreno
abril 28, 2022
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Soledad: la única compañera fiel
Foto: Pixabay

Casi dos décadas de distancia me separan del recuerdo de un hombre, este, tendría por aquella época unos cincuenta años, era rollizo, tenía una calvicie avanzada que solo dejaba algunos pocos resquicios de pelo rodeando insularmente sus orejas, su piel rugosa y ajada contrastaba con sus pómulos y nariz rubicunda que junto a unas ojeras profundas parecían acentuar cada noche más su evidente cansancio.

Algunas noches mis compañeros de universidad, que por aquellos días compartían la casa que yo administraba en el barrio La Soledad, solíamos ir a comer al pequeño restaurante que se encontraba apostado sobre la calle 45 entre carreras 19 y 20.

El local era atípico en toda regla, puesto que esa zona de la ciudad era sitio de residencia, en su abrumadora mayoría, de estudiantes universitarios, lo que no hacía suponer un restaurante carecería por tal de cualquier éxito comercial.

La comida que se ofrecía allí estaba destinada a reemplazar en sabor y proporción a la que era servida en cualquier hogar, por eso, el comedor estaba abierto hasta más allá de las 11 de la noche, cosa que resultaba muy conveniente para una interminable horda de jóvenes ávidos de las fortuitas remembranzas del sabor de la mesa familiar.

Cuando íbamos, lo hacíamos casi siempre entre las 8 y 9 de la noche, ordenábamos platos abundantes de arroz, carne, hogao, plátano o papas fritas junto con una generosa jarra de jugo de la fruta que estuviese por esos días en cosecha, el sitio y la sazón jamás no defraudaron y bien por contrario siempre nos dejaba satisfechos y colmados a causa del copioso condumio nocturno.

Siempre que comíamos, llegaba en forma casi religiosa el hombre, todas las veces solitario. Este, vivía generalmente adusto y reservado, mientras tomaba asiento llamaba con cuidado al mesero de turno y le pedía algún plato del menú.

Mientras se lo traían, el hombre, miraba con cierto desdén y nostalgia al horizonte. Al comer, él, observaba sin pausa y con un cierto aire de tristeza la cornisa de la puerta que daba a la calle.

Algunas veces, mis compañeros y yo, elucubrábamos toda suerte de hipótesis acerca de la vida de aquel parco y solitario sujeto, y, es que, un hombre que arribaba sin falta todas y cada una de las noches, se sentaba en la misma silla, y comía de manera lenta, como haciendo tiempo valioso para no llegar a donde sea que fuera su hogar y enfrentar la realidad, era una intriga que nos asaltaba cada vez que le veíamos cenar solo.

Con su edad media, su carácter reservado, y sus miradas lánguidas y tristes, aquel hombre nos generaba tanto pesar como curiosidad. A mí, en particular, me producía escalofríos, puesto que pensaba como él, iría caminando a su casa a dormir totalmente solitario e introspecto. Me aterraba, que yo pudiese llegar a esa edad, e igual que él, tuviera que afrontar un destino de desdicha y solitud.

Hoy, sentado y mientras tomaba un plato de sopa tibia y mal cocinada, con mi mirada puesta en el horizonte, me vi, como aquel hombre, que casi dos décadas atrás comía con la parsimonia y el desinterés que ahora me embargan. Hoy entendí el dolor y la resignación en la mirada de ese hombre desdichado, y lo entendí, porque esa es ahora mi mirada.

Entendí por qué los escalofríos que me invadían al verlo eran solo premoniciones de lo que ahora es mi presente. Entendí, que, como aquel hombre, hoy, ceno solo en un restaurante nocturno, que mis ojos están colmados de tristeza y melancolía, comprendí, al fin, que en la silla que hace años ocupara él, era ahora mi silla.

Hoy, terminé replicando aquello que tanto temía, terminé mi existencia, quizá, como ese hombre abatido por la más despiadada soledad, mientras finalizo un lánguido plato de sopa tibia, sé que caminaré a casa, e igual que ese hombre, dormiré solo, despertaré en la madrugada y pensaré, quizá, como ese hombre, que la soledad es la única compañera fiel, y que, en lugar de pelear con ahínco en su contra, hay que acoplarse a ella, y que quizá, y, es lo más ostensible, que, como aquel solitario hombre ya no vuelva nunca a ocupar esa silla.

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