Un soldado con las botas rotas, pero bien amarradas

'Sí, hoy miro mi prótesis de mano, un poco vieja, obsoleta, quizás, pero me recuerda los combates que aguanté por la paz'

Por: Iván Orlando Cuellar Varela
agosto 28, 2015
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Un soldado con las botas rotas, pero bien amarradas
Foto: tomada de olapolitica.com

Sí, hoy miro mi prótesis de mano, un poco vieja, obsoleta quizás, pero me sirve aun como testigo fiel de que antes de existir ese elemento de carbono, metal y acero, existía en su lugar un brazo, de un colombiano nacido en un pueblo muy poco reconocido, La Cumbre, Valle del Cauca, perdido en combates sostenidos por mantener nuestra democracia, por defender a todos y cada uno de los nuestros: el negro, el indígena, el criollo y que, como cualquier colombiano, fui afectado por las innumerables humillaciones de los distintos grupos que desde siempre han querido someter a su voluntad, nuestros deseos de paz, de armonía, y de poder decidir democráticamente nuestros destinos. Hoy no pienso contar mi historia de vida, de luchas, de combates, de rescates a secuestrados, de apoyo al más humilde de mis compatriotas; no, nada de eso, tampoco pretendo llorar por la pérdida de mi brazo ni buscar responsables; escribo como un colombiano ofendido, triste, sin un jefe que le duela mi país, sin un norte claro, casi que sin amor a mi hermoso camuflado que aun guardo como un tesoro inseparable de mi vida. No existen los exsoldados, ni tampoco existen militares que no amen el escudo y lo maravilloso de sus gentes. Es más, mis hijas me preguntan, "papá, por qué tratan así a nuestros hermanos colombianos y tu jefe no hace nada" y mi silencio se hace aun más profundo, incómodo, casi con tintes de sumisión, de... nada.

La diplomacia es un arte de difícil y yo, más que nadie, lo sé. Cuando recibía órdenes de no atacar en varios gobiernos que estuvieron al mando de nuestro Ejército, cuando teníamos ya ubicados los campamentos, con secuestrados, con droga y con dinero producto de extorsiones, con decenas de niñas en sus filas, usadas como escudo, como objetos sexuales, como piezas reemplazables de sus maquinas de guerra. Pero no no voy a entrar en ese tema, muy nuestro, muy interno de Colombia, hoy solo quiero decir el grado de descomposición en Venezuela, y lo que afecta ese afán guerrerista y a todas luces sacado del sombrero por un mago que en su ignorancia está creando un monstruo más duro y cruel, la xenofobia hacia un país, Colombia, que solo a estado dispuesto a ayudar, a dar de comer y de dormir en mi país a miles y miles de venezolanos cansados de sufrir maltratos y robos sistemáticos de sus pertenencias y de su propia viva.

Señoras y señores, en las guerras jamás habrán ganadores, eso lo sé, y lo he vivido por años, y aun en mi cabeza rondan miles de voces, gritos, y dolor, pero existen más perdedores cuando como Estado no tenemos la capacidad de discernir en qué momento la diplomacia de papel pierde la fuerza ante un gobierno, el venezolano, que juega cada día con nuestra dignidad y honor, como si fuésemos tan frágiles y cobardes que aun viendo como son expulsados como perros, maltratados, robados y presos sin ninguna garantías.

Quiero remitirme a algunas citas de el libertador Simón Bolívar:

"Más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía."

"Nuestras discordias tienen su origen en las dos más copiosas fuentes de calamidad pública: la ignorancia y la debilidad."

"Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos."

"Todos los pueblos del mundo que han lidiado por la libertad han exterminado al fin a sus tiranos."

"Es difícil hacer justicia a quien nos ha ofendido."

"Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria. No es el árbitro de las leyes ni del gobierno. Es defensor de su libertad."

No pretendo calentar más los ánimos, ellos solos ya están en un punto cercano de ebullición y yo, como colombiano, como padre, hijo, y soldado, solo espero el llamado de mi pueblo para sacrificar si es necesario, mi otro brazo, mis piernas, mis ojos y mi vida.

Dios justo y poderoso, no permitas que se nos toque un centímetro más de nuestra tierra, ni a un solo colombiano, pero si así pasa, listo estaré a unirme a mi país.

 

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