Opinión

Sofía, la exguerrillera que quiere ser concejal

La conozco hará unos diecinueve años, guerrillera del frente Antonio Nariño de las Farc, Sofía Nariño trabaja hoy por la paz y reconciliación con un nuevo modelo de ciudad

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octubre 11, 2019
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Sofía, la exguerrillera que quiere ser concejal
“El buen vivir es la razón de la paz”, es el lema de Sofía Nariño, candidata al Concejo de Bogotá por las Farc

La conozco hará unos diecinueve años, aunque hasta apenas unos días atrás me enteré de su nombre propio, Liuva Giselli Vargas, estudiante de Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional. Siempre la conocí como Sofía, guerrillera del frente Antonio Nariño de las Farc, a donde fue a dar desde Bogotá, ante la demanda del Mono Jojoy por una secretaria eficiente, que ayudara a sistematizar las hojas de vida del personal del Bloque Oriental.

Alguien la recomendó porque sabía de su pasado personal y familiar. Su abuelo había sido guerrillero en tiempos de Juan de la Cruz Varela en el Sumapaz, uno de esos campesinos que defendió con las armas la tierra que habían colonizado, y que ciertos personajes quisieron arrebatarles. De su crianza se encargó su madre, en la región de La Calera, en una finquita a la que habían ido a parar huyendo de múltiples violencias.

Allá obtuvo su título de bachiller en el año 1996, en el colegio departamental. Las luchas campesinas y las persecuciones que había visto desde los años de su infancia la hicieron simpatizante de la izquierda y de las Farc. Su madre se convirtió en apoyo de la organización en La Calera. Allá recibían enfermos, guardaban cosas, servían de enlaces para pequeñas tareas. Hasta que les tocó vender la tierrita y mudarse para Bogotá.

En aquella época, fines de los 90, las Farc incursionaban duro en la capital. Así que de nuevo, la casa que habitaban volvió a servir de apoyo, ahora para la red urbana. Sofía y su madre conocerían de cerca el horror, cuando elementos secretos de la Policía Nacional capturaron, torturaron, asesinaron e incineraron a cuatro muchachos de la red urbana, cuyos cadáveres aparecieron en el basurero de Mondoñedo. Iban mucho a su casa y se habían hecho buenos amigos.

Recuerdo a la Sofía de los primeros tiempos en las Farc, en los campamentos del Bloque Oriental, casi siempre sentada ante un computador portátil, en alguna oficina pequeña, desempeñándose en la labor que le habían asignado. También en las marchas guerrilleras, con equipo a la espalda y fusil terciado, hundida hasta las rodillas en el barro, furiosa porque no lograba salir de él. Una urbana, dirían los guerrilleros de origen campesino, una pulla que a la vez ofendía y animaba.

Años después, estando en el campamento de Carlos Antonio Lozada, a las dos de la mañana del 22 de septiembre de 2010, vivió el bombardeo, ametrallamiento y desembarco con que las fuerzas militares cobraron la vida del Mono. Pero quizás su reto mayor lo sufrió poco antes de la Décima Conferencia de las Farc. Andaba por el Guaviare, con el Paisa Óscar y Rafael Político, quienes realizaban tareas de pedagogía de paz sobre los Acuerdos alcanzados.

Ella y otro acompañante recibieron el llamado del Bloque Oriental, por lo que emprendieron la marcha hacia allá. De camino se encontraron con Martín, un guerrillero que se encargaba del trabajo de organización en el Frente Primero. La pequeña comisión recibió la visita de varios enviados por Iván Mordisco, quienes llegaron a preguntarles si se iban a sumar a los traidores del Secretariado, o al personal de ese frente que se oponía a dejar las armas.

 

Hace campaña en las calles, hablando con la gente

 

En la discusión hubo hasta cerrojeo de las armas. Su posición fue clara, el Secretariado no había traicionado nada. Desde su nacimiento las Farc habían hablado de solución política, Jacobo Arenas y Manuel Marulanda la habían buscado en distintos procesos de paz. Ahora se la había conseguido. Esa era la línea de la organización. Esa noche ella y sus compañeros huyeron en un motor canoa. El llamado del Bloque era para enviarla a La Habana, al primer equipo de monitoreo del cese el fuego.

Tras su dejación de armas volvió a Bogotá y luchó para ser admitida de nuevo en la Pedagógica. Dificultades de la reincorporación la obligaron a aplazar este semestre. No imaginó que la dirección del Partido se iba a fijar en ella para candidata al Concejo de la capital. Como todas sus tareas, asumió esta con la mayor seriedad. Hace campaña en las calles, hablando con la gente, en foros en universidades que la invitan, en parques y eventos, en los barrios pobres.

Un niño que recibió de sus manos un pan en un evento organizado por las comunidades de fe, le dijo que era muy bonito que hubiera dejado las armas y ahora repartiera panes. Una mujer en Suba, que la llamó terrorista y asesina cuando fue a entregarle su propaganda, tras escuchar su mensaje la invitó a orar a su lado por la paz y porque Dios la protegiera. Así trabaja, por paz y reconciliación con un nuevo modelo de ciudad.

El buen vivir es la razón de la paz, su lema. Recuerden, Sofía Nariño, lista al Concejo, la rosa y el 2.

 

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