Opinión

Sobre los fracasos y Egan Bernal

Egan cuando miraba para atrás veía siempre un pelotón, él era el niño maravilla, no conocía el fracaso, y este día para atrás solo veía carros, no había ciclistas, él era el último

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septiembre 20, 2020
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Sobre los fracasos y Egan Bernal
Disfruto escuchar a Egan y verlo pensar, sufro cuando lo veo en una pelea estúpida en Twitter a la 1 de la mañana

Nairo Quintana, cuando está por fuera de los guiones que le dictan a las grandes estrellas, es un tipo cada vez más interesante. A lo mejor eso les pasa a todos los héroes cuando van acumulando heridas. Caídas, en el ciclismo. Hay algo de aburrido en los que han ganado siempre, en las caras perfectas. Nairo mostraba esta mañana, antes de la contrarreloj, sus golpes, como si tuviera que justificarle algo a alguien. A nadie, nunca.  A sus papás si acaso, que fueron los que le dieron la primera bicicleta y un techo. Los demás, lo único que hemos hecho es disfrutar de sus hazañas. Y otros, que no faltan, han desahogado sus frustraciones en la figura de Nairo. Un anónimo en Twitter diciendo cosas de Nairo, por favor. La perversión de esas redes.

Nairo decía entonces esta semana, que encontraría la fuerza para salir de este mal Tour de Francia pensando en sus ancestros que fueron campesinos. Es una idea recurrente en la carrera de Nairo, la de los campesinos. Algunas veces por asuntos políticos o de publicidades pero, en los momentos más difíciles, vuelve a esa idea que le da fuerza. Han luchado mucho los campesinos colombianos, particularmente en Boyacá. Nairo conquistó el mundo a los 23 años cuando quedó de segundo en el Tour de Francia. Era una proeza inimaginable para un colombiano, para un hijo de campesinos, ningún latinoamericano había estado más cerca de ganar la competencia más dura de deporte alguno. Claro, Lucho Herrera y compañía tocaron el cielo en la primera generación de oro, Santiago Botero y otros quince años después dieron etapas y camisetas de montaña, pero Nairo, a los 23 años, llevaba la ilusión al nivel más alto.

Parecía solo cuestión de tiempo. No si, sino cuando, Nairo, el boyacense, el hijo de campesinos, iba a ganar el Tour de Francia. El sueño amarillo le llamaron, en la construcción mediática, en la campaña para el hashtag. Y no pasó, no ha pasado. Entonces Nairo ha encontrado un ritual en el que se encuentra cada año desde ese 2013, explicar por qué no pasó. Con el tiempo entonces, acumula más heridas, y me parece, también, más aficionados. Aunque muchos desprecian su estilo porque no termina de concretar los ataques y, cuando lo hace, saca el “codito” para pedir relevos, cada vez más entienden el monumental ciclista que ha sido Nairo Quintana. Lo consistente, lo disciplinado, lo digno en la victoria y la derrota. Con Nairo se cayeron otros dos capos, hace un par de días, Bardet y Mollema, y ambos están en su casa. Nairo no, sigue ahí, pedaleando. Entiende su papel en el lote, lo que él significa para su nuevo equipo.

Venía con un gran inicio de temporada, el mejor de los últimos años. No solo por los resultados antes de la pandemia, sino por la felicidad. Se sentía, por fin, respetado por su equipo. Había llevado a su hermano y su amigo a que lo cuidaran. Nadie le competía su posición, ni siquiera Warren Barguil, campeón francés de mucha clase. Nairo estaba corriendo bien y estaba feliz. Arrancó bien el Tour pero caída tras caída fue perdiendo fuerza. Lo natural era retirarse. Pero este es Nairo que, además de ser corajudo, es inteligente para los negocios, entiende bien que su equipo de segunda categoría no va a correr ni Giro ni Vuelta, que tiene poner la cara hasta el final. Pero una cosa en la vida es saber que uno tiene que poner la cara y otra cosa es ponerla. Nairo pone la cara y las piernas, y ahí va a quedar de 17 en el Tour, el peor resultado de su vida numéricamente, pero con una trayectoria cada vez más sólida, más humana.

Yo pensaba en Egan Bernal cuando Nairo volvía a la referencia de los campesinos para encontrar un norte en su enésima resurrección. Porque es que Nairo resucitará, volverá al Tour el otro año, de 31 años será un ciclista maduro e inteligente. Me preguntaba, ¿qué norte puede encontrar Egan para levantarse de este fracaso? ¿Qué referencias tiene en su experiencia de vida, en sus reflexiones, entre sus heridas? Qué día terrible el de Miguel Ángel López, pasar de soñar con el podio que lo habría llevado a ser el segundo latinoamericano en la historia en llegar a los podios de Tour, Giro y Vuelta, a caer tres puestos en un día. Una pesadilla. El segundo, porque el primero fue Nairo Quintana, claro. Miguel Ángel tiene una referencia: Diosito. Miguel Ángel es el más boyacense de todos, por lo menos en la forma del lenguaje, todo con él va con diminutivo, entonces el tipo se acaba de ganar la etapa reina el Tour de Francia, en una llegada brutal, dejando en el camino a Primoz Roglic y un tal de Tadej Pogacar, y declara: “Contento de haber ganado esta etapita”.

Supermán López tiene una gran vuelta en las piernas, que no quepa duda. A los 26 años, ha hecho top 10 en todas las grandes que ha terminado y la potencia que muestra en sus mejores ataques es bien difícil de igualar en el pelotón. Ojo, Pogacar y Roglic y Porte y todos los demás fueron a tope detrás de él y no estuvieron ni cerca. El Astana, su equipo, es potente y lo han cuidado. No es fácil entender porqué ha fallado Miguel Ángel en ciertos momentos, breves, que son los que separan al que gana del tercero. Son tan breves que los va a corregir. Y, decía entonces, que ante la presión de la entrevista y del momento difícil, López encuentra ese norte en Dios. Entrega los resultados a una voluntad divina y aligera la carga.

Muy distinto al camino de Rigoberto Urán. Hace un año, Rigoberto estuvo fugazmente entre la vida y la muerte y, después de largo rato, entre volver a correr o retirarse. Hoy es top 10 en el Tour de Francia y le ganó en la contrarreloj al mejor de Colombia, Daniel Felipe Martínez, su pupilo. Por momentos, me cuesta trabajo encontrar al verdadero Rigoberto en el personaje que ha construido, el más carismático de todos: son declaraciones que vienen cargadas siempre con una grosería, un chiste, una reflexión. La expectativa de la Rigobertada, la gracia que nos va a hacer reír. Pensaba, equivocadamente, que era un truco, que se le iba a acabar. Resulta que ese es el verdadero Rigoberto, nadie puede fingir nada tanto tiempo, menos en estos tiempos donde todo se escudriña, cualquier duda o contradicción se sanciona. Rigoberto la ha añadido a su repertorio, en el último par de años, algo de sabiduría budista será, la contemplación absoluta del momento presente. Sabe que, a su edad, el reto es controlar las fuerzas y, lo más importante, disfrutar el final de su carrera al más alto nivel. Rigoberto se merece gozar lo que ha cosechado. Entonces vuelve a eso, al día a día, a estar contento, a sentir el cuerpo sin mirar las pulsaciones, a ganarse una plata. Es Rigoberto un hombre de negocios. Ha construido una marca sólida y le gusta vender. Como buen antioqueño, dirán. No vuelve regularmente al asesinato de su padre. En público en cualquier caso, yo estoy seguro que en los momentos más duros, cuando va al límite y le toca marcar la rueda de un pelado de diez años menos, Rigo debe volver a la imagen de su papá, que lo llevó al ciclismo y que murió asesinado por unos paramilitares. Yo cada vez que oigo y veo a Rigo pienso, con el deseo, que más allá de los negocios, ojalá dedicara su vida pública a ser un formador, a ser lo que es cada vez más, un maestro de la vida. Pregúntenle a Daniel Felipe Martínez y Sergio Higuita cómo les va con ese maestro.

He pensado en Egan viendo a estos ciclistas, a sus referencias para superar las dificultades. ¿Hasta qué punto será la trayectoria de un ciclista más dura que la de otros oficios? Esas caídas, esas bajadas a cien kilómetros por hora, esas tres semanas seguidas trabajando al límite. No sé, puede ser una idealización de aficionado, pero es que el ciclismo me parece la mejor metáfora de la vida, es que, si un ciclista no se sabe levantar de una caída y seguir pedaleando, no puede ser ciclista ya que todos se caen alguna vez, muchas veces. Me conmovió ver a Egan el día después de la debacle, de último en el lote, estirando la espalda, mirando para atrás desesperado. Es que Egan cuando miraba para atrás veía siempre un pelotón detrás de él, el niño maravilla, el primer colombiano en ganar el Tour, el mejor de Zipaquirá, el mejor de Cundinamarca, el mejor de Colombia, el mejor de Latinoamérica, el mejor del Mundo, y este día cuando Egan miraba para atrás solo veía carros, no había ciclistas, él era el último.

Egan llegó al nivel más alto a los 22 años. Ganó el Tour de Francia. Conquistó la cima que había escapado a los mayores ídolos de un país que no tiene casi ningún referente. De Supermán López, uno dice: “Tiene una gran vuelta en las piernas”. De Egan se decía: “Tiene un Tour de Francia en las piernas”. Egan realizó ese potencial. Qué inusual. Cuánto potencial sin realizar que vemos todos los días, empezando por este país, Colombia, esta región, Latinoamérica, que tienen talento, riqueza, potencial, todo termina en que se va a poder, algún día. Egan rompió con eso. Un ser excepcional. Lo condujo con bastante madurez. Son muchas cosas, el carro de bomberos, el presidente que lo llama, las marcas, unas Porsche nuevas, unos “amantes” y unos “haters” en las redes, la pérdida de la vida privada. Y, por debajo de todo eso, la necesidad de seguir entrenando al nivel más alto, ¿o qué creen que estaba haciendo Tadej Pogacar cuando Egan manejaba todas las nuevas variables que trae ser campeón de un Tour de Francia?

Pero, a lo mejor, lo más difícil para Egan era encontrar una motivación después de haber hecho lo mejor que puede hacer un ciclista profesional en estos tiempos. Héctor Abad, después de escribir ese clásico que es El olvido que seremos, decía que le costó muchísimo volver a escribir, que tenía una duda intensa y era pensar cómo escribir si, probablemente, ya había escrito lo mejor de su vida. Egan encuentra su narrativa personal en la reflexión. Es pausado en sus declaraciones. Evidentemente ha pasado horas pensando en lo que significa ganar.  Si Egan no hubiese sido ciclista, seguramente estaría escribiendo, viviendo de pensar, fue el único de todos estos que llegó a la universidad. Le gusta elaborar el argumento para explicar la realidad. Yo le he seguido el paso durante años y he notado en un detalle menor esa obsesión de Egan por pensar, por educarse, por encontrar un espacio más allá del pedal: cada día habla mejor inglés.

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No es fácil ser el campeón del Tour, derrumbarse en vivo y sin razón aparente, mientras lidera un equipo británico que dejó a dos ganadores del Tour en casa por cuidarlo a él, y luego salir a explicar

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En sus últimas declaraciones, después de la debacle, Egan hace un vídeo de varios minutos en inglés, desarrollando ideas difíciles. No es fácil ser el campeón del Tour, derrumbarse en vivo y sin razón aparente, mientras lidera un equipo británico que dejó a dos británicos ganadores del Tour de Francia en la casa por cuidarlo a él, y luego salir a explicar. Podría hacerlo en español y que le pongan un traductor, pero Egan sabe en dónde está, quién es y pone la cara en inglés. Iba a escribir para dónde va y lo borré: sospecho que Egan está hoy evaluando para dónde va. No se halla en sus referencias ni a los campesinos, ni a Dios, ni los negocios, solamente una elaboración racional. No sería verdad decir que Egan a los 23 años está para ver el día a día, que como van las cosas sin presiones. No sería verdad porque resulta que Egan ya demostró que es uno de los mejores ciclistas del mundo, que tiene para ser de los mejores de la historia, que está al nivel de Remco Evenepoel y Tadej Pogacar. Él puede decidir qué hacer con esa realidad, pero no ocultarla. Es el peso que va a cargar por siempre. Y también el privilegio, qué no daríamos casi todos por ese talento.

Yo soy un convencido del poder de la razón y, crudamente -por haber conocido la política quizás-, he visto sus limitaciones. Disfruto escuchar a Egan y verlo pensar, sufro cuando lo veo en una pelea estúpida en Twitter a la 1 de la mañana. Encontrará en sus colegas ciclistas referencias para levantarse de fracasos. Es algo nuevo para él. Yo estaré ahí, más allá de la razón, alentándolo siempre, especialmente el próximo año, cuando vuelva al Tour de Francia a encontrarse con el mejor de su generación.

@afajardoa

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