Sobre la ganancia de ser solidario

Crónica de una ciudadana cuya iniciativa de solidaridad desprende estas reflexiones y aprendizajes dignas de ser escuchados por todos los colombianos

Por: Valentina Miranda Peralta
abril 28, 2020
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Sobre la ganancia de ser solidario
Foto: Vía Facebook

"Páseme los papeles del carro" dijo el policía, con guantes y tapabocas, en un retén en la Avenida Villavicencio a la altura del Hospital de Meissen, al sur de Bogotá. Justo después de entregarle nuestros documentos de identidad, íbamos en el carro de mi mamá y me tranquilicé porque siempre tenemos todo en orden. Revisó el baúl y nos hizo abrir las cuatro puertas, preguntó la razón de ir cuatro en el vehículo y cuando le estábamos respondiendo que entregaríamos unos mercados a unas familias vulnerables, él nos interrumpió y dijo que a él eso no le importaba; en ese momento sentí frustración y pensé que él era un inconsciente, pues seguía trabajando y no pasaría hambre, después recapacité, ese es su trabajo y en estos tiempos resulta ser muy arriesgado. Después de justificar con muchas pruebas la razón de violar el confinamiento, él nos permitió seguir.

Nos dirigíamos al barrio Los Alpes, en la localidad de Ciudad Bolívar, y mientras subíamos y subíamos la montaña, mi mirada se centraba en la majestuosidad de Bogotá, pensaba en todos los lugares lejanos que no conozco a pesar de haber vivido toda mi vida. Después de saltar de un pensamiento a otro, llegué a lo que estábamos haciendo, y definitivamente era una locura muy arriesgada; nos estábamos exponiendo a muchos peligros, como tener contacto con personas infectadas, algún comparendo por violar la cuarentena o quien sabe qué otra cosa. Iba en el carro de mi mamá con Maria José, una muy buena amiga de la universidad; con Santiago que además de ser amigo del colegio de Maria José, también fue la persona que nos contactó con Luis y cuya mamá ha trabajado en el Gobierno distrital en pro de personas vulnerables; y Luis, líder indígena de la comunidad Yanacona quién también trabaja en la alcaldía y allí conoció a la mamá de Santiago.

Cuando llegamos a nuestro destino nos recibió una pareja con una sonrisa, no la podía ver (por el tapabocas) pero se notaba en sus ojos, les brillaban. Entramos a su casa, de no más de 8 metros de ancho por 3 metros de largo, nos dieron unas palabras de bienvenida y en ese momento nos pusimos una tarea: bajar los cincuenta mercados. Entre los cuatro y con la ayuda del señor de la casa descargamos el carro, llenamos un espacio muy amplio con la comida que repartiríamos en unos minutos; en ese momento me quedé viendo la comida y me sorprendí mucho, por lo que mi amiga y yo habíamos logrado, por todas las personas que nos ayudaron, por recolectar en dos días casi $700 mil y con eso lograr completar 50 pequeños mercados, 50 familias Yanacona iban a comer gracias a la solidaridad de muchas personas. Se me hizo un nudo en la garganta.

En ese momento nos ofrecieron tinto con pan. El tinto me hizo viajar a Boyacá, cuando visitaba a mi familia del campo, no sé qué tiene de diferente, pero es ese sabor que se distingue, “sabe a campo” dijeron mis compañeros; mientras soplaba el tinto hirviendo, detallé la casa y su gran parecido con la casa en la que vivió mi abuelita en el campo.

La casa es como un rectángulo y solo tiene una división, en tejas, en dónde se encuentra, por lo que se alcanzaba a ver, una habitación; no pregunté, pero supuse que ahí vivían 3 personas, una pareja y un niño. La puerta principal queda en la esquina derecha, inmediatamente uno entra, está el patio de ropa, y al fondo está el baño, traté de buscar algún indicio en la ropa que estaba colgada, algún uniforme o algo así, pero fue una causa perdida. En la esquina izquierda, está la habitación, la cocina y al lado el comedor, no había gas natural, se cocina con pipeta. Lo que más llamó mi atención: un agujero en toda la mitad de la casa, tapado con dos tablas de madera.

Cuando llegó un representante de cada familia, Luis les explicó que nosotras éramos estudiantes universitarias que con esfuerzo entregábamos cada mercado y repitió una y otra vez, que él junto con su equipo de trabajo estaban gestionando las ayudas con el gobierno pero que todavía no sabían nada; para contextualizar y no se piense el típico “lo quieren todo regalado”: es una comunidad indígena víctima del conflicto armado, por lo que llegaron a Bogotá obligados, la tasa de desempleo en febrero fue del 12,2 y a la fecha se han perdido muchos empleos y la informalidad se ha llevado la peor parte, y esta comunidad no se salva, son varios los que han perdido su trabajo poniendo en riesgo el mínimo vital.

Las dos dimos un pequeño discurso y entregamos los mercados con unos tapabocas que habíamos conseguido. En medio de las conversaciones una señora mencionó que les habían dicho que pusieran un trapo rojo en las ventanas y la autoridad local les llevaría unos mercados hasta la puerta de la casa. Ahí lo entendí todo, una información tergiversada para mantener a las personas esperando, en un statu quo. Entendí también por qué a medida que nos acercábamos a la casa, todos se quedaban mirando con más curiosidad el Volkswagen Bora, y extraño me pareció que esa curiosidad era directamente proporcional al estado del pavimento de las calles. Que las calles sean de tierra no me sorprende, me sorprende que en Bogotá haya calles así.

Una manera para medir la desigualdad es el índice de Gini, una cifra que se mide de 0 a 1, en donde 0 es menos desigualdad, según el último reporte del Banco Mundial (2018) para Colombia es de 0,49% valor que nos ha situado en el ranking de los 10 países más desiguales del mundo. Así las cosas, lo más importante de toda esta experiencia fue aprender que detrás de todas las cifras que suenan a diario hay personas con historias y vivencias reales, ese componente social que la tecnología no ha podido remplazar todavía. (Según Iván Mantilla, Viceministro de Conectividad y Digitalización, cerca de 20 millones de colombianos no tienen acceso a Internet).

Cuento esta historia no para generar empatía o una absurda pornomiseria, mi intención es generar conciencia para que en todos los bogotanos haya una visión un poco más completa de la ciudad, porque no se puede ignorar a las personas que pasan necesidades deplorables, todos por razones diferentes e historias diferentes; la pobreza y la desigualdad son un problema social, económico y político que nos concierne a todos, como sociedad. Esta pandemia ha abierto una enorme posibilidad para pensar, reinventar y reflexionar acerca del país que somos y del que queremos ser. Es cierto que a todos nos ha afectado, las personas contagiadas se están muriendo y lastimosamente las que pasan hambre también.

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