Sin pena ni gloria pasó este veinte de julio

"Ojalá el del 2022 sea diferente y por fin rompamos nuestras cadenas mentales para por primera vez en la historia gritar: independencia"

Por: Adalberto Sanchez
julio 23, 2020
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Sin pena ni gloria pasó este veinte de julio
Foto: Flickr Carlos Reusser Monsalvez - dominio público

Se ha celebrado nuevamente en nuestro país otro 20 de julio, que, como todos los anteriores, pasará a la historia con más pena que gloria. Y es que basta con recordar las palabras de Don José Acevedo y Gómez cuando se dirigió a la turba exacerbada de la pequeña plaza del centro de Santa Fe de Bogotá en 1810 y exclamó: “Si perdéis estos momentos de efervescencia y calor, si dejáis escapar esta ocasión única y feliz…”.

Y sí, los perdimos. Y sí, la dejamos escapar durante ya estos 210 años y lo seguiremos repitiendo muchas veces más, sin que entendamos el mensaje verdadero en ese que ha sido el epitafio de nuestro destino como nación. Y hablo de verdadero, porque aquellos criollos que ese 20 de julio conformaron la Junta Suprema de Gobierno tenían como interés especial que se les reconociera el “derecho” a ser súbditos del rey como todos aquellos ciudadanos de nacimiento español que habitaban a esa rancia Santa Fe de Bogotá.  Ellos no querían independencia, solo buscaban un estatus que les permitiría ser incluidos dentro de la casta que se beneficiaba de tal reconocimiento.

Y allí se fraguó el futuro de lo que hoy llamamos República de Colombia. Fue un nacimiento fallido y un desalineamiento de astros. A partir de ese momento, esta localidad geográfica del mundo asumió la independencia como el dominio del poderoso, sus habitantes necesitaban de esa guía omnipotente del supremo, nacimos huérfanos de liderazgo, porque el mismo se encontraba más allá de nuestras fronteras y todos aquellos que encarnaran la gobernanza deberían subyugarse a imperios foráneos que solo buscaban satisfacer sus prioridades y no las nuestras. Primero, fueron los ingleses y franceses, enemigos de la corona española. Luego, fue el imperio norteamericano con sus multinacionales que necesitaban de esas materias primas que abundaban en nuestro suelo. Actualmente, hemos sucumbido ante un nuevo imperio de la ilegalidad, representado en el tráfico de estupefacientes.

Fue así como nuestros gobernantes adoctrinaron a la masa para mantener ese statu quo, se nos vendió la idea de democracia obligándonos a elegir el ya elegido. Todos aprendimos que para mantener nuestros beneficios, como puestos de trabajo, el contrato estatal, la beca para los estudios, un cupo en el sistema de salud o hasta un simple “tamal”, deberíamos votar por aquel que nos lo marcaba el comerciante del poder. Por eso la importancia de celebrar esta fecha, que remarca esa impronta del yugo. Para redondear la faena, se decidió sumar a la celebración de independencia, el reconocimiento al ejército nacional, el instrumento que garantiza ese orden fatal e impuesto por la clase dirigente.

No podría ser el 7 de agosto o el 19 del mismo mes cuando sí hubo un enfrentamiento militar, en el año de 1819, que terminó con el último rezago del control español en nuestro territorio, gracias al comportamiento heroico de un puñado de hombres que representaban la fuerza armada del nuevo país. Y digo país y no nación, porque eso somos, un país que carece de identidad nacional, porque nacimos huérfanos de esa figura, gracias a la mentira de un principio erróneo de libertad. Prueba de ello es que preferimos juzgar la opresión por fuera de nuestras fronteras.  Es común oír al colombiano juzgando el control del gobierno chino sobre su territorio, sin saber de la realidad de esa sociedad milenaria que actúa como una nación y que poco a poco reemplaza el dominio feudal de occidente en la economía mundial. También, pontificando sobre los abusos del régimen de los ayatollahs y talibanes en la meseta mesopotámica, cuando ellos han construido por más de cinco mil años un legado social y cultural basado en el amor de Alá.

Por eso no soportamos las palabras de todo aquel que pretenda cambiar ese sino escrito con sangre al interior de nuestros límites, Córdoba, Melo, Gaitán, Torres, Cepeda, Bateman, Jaramillo, Pizarro o en los últimos años Petro. Todos ellos silenciados con su vida, menos el último que enfrenta la nueva estrategia de nuestro anquilosado sistema: el ataque digital. Pero nos hipnotiza el discurso vacío de Fajardo, que perpetúa esa ley improntada en cada colombiano de “deje así”. Ya viene el 2022, ojalá el 20 de julio de ese año sea diferente y por fin rompamos nuestras cadenas mentales para por primera vez en la historia gritar: independencia.

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