Sin pala y azadón: el peligro de que ya nadie quiera quedarse en el campo

En el siglo pasado, casi toda la población habitaba en la zona rural, su economía giraba en torno a productos agrarios. Eso cambió y trajo sus consecuencias

Por: Jesús Mora Díaz
abril 05, 2022
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Sin pala y azadón: el peligro de que ya nadie quiera quedarse en el campo
Foto: Wikimedia

Los saberes u oficios a través de la historia han sido transmitidos de generación en generación, permitiendo así la continuidad y difusión del conocimiento a lo largo del tiempo.

Las labores y prácticas agropecuarias no han sido ajenas a este mecanismo de difusión, pero las nuevas dinámicas y transformaciones sociales amenazan con cortar el lazo de continuidad que brinda el relevo generacional.

A mediados del siglo pasado Colombia era un país cuya población habitaba mayormente en la zona rural, su economía giraba en torno a productos agrarios, las exportaciones eran mayormente café y banano, productos por los cuales se referencia el país, hoy día a nivel internacional, muy a pesar que estos ya no tienen el mismo grado de relevancia.

El éxodo del campo a la ciudad se debió en gran medida a dos factores: la violencia, es de amplio conocimiento para todos los connacionales que el accionar del conflicto armado en Colombia se vivió con mayor agudeza en la zona rural, obligando a familias y comunidades enteras a abandonar sus predios, luego esto sería la génesis de otro problema social en las urbes, con la aparición de invasiones y barrios en las periferias.

La globalización es quizás el segundo factor que incitó la migración rural a urbano y, por consiguiente, la pérdida de la cultura rural y bajas en las tasas de producción de productos agrícolas. La apertura económica a finales de los setenta y ochenta permitió la entrada al mercado nacional de productos como maíz y algodón, los cuales llegaban a competir con una ventaja comparativa frente a los nacionales.

Esto mermó las áreas cultivadas; por tanto, la mano de obra rural requerida fue mucho menor, causando desempleo y migración a los centros poblados próximos.

Cultivos como el algodón, símbolos de progreso en departamentos como Cesar y Córdoba, fueron quedando rezagados y condenados al olvido, pues no podían competir con los precios del algodón estadounidense.

No condeno la globalización ni mucho menos, creo que es ley estar a la vanguardia de las nuevas dinámicas sociales, económicas y tecnológicas que nos ofrece este mundo interconectado, pero sí creo que el gobierno nacional de la época debió procurar salvaguardar y brindar herramientas al agricultor para poder competir de manera homogénea con los productos del exterior.

Todas estas series de episodios de desgracia y desdicha para el sector rural fueron abonando el terreno para que germinará un desencanto entre los más jóvenes, creando un sofisma que no permite divisar en el campo una opción de vida.

Por consiguiente, se fue creando un entramado de estereotipos e ideas entre los jóvenes y la sociedad en general, donde señalan que el progreso está en lo urbano y no en lo rural, pues este último traduce pobreza. No hay idea más sesgada y fuera de la realidad que esa.

El desarrollo germina en el campo: necesitamos romper estereotipos, pero esto se logrará con vías terciarias, acceso a servicios públicos, educación superior enfocada ó programas afines al agro. El Estado debe abogar por generar políticas sociales y rurales que permitan enamorar a los jóvenes de toda la magnificencia del sector rural.

Volvamos a tejer esa cohesión entre las generaciones actuales y futuras para que el campo se vuelva nuevamente atractivo, una opción de vida para los jóvenes; de esta manera aseguramos desarrollo en regiones apartadas, seguridad alimentaria y le hacemos el quite a problemáticas sociales derivas del abandono de la ruralidad.

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