A siete meses de la muerte del Ruiseñor del Cesar, una historia del sentir vallenato

La partida de Oñate completa la otra mitad de la historia que había dejado la muerte del Cacique de la Junta. Un tributo a uno de los últimos artistas del género

Por: Iván Meneses
septiembre 28, 2021
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A siete meses de la muerte del Ruiseñor del Cesar, una historia del sentir vallenato

En Colombia existen diversos géneros musicales que nos identifican en el exterior: la cumbia y el vallenato son dos de ellos.

Nací el 23 de mayo de 1987 en el municipio de Pailitas, Cesar; desde pequeñito me arrullaban con vallenatos de Diomedes, y desde entonces este género brota por mis venas. Mi papá, Régulo Meneses, escuchaba vallenatos de Rafael Orozco y de los Hermanos López en una vieja grabadora de cassette. Luego fui criado entre Valledupar y Zapatosa, lo que reforzó mi pasión. Con tan solo 8 años de edad mi gusto por la música vallenata estaba definido. A esa corta edad tuve la oportunidad de conocer a los cantantes e ir a diversos conciertos.

Los máximos exponentes de nuestro folclor, Rafael Orozco, Diomedes Díaz, Jorge Oñate, los hermanos Zuleta y los Betos, abrazaban triunfos y disfrutaban de las mieles de la fama en los años setenta. Sus hermosas canciones traspasaron fronteras, sus discos se vendían como dulces en puerta de colegios, hasta llegar al punto de convertir al vallenato en patrimonio cultural de la nación en el año 2016.

Cuando era niño me enteré de que Diomedes Díaz había nacido el 26 de mayo, y yo, el 23 de mayo; él en el 57 y yo en el 87. Me parecía mágica la coincidencia. El Cacique de la Junta fue el artista que más admiré, de quien me convertí en su más ferviente seguidor, imitando sus ademanes, dedicando a mis novias de la época sus canciones, pronunciando en mi vocabulario sus dichos y tratando de igualarlo en el tema de las mujeres.

Las cualidades de Diomedes Díaz y el sentimiento acompañado de romanticismo que le imprimía a sus canciones hicieron que fuese parte del grupo de su innumerable fanaticada.

Asistiendo a parrandas vallenatas en el Cesar con mis amigos de adolescencia y con mis novias de aquel entonces se afianzó en mí el placer de deleitar mis oídos y darle paz a mi alma con las melodiosas notas de un acordeón y el canto sentimental de un Binomio, de un Cacique, de un Jilguero o de un Pulmón de Oro, como son llamados artísticamente los grandes exponentes del folclor colombiano. Con nostalgia e impotencia veo cómo los “artistas” de la nueva ola del vallenato han acabado con la lírica, la música y la esencia de las canciones vallenatas, fusionando este género con otros e incluyendo instrumentos que no son propios del vallenato.

Los cantantes nuevos dejaron a un lado el sentimiento que caracteriza una canción vallenata, el amor, la belleza femenina, las vivencias de un pueblo, los amigos, la naturaleza, Dios y la vida; dejaron de ser inspiraciones para los compositores modernos, dándoles paso al sexo, a la rumba, a las drogas, a las palabras obscenas y, como decía Diomedes Díaz, a la vagabundina que son “letras” de sus composiciones.

El día 22 de diciembre de 2013 fallece el Cacique de la Junta, producto de un paro cardiorrespiratorio. Ese día la mitad de la historia del vallenato se partió en dos, debilitándose. Quedando con las riendas del folclor Jorge Oñate, Poncho Zuleta y Beto Zabaleta. Pero como no somos dueños de nuestra propia vida, el 28 de febrero de este año (2021) muere el Jilguero de América, Jorge Oñate, a causa de complicaciones del covid-19.

La partida del Ruiseñor del Cesar completa la otra mitad de la historia que había dejado la muerte del Cacique de la Junta, perdiendo a otra de sus más representativas figuras y quien aportó al vallenato no solo sus canciones hechas poesías, sino que dividió el conjunto vallenato, separando el acordeón con el cantante. (A principios de la historia del vallenato el cantante, valga la redundancia, cantaba y tocaba el acordeón la vez).

Hoy, siete meses después de la muerte de Oñate, sus seguidores, amigos y Colombia lo recordamos como si estuviera vivo. Sus hermosas melodías como Paisaje de sol, El campesino parrandero, La vieja Sara, No comprendí tu amor, Los amaneceres del valle, entre otros, son éxitos que suenan con más fuerzas en estaciones radiales, en los dispositivos electrónicos y en las parrandas que hacemos en el patio, terraza, sala nuestras casas, a orillas del río Guatapurí o de una quebrada. Recuerdo un mes de diciembre de 2001, me ennovié con Janín Cicero, quien actualmente es mi compañera sentimental, le dediqué las canciones El diciembre de mi vida y Los amanaceres del Valle, de Jorge Oñate. A ella le encantan sus canciones.

Desde el día de su muerte hasta hoy, no paran de rendir homenajes al cantautor Jorge Oñate.

El bastón de la música vallenata tradicional, con esencia y sentimiento, está en las manos de Poncho Zuleta y de Beto Zabaleta.

El legado que nos han dejado Diomedes Díaz y Jorge Oñate perdurará en nuestros corazones y en el baúl de los recuerdos, para que nuestros sobrinos, hijos, nietos y toda la generación futura puedan saber quiénes fueron El Cacique y el Ruiseñor del Cesar, disfrutando de sus más valiosos tesoros, sus canciones.

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