Si se pudiera, Uribe no sería presidente de nuevo

"La sociedad colombiana ha cambiado en la última década, al igual que sus problemas, por lo que su visión simplista y liderazgo mediocre no tendrían lugar"

Por: Juan Manuel Montoya Tovar
abril 22, 2020
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Si se pudiera, Uribe no sería presidente de nuevo
Foto: Facebook @AlvaroUribeVel

A propósito de la polémica desatada por el cantante Jessi Uribe con respecto a que desea que Álvaro Uribe Vélez vuelva a ser presidente, imaginemos qué ocurriría si eso fuera posible.

En el siglo XX, Alfonso López Pumarejo pudo ser dos veces elegido presidente, eso sí no en periodos continuos. El acto legislativo 02 de 2004 permitió que tanto Álvaro Uribe Vélez como Juan Manuel Santos fuesen los únicos presidentes de Colombia elegidos durante dos periodos continuos. El acto legislativo 02 de 2015 acabó con la reelección, sea aquella en un periodo inmediato o no, lo que quiere decir que se puede ser presidente solo una vez.

El problema no radica si la reelección es buena o mala en sí misma, sino en que la reelección en Colombia se dio gracias a la corrupción que permitió que el Ejecutivo cooptará al Legislativo y al Judicial: parapolítica, yidispolítica y mermelada.

El Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, en complicidad, están acostumbrados a sustituir la Constitución, la cual es plagada de enmiendas o, como se les llama en el argot jurídico colombiano, actos legislativos, que en muchos casos implican regresividad en materia de derechos y libertades. Claramente, el judicial cuando observa que la sustitución tiene groseras dimensiones, tiende a realizar un control constitucional efectivo sobre los actos legislativos, como para evitar una hecatombe jurídica. No sabemos si en algún momento la reelección sea reactivada.

Pero sí la reelección existiera, ¿qué pasaría con la intencionalidad del uribismo tiene de que su "mesías" regrese al solio de Bolívar?

Estamos en 2020, no en 2002. Uribe, siendo un político mediocre en comparación a sus contendores, entendió muy bien la coyuntura de un país frustrado por un proceso de paz fallido con las Farc, generó la división del Partido Liberal, se granjeó el apoyo del Partido Conservador, a expensas de su propia candidata, y logró el decisivo apoyo del poder económico, al desplegar toda una estrategia belicista para acabar con la insurgencia: aún humeaba Nueva York y el discurso de guerra contra el terrorismo de George W. Bush recaló con fuerza en la opinión pública mundial. Al Uribe desconocer un conflicto armado y más bien asociarlo a un fenómeno de terrorismo, tenía una fórmula simplista para ganar el debate presidencial y las elecciones.

Han pasado casi 20 años. La sociedad colombiana ha cambiado vertiginosamente en la última década, los restos de lucha insurgente han desparecido. El telón del teatro de la guerra contra el terrorismo ha caído y se evidencian los principales problemas sociales que generan el caos en el que permanentemente se encuentra el país, problemas a los que la visión simplista y el liderazgo mediocre del uribismo no pueden dar solución. Lo que ha sido Uribe es gracias a los medios de comunicación tradicionales, su figura cada vez más es bombardeada a tomatazos por el activismo mediático en redes. Una era la Colombia de la hegemonía de la prensa escrita, la radio y la televisión y otra la Colombia de las redes sociales.

Así las cosas, sería muy difícil que un Álvaro Uribe Vélez, al cual más y más gente percibe como descarado promotor de la corrupción y la criminalidad asociada a los poderes político y económico, volviese a dirigir los destinos de Colombia.

Sendas dificultades tiene Uribe para sostenerse en el país político. Claramente, en primer lugar Uribe no es Laureano Gómez, a pesar que muchos de sus contradictores los asocien. El "monstruo" era un político que no tranzaba sus ideas y sus sentires políticos, su oposición como su gobierno fueron tenaces en lo que a la ideología respecta. El "mesías" comenzó su vida política en el grupo liberal, que con junto el exmaoísta José Obdulio Gaviria, apoyaron la candidatura de Gerardo Molina bajo la coalición de izquierdas Firmes. Así mismo perteneció a la tendencia izquierdista, liderada por Ernesto Samper, llamada Poder Popular. Recordemos que Uribe, a pesar de ser un ícono de las derechas, no fue receloso a que Centro Democrático coalicionará, regionalmente, con la Farc y, en efecto, Centro Democrático coalicionó durante las elecciones regionales con movimientos izquierdistas como Mais. Es más Uribe vinculó a exmilitantes del Moir y exguerrilleros del M-19 a su proyecto político.

Laureano jamás hubiese concebido pactar con izquierdistas. En el país político las lealtades se dan a través de participación burocrática, no simbólica. El uribismo pese a ser gobierno no es capaz de negociar burocracia, porque su apetito burocrático no tiene límites. El llamado pacto nacional no es más que un eslogan, pese a que políticos como Andrés Pastrana han pedido la reedición de un Frente Nacional.

Gómez pacto el poder con un liberalismo elitista, sin vestigios de democracia en su interior. Pero era ya un "monstruo" menguado por la enfermedad y la senectud. A demás no existía por aquel entonces una justicia transicional que le exigiese verdad judicial y ante todo verdad histórica. El Frente Nacional fue un borrón y cuenta nueva, lo que permitió a la violencia política reciclarse.

Álvaro Uribe Vélez no solo no está acorralado por la justicia ordinaria, sino por el fantasma de una justicia transicional, la cual quiere destruir a toda costa. Confesarse o ser declarado culpable harían que el mito Uribe simplemente se desvaneciera.

Para que Uribe, hipotéticamente, fuese presidente de nuevo, tendría que hacerse a la unidad del país político tal como ocurrió en 2002, pero, ciertamente, tiene que enfrentarse al hecho de poder contar con la lealtad de líderes de la oligarquía con los cuales ha tenido una relación de amores y de odios como César Gaviria y Andrés Pastrana, cosa que se ve muy incierta. Y no solo eso, sino enfrentarse a fuerzas "alternativas", algunas provenientes del santísimo revestidas con una retórica de "centroizquierda", que ganan cada vez más espacio en la clase política y en la opinión pública.

El "monstruo", diezmado por las dolencias y los años, más que su ideología transigió su imagen de hombre implacable. El "mesías" no da importancia a la coherencia ideológica. Difícilmente cederá al hecho de tener que bajar la cabeza ante sus enemigos, demostrarse falible y mostrarse derrotado; y, es que, en efecto su cabeza no acabaría de rodar sobre la tarima de ejecución mediática en redes sociales. Realmente, son muchos los que le van a generar un linchamiento social. Y es que no hay necesidad de matar al Uribe-hombre, cuando el Uribe-símbolo se suicida a cuenta gotas, que finalmente aclamará por una eutanasia rápida y definitiva antes de vivir con una insufrible vergüenza histórica hasta el fin de sus días.

El muñeco fabricado por Uribe se ganó el favor de los centristas que tuvieron pavor del más mínimo timonazo a la izquierda. Luego no fue la victoria de Uribe, sino la victoria del temor a Petro.

Es claro que, si se pudiera, Uribe no volvería a ser presidente.

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