Me preocupa que la alarma por la plaga del acoso sexual termine matando el romanticismo: degradar el piropo a categoría de acoso es el primer paso para aniquilarlo

 - Si el piropo es acoso, me declaro acosador

Giovanna es una caleña con la que trabajé hace más de 30 años, cuando viví en Madrid.

Como buena caleña, Giovanna es una mujer muy atractiva, dueña de ese caminado que solo tienen las mujeres de esta tierra.

Como en se momento vivía sola y alejada de su ciudad, de vez en cuando se le bajaba la nota. Pero ella encontró una fórmula infalible para levantar el ánimo en esos momentos difíciles: se ponía su bluyín estrella y salía a caminar al frente de una obra que estaban construyendo cerca a su casa.

Obviamente los obreros enloquecían con el contoneo de Giovanna y le lanzaban toda clase piropos. Santo remedio: Giovanna regresaba a su casa convencida de que era la más linda del barrio.

Ese recuerdo se me viene a la cabeza ahora cuando el piropo está en vías de extinción y pasó de considerarse un tributo a las mujeres a un acto de acoso.

Muy pocos hombres se atreven hoy a decirle a una mujer “parece que se rompió el cielo porque comenzaron a caer angelitos” o “tienes más ojos que una piña mal cortada “tienes una sonrisa que podría derretir el hielo”.

No importa que tan inocente e inofensivo sea el piropo. A las jóvenes de hoy no les gusta que las piropeen.

Sigue a Las2orillas.co en Google News

Yo, que soy un piropeador profesional, me resistía a creer esa realidad. Hasta que un día, cuando aún trabajaba en El País, un grupo de reporteras jóvenes casi arma una asonada, en protesta por una columna que escribí defendiendo el piropo.

Esa columna arrancaba con la definición que la Real Academia de la Lengua le da al piropo: “Dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer”.

Lo que yo defiendo son esos dichos breves, en algunas ocasiones muy creativos que exaltan la belleza femenina. Que no tienen nada que ver con las vulgaridades que algunos espetan. Esos nunca los defenderé.

Pero no hubo argumento suficiente para convencer a esas jóvenes de las bondades de un buen piropo. Recuerdo que una de ellas, muy bonita por cierto, me dijo “un hombre que no conozco no tiene por qué decirme nada”.

Es una realidad: el piropo cayó en la categoría de acoso. Lo cual no es culpa de las mujeres sino de esos canallas que usan su poder para tratar de conseguir los favores de una dama

Los que pervirtieron el piropo fueron esos acosadores. Que los usan no para ponderar la belleza femenina sino como parte de su sucia estrategia para intentar llevar a una mujer a al tálamo.

Que un hombre uso su poder, mucho o poco, para seducir a una mujer me parece no sólo un atentado contra la mujer sino la peor muestra de cobardía. Está muy jodido el hombre que para tener sexo con una mujer no encuentra otro camino que extorsionarla con su poder.

Lo que no podemos permitir es que esos acosadores maten el romanticismo. Cualquier mujer está en capacidad de diferenciar quien le lanza un piropo para halagarla y quien se lo tira con las peores intenciones.

Al segundo hay que denunciarlo ante la justicia y ante la sociedad, pero al segundo, por lo menos hay tratarlo con benevolencia. Suficiente condena para un enamorado es el desprecio de su amada

Me preocupa que la alarma que ha generado la creciente plaga del acoso sexual termine por matar el romanticismo. No exagero: degradar el piropo a la categoría de acoso es el primer paso para ello.

Porque si algo tan aparentemente inofensivo como un piropo es considerado acoso, ¿cómo calificarán, por ejemplo, una serenata?

No quiero ni imaginar lo que puede ocurrir si un valiente se anima a contratar un mariachi para darle una serenata al objeto de su amor y resulta que esa mujer es una de las que aborrece el piropo.

¿Si esas jóvenes cuestionan a quien le lanza un piropo qué le harán a aquel que osa cantarle unas canciones románticas en su ventana y a media noche?

Y pobre de aquel que le escriba un poema a una muchacha que le quita el sueño. Lo mínimo que le puede pasar es que usen ese escrito como prueba de acoso en un proceso penal.

Hago un llamado a la calma y a que diferenciemos el acoso del romanticismo. Al primero hay que condenarlo con la mayor vehemencia y al segundo debemos defenderlo como se defiende el amor verdadero.

Los acosadores son unos pocos, los románticos somos millones.

Del mismo autor: La cátedra magistral de Álvaro Uribe

Anuncios.