Ser reina, más allá del sueño

La actual virreina de la Independencia de Cartagena cuenta la otra cara de esta experiencia, el lado poco conocido de lo que para muchos parecería una quimera

Por: Teresa De Jesús Asprilla Soto
julio 23, 2018
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Ser reina, más allá del sueño
Foto: Instagram @teresa_asprilla

El día de hoy me siento en la necesidad de utilizar el medio más potente que tengo para alzar mi voz en contra de una situación que, en mi opinión, trasciende el plano personal. Ya no se trata de la virreina de la Independencia de Cartagena 2017. Se trata de lo absurdamente violento que un tema tan subjetivo como la belleza puede llegar a ser. ¿Qué se supone debe ser una reina si ella no está en la capacidad de asumir este rol como un referente para futuras generaciones de comunidades excluidas y en condiciones de desigualdad como en la que yo crecí? ¿De qué se trata ser una mujer bella si desde el escenario en el que estoy, esto no se utiliza para llamar la atención sobre diversos temas de ciudad? Y puede parecer no tener importancia, pero este es uno de esos temas.

Aunque ciertamente ser un personaje público implica traer y exponer parte de tu vida a las demás personas, este simple hecho no puede significar o justificar la violencia que se esconde detrás de las malas intenciones de algunos que, más que dar su apreciación personal, (muy subjetiva por lo demás), se ensañan en ataques directos en contra de las demás personas.

En un país como el nuestro, donde la gente se encuentra más motivada por sus pasiones personales que por el sano respeto de la diferencia ajena, este es un escenario peligroso que puede terminar afectando la integridad emocional y hasta física de las personas en cuestión. No nos detenemos a pensar si lo que decimos u opinamos sobre x o y persona lo afecta en su personalidad, no tenemos idea si la persona que es blanco de nuestros comentarios tiene una estructura mental fuerte que sea capaz de resistir tanto abuso. Porque a esto se reduce la situación: a un tema de abuso. De extralimitarse deliberadamente en el uso de la opinión con el único y malsano objetivo de destruir. Detrás de las sonrisas bonitas, de los cuerpos esbeltos, de los tacones y el maquillaje, hay seres humanos, mujeres valiosas; que por estas simples condiciones merecen respeto.

Cuando estaba en la universidad, después de algunos años de intensa lucha conmigo misma y mis inseguridades, llegué a la conclusión de que para entenderse uno y al mundo lo más importante es conocer su historia, su devenir, saber de dónde vienen cada una de las herencias que nos hacen ser las personas que somos, entender y aprender a respetar y valorar la diferencia. Ahora que soy lo que muchos llaman una reina, estoy en el escenario propicio para hacer un llamado de atención sobre este tema, porque a título muy personal he venido siendo blanco de la opinión de muchas personas inescrupulosas que abusando de su derecho a la libre expresión se han desbocado en una serie de ataques personales en mi contra; no entendiendo que su derecho a expresarse libremente termina donde empieza mi derecho a la dignidad humana y a la tranquilidad.

Más que la virreina de la Independencia de Cartagena, está Teresa Asprilla, una mujer con sus luchas, con sus defectos y debilidades, con sus aciertos y fortalezas. ¿Son estas personas conscientes realmente del daño que deliberadamente le pueden hacer a muchas mujeres más, que como yo se exponen valerosamente para resaltar los aspectos positivos de su comunidad ante esta ciudad? ¿Son conscientes estas personas de que en la práctica cotidiana estas son circunstancias que llevarían a situaciones extremas que pueden terminar en trastornos emocionales y de salud de las personas implicadas? ¿Son conscientes estas personas de que incluso en los casos más extremos estas son circunstancias que pueden llevar al suicidio de una persona que esté llena de miedos e inseguridades? Porque, sin ser alarmistas, el tema puede llegar a ser tan grave como esto. No es simplemente dar una opinión porque sí. Es entender que en cada una de las palabras que tecleamos detrás de la seguridad de nuestro celular o computador, tenemos en nuestras manos la salud mental y hasta la vida de otras personas.

En Colombia, donde la violencia misma es la naturaleza de muchos, todo lo que me ha venido sucediendo es un claro indicio de que se debe hacer algo. De que debo hacer algo. No podemos esperar la paz si no estamos dispuestos a aceptar la diferencia de los demás y a reconocerla como lo que verdaderamente es: la riqueza de este país hermoso, pero ridículamente intolerante.

Quiero sentar un precedente, porque muchas más vendrán después de mí, y muchas más después de éstas; y si no se hace algo ya, la situación puede ser la misma hasta que eventualmente termine en una tragedia. No todas las mujeres que participan en un concurso de belleza o en un reinado tienen el esquema mental o la fortaleza emocional para asumir el reto de estar bajo la mirada crítica y destructiva de los cobardes que detrás de un perfil falso se esconden para estropear la vida de los demás. Es algo que más allá de fastidiarme a modo personal, no puedo seguir ignorando. Siento entonces estar en la obligación de hacer algo para que este tipo de situaciones tan lamentables no se sigan presentando en el futuro, en la medida de lo posible.

Bien decía Benito Juárez, célebre político mexicano, que “entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Yo hoy me atrevería a enunciar esta frase de la siguiente manera: el respeto por la vida ajena y por su dignidad, es la paz. No podemos pensar que atentar contra la dignidad de alguien más no tiene sus consecuencias. Bien es una de las máximas del derecho: el desconocimiento de la ley no es excusa y estas acciones tienen sus consecuencias legales. Pero más allá de eso, vamos a sopesar el valor de la vida de las otras personas sobre nuestras apreciaciones personales y tal vez, solo así, entenderemos que esta es más importante que cualquier otra cosa que tengamos por decir sobre ellas.

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