Seguimos matándonos

"El camino no es la violencia, ni la caída del gobierno de turno. Tampoco es la tiranía, ni el silencio"

Por: Samuel Astor Bahos
junio 15, 2021
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Seguimos matándonos
Foto: PxHere

No podemos seguir pensando en actuar motivados por un trauma psicosocial que se ha magnificado en la ignorancia del pueblo colombiano.

Seguimos matándonos. En esas seguimos desde hace más de un mes y la situación confunde, lo cual es importante. Sé que una revolución no se hace con la imagen del sagrado corazón, pero tampoco con el exceso de la fuerza. Los colombianos nos estamos matando en todas partes: en las esquinas donde los policías disparan en contra de la multitud a riesgo de terminar con la vida de inocentes; en las avenidas donde el Esmad lanza sus gases tóxicos para romper filas de manifestantes mientras se oye por las ventanas el clamor de adultos mayores alcanzados por el humo; cuando personas con cierto perfil violento intentan linchar al uniformado en plena vía pública, cuando se incendia un centro de atención inmediata para asesinar a policías, cuando se impide el paso de ambulancias en nombre del derecho a la protesta y se pierden vidas que nada tienen que ver con el malestar social; cuando se impide el paso de los comestibles para la supervivencia de los ciudadanos de clases populares, cuando salimos sin tapabocas, marchamos sin escrúpulos siendo positivos para covid-19, o cuando expresamos tanto odio en redes sociales, que no habría lugar para algo distinto que irnos a los golpes si nos encontráramos.

Continuamos matándonos.

Si, una revolución no se hace con la imagen del sagrado corazón, pero tampoco debilitando la institucionalidad ni el sistema democrático; una revolución no se hace prendiendo velas, pero tampoco incendiando edificios a costa de la violación de los derechos humanos. Una revolución no se hace animada exclusivamente por el odio contra las élites de un país, sino con la resistencia que prioriza la dignidad humana. Gran parte de la sociedad colombiana está cansada de lo mismo y por eso se hace sentir; que bien por esa rebeldía que legitima el debido proceso y que logra que las transformaciones se den a partir del desacuerdo irascible que se expresa a viva voz y en detención completa de las disposiciones injustas por parte del gobierno.

Pero no podemos resistir una bala más, una puñalada más, ni patadas ni incendios y bofetadas. No podemos seguir matándonos en la web ni en ningún lugar de este país, porque, aunque no lo parezca, hemos visto suficiente sangre en las últimas seis décadas, ríos de sangre que han causado un trauma psicosocial y que hoy legitima la violencia.

Un acuerdo fundamental es que no podemos permitirnos destruir el bien privado porque no nos pertenece, no podemos apropiarnos de lo que es común ni aceptar que la violencia policial permanezca impune en ningún caso, o que los funcionarios públicos hagan política oportunista en la desesperanzada situación del país. Precisamos ir al rescate de la bondad humana al tiempo que la alta sociedad colombiana se compromete al cambio; en últimas, eso es lo que se está esperando en todas partes; que la larga tradición de corrupción enquistada en la idiosincrasia del congreso, le dé un respiro a la economía oprimida entre otras cosas, por la dura realidad experimentada en esta pandemia.

Si la clase alta del país asumiera la responsabilidad de tributar no solo en su beneficio, sino en beneficio de todos los colombianos, esta medida concreta sentaría la base de un reencuentro pacífico y un desarme de los corazones ofuscados por culpa del hambre, la miseria, la enfermedad y la falta de oportunidades. Sabemos que, si los ricos de Colombia dejaran de pensar solo en ellos, e hicieran posible eso de sentirse como verdaderos conciudadanos de las personas de nivel socioeconómico medio y bajo, habría motivos para creer en un futuro mejor, uno en el que sabríamos que somos parte de un país equitativo y rico, donde la benevolente clase alta se compromete en justa proporción a pensar en todos, en especial en aquellos que no son ricos.

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