Opinión

Se volvió a prender y Duque no escucha

El retiro de la reforma tributaria no será suficiente para calmar las aguas

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mayo 03, 2021
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Se volvió a prender y Duque no escucha
La inmensa mayoría de quienes protestan lo hace de forma pacífica, la gasolina que arroja Duque es ignorar los motivos de los marchantes. Foto: Leonel Cordero/Las2Orillas

El presidente Duque no está tomado en serio a la gente. La solución elegida, la de la asistencia militar en las ciudades y departamentos, no hará otra cosa que escalar una espiral de violencia que, en pocos días, ha acabado con la vida de varias personas en Cali y en Ibagué, incluyendo la de un capitán de la Policía en Soacha. El retiro de la reforma tributaria no será suficiente para calmar las aguas.

Desamparo, desesperación, hambre, incertidumbre están llevando a la gente, especialmente a jóvenes, a manifestarse desde el 28 de abril. Desempleo e informalidad masivos, pretender tapar el hueco fiscal afectando a sectores vulnerables de la población, hacer alarde de un plan de vacunación que, al ritmo que lleva, requerirá de más de 600 días para el logro de la inmunidad de rebaño, forman parte de los motivos de la gente que sale a la calle y de los que participan en los cacerolazos.

Lo que ha ocurrido entre el 28 de abril y el 1° de mayo de 2021 empalma con las protestas iniciadas en el paro de noviembre de 2019, aplazadas por la pandemia y las medidas de confinamiento decretadas a partir de marzo del año pasado. La gran diferencia entre las movilizaciones  de estos días y noviembre del 2019 consiste en que la gente ha salido a las calles a pesar de encontrarnos con los promedios más altos de muertes diarias por el covid, sin llegar aún al pico, y pese a las cuarentenas ordenadas en las ciudades colombianas. Señal inequívoca del desespero y la rabia frente a la ausencia de interlocución de parte de un gobierno que anda en otras coordenadas, desconectado del sentido de realidad.

La suma de errores se acumula y puede tener efectos exponenciales en la radicalización de millones de colombianos que, en el 22, podrían optar, en las próximas elecciones, por fórmulas conocidas en el vecindario. Qué gran jefe de debate son el presidente y su equipo al ignorar el efecto combustible de sus actos y omisiones.

La reforma tributaria es apenas el florero de Llorente. Es claro que se requiere aumentar el recaudo con el fin de apoyar a la población vulnerable, en aumento por la pandemia. Sin embargo, como ya se ha dicho, la ausencia de progresividad para quienes gozan de mayores ingresos, entre otras características de la reforma, sumada a la ausencia del debate público y a una cadena de señales de autismo presidencial, han sido fallas garrafales en un proceso que debe ser participativo. Hemos llegado a la absurda situación de un redentor, Uribe, salvando al país de la reforma propuesta por su ungido. ¿Presentar un proyecto nuevo con más de lo mismo?

¿Sin entender por qué la gente no acata las cuarentenas y se queda juiciosa en casa? Porque millones están pasando hambre y necesitan del rebusque. Según el Dane, en promedio nacional, un hogar conformado por cuatro personas es definido como pobre cuando, las cuatro, en conjunto, generan menos de $ 1.326.752.  En el caso de que, en el ejemplo de la familia de 4 personas, ingresen menos de $ 580.016, se habla de pobreza monetaria extrema. El informe del Dane presentado la semana pasada le pone cifras a lo que se ve en las calles de nuestras ciudades: 42.,5 % de los colombianos se encuentran en situación de pobreza monetaria, es decir, 21 millones de personas. La situación provocada por la pandemia y las medidas decretadas contribuyeron  a aumentar en 6,8 % la proporción de colombianos pobres entre el 2019 y el 2020, es decir, que 3,5 millones se deslizaron de el eufesmismo de “clases medias” a la situación de pobreza. Pero, ojo, hay 7,5 millones de compatriotas calificados dentro de la pobreza extrema, es decir, aquellos cuyo ingreso es menor a $ 145.000 mensuales.

Las ciudades fueron, hasta hace poco, el destino de quienes buscaban trabajo. Emigrar a Bogotá, Cali o Medellín fue la solución para millones de jóvenes procedentes de pequeñas poblaciones y del campo, sin futuro en sus regiones de origen. Ya no. Lo ocurrido entre 2019 y 2020 no tiene antecedentes: en Bogotá, el número de personas en pobreza extrema pasó de 345.000 a 1.109.000. En Cali la cifra casi se triplica, como en la capital, al llegar a 342.000, lo mismo que en el área metropolitana de Medellín (346.000). Son cifras mayores. Colombianos, incluidos millones de niños, que no cuentan con los recursos para la alimentación mínima diaria.

En las manifestaciones han participado personas de todas las edades, aunque principalmente jóvenes, tanto de hogares de bajos ingresos como, de nuevo, de clases medias. La pandemia no ha hecho sino agravar la situación de los jóvenes, grave desde hace años. El desempleo juvenil, en lo que va del siglo actual, siempre ha sido superior al de la sociedad en su conjunto y el de las mujeres jóvenes, muy superior al masculino. La vida de millones de jóvenes se mueve en la desesperanza, que tiene varias vertientes. Desde jóvenes que tienen su grado universitario y, con suerte, consiguen trabajo a término fijo en un call-center, por ejemplo, devengando entre $ 900.000 y $ 1,4 millones mensuales, hasta aquellos que viven desempleados o de salto en salto mediante breves contratos, sin cotizar para sus pensiones, pasando por los que no pudieron culminar sus estudios terciarios o secundarios, sumergidos en el rebusque.

Ninguna reforma tributaria ni plan alguno apuntan al apoyo y la preparación de los jóvenes de cara a los cambios del mercado laboral que la adopción de nuevas tecnologías, la globalización y el cambio climático está causando a pasos de gigante. La incertidumbre, el desempleo y el subempleo, los pésimos salarios, son parte de las razones por las que los jóvenes han estado a la cabeza de las manifestaciones.

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La incertidumbre, el desempleo y el subempleo, los pésimos salarios, son parte de las razones por las que los jóvenes han estado a la cabeza de las manifestaciones

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La vacunación: otra fuente de temor.... y de ira.  Si nadie sabe cuándo van a ser vacunados los de 40, menos aún cuándo los adultos jóvenes.  Al paso que vamos es casi seguro que la alternancia entre aperturas y cierres en la educación y el trabajo prosiga durante el 2021 y el 2022, hechos que afectarán desfavorablemente el empleo.

La gasolina que Duque arroja: ignorar los motivos de la inmensa mayoría de los marchantes que procedieron de manera pacífica. Referirse el 28 de abril, día uno de la protesta, al aniversario de ingreso a la OCDE fue una locura. Y  optar por lo que (de nuevo los eufemismos criollos) ha llamado “asistencia militar” en las ciudades “que lo requieran”, sin abrir espacios para escuchar a la gente, es una omisión que saldrá costosa. El Ejércitpo no está preparado para ello. El Esmad está disparando de forma indiscriminada en algunos lugares. No se sabe cuántos muertos hubo en Cali; en las redes sociales circulan videos de terror. No hay proporcionalidad en el uso de la fuerza.

Por supuesto, hay que rechazar y combatir el vandalismo. Negocios de pequeños comerciantes, grandes superficies, han sido asaltados. Estaciones de transporte público, destruídas. No obstante, la inmensa mayoría de quienes protestan lo hace de forma pacífica. Hay testimonios audiovisuales de cómo los manifestantes han obligado a los ladrones a devolver el botín.

El retiro de la reforma solo es un primer paso. Hay ingredientes de peso que están en la agenda. Las brechas sociales y económicas han aumentado. Trabajo digno, acceso a la educación, salud, participación, plan de vacunación. La movilización social seguirá si no hay un bloque de partidos políticos y empresarios lúcidos que comprendan que el hambre y la falta de oportunidades están detrás de las protestas.

 

 

 

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