Opinión

Que se mueran los feos

Una novela salvaje y extraña que Boris Vian escribió con claras intenciones provocadoras hacia clase elitista del París de posguerra

Por:
septiembre 18, 2015
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“Me da lo mismo ser guapa que ser fea dijo Folavril—. Lo único que quiero es gustar a la gente que me interesa”.
Boris Vian/Que se mueran los feos

Me gusta hacer filas. Las filas son un invento maravilloso para la gente que, como yo, le aterra la idea de quedarse a solas con sus pensamientos aunque sea un segundo. En las filas uno puede conocer gente, enterarse de la vida de los demás y ver pasar el tiempo en medio de ese bucle distorsionado que es la realidad. Los habituales de las filas suelen ser personas feas, seres para los que estar despierto es un mero trámite. Otro día, otra tragedia, le escuché decir a una señora muy fea la semana pasada mientras intentaba pagar mis deudas en el banco. Toda persona es insoportablemente fea si pasas el suficiente tiempo con ella, es una máxima indispensable para comprender las relaciones humanas. Al final la misma señora acabó por sustentar su épica frase al colarse, cinco turnos antes de llegar a la ventanilla, según ella, porque tenía otras cosas por hacer. Fea. Muy fea. No tuve más remedio que doblar mis orejas grandes, entrecerrar mis ojos apagados y dejarla pasar. Le gente ha hecho del mundo un lugar terrible, dos horas más tarde me llamaban del mismo banco a preguntarme si ya había pagado la cuota mensual. Las mujeres que llaman a cobrar suelen ser amables y tener nombres familiares; sin embargo, son los seres más espantosos con quien alguien pueda relacionarse, sus voces heladas y el ritmo con el que pronuncian cada palabra las hace aterradoras. No me pases una llamada de una telecobradora, pásame una pistola y un Orfidal.

Desengañaos, las personas feas sólo parecemos adorables en las películas. Los feos somos feos todo el tiempo. No hay forma de vencernos. Pocas cosas más feas que tener un pelo en la boca sin motivo o tener la cara equivocada. La belleza es una trampa. El mundo es un lugar perverso: periodistas que golpean refugiados, procuradores que escupen agua bendita, expresidentes que envejecen sanos, personas que pasan sus días viendo programas de subastas. Nada importa ya, el mundo es un lugar feo y lleno de gente fea. Lo importante en la contemporaneidad es tener salud y cejas. Si no tuviéramos cejas, nos habríamos extinguido en el minuto uno. Lo demás importa un pito y todos parecen entenderlo. El mundo era mucho más sencillo cuando se solucionaba todo mediante sacrificios humanos y nadie se quejaba. Que se mueran los feos pareciera ser la respuesta para que toda esa gente bonita que abunda por ahí (Los amantes de los gatos, los políticamente correctos, los vecinos del 601, los vegetarianos, los bicicleteros, los maniáticos de la limpieza, la gente que trota en las mañanas y los porteros de todos los edificios del mundo) pueda ser feliz de una puta vez y sin complicaciones.

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En 1948, el célebre escritor francés Boris Vian un feo por donde se le mire) ya nos había dado algunas pistas de lo que el mundo debería hacer para acabar con tanta gente que afea el orden mundial. Que se mueran los feos es una de las novelas que Vian tradujo desde los manuscritos del norteamericano negro Vernon Sullivan. En una época en la que los escritores negros no abundaban precisamente el hallazgo de Vian era una pequeña joya.
Si acaso el tal Vernon Sullivan hubiese existido en realidad, claro. Porque no se trataba más que de un pseudónimo inventado por el propio Vian para poder publicar su libro sin la molestia de los hermosos de la época, quienes sin duda lo hubiesen fastidiado con sus quejas de gente bien peinada. Y es que Que se mueran los feos es una novela salvaje y extraña. La cantidad de atrocidades que describe, tanto sexuales como de corte absolutamente gore, no tiene nada que envidiar a cualquier película de clase B de las que los feos acostumbran a ver. Rocky Bailey es un joven de 19 años jodidamente atractivo al que le sobran las pretendientes, un joven al que le gusta hacer filas, verse bien y quien, a fuerza de voluntad, se ha prometido permanecer virgen hasta los 20 años. Bailey, a su pesar, se convierte en un objeto esencial para las investigaciones genéticas del Doctor Schutz (un científico loco y con apellido alemánque detesta a los feos) cuyo mayor esfuerzo en la vidaes el de convertir a todos los habitantes del planeta en hermosos y correctos individuos. Boris Vian escribió esta novela con claras intenciones provocadoras hacia clase elitista del París de posguerra y sus supuestas buenas maneras. Bajo la audacia de esta extraña novela, que es más bien una risotada en la cara, caben varias formas de leerla: algunos de sus enemigos la tacharon de pornográfica (aunque en verdad se muestran escenas sexuales de contenido soft-cómico), otros la encasillan como una novela negra; e incluso otros la ven desde el lado de la ciencia ficción. Todo se va al carajo, lo importante de Que se mueran los feos es que es un amasijo frenético, con una notable cantidad de frases graciosas por párrafo que Vian se saca de la manga, casi siempre de forma afortunada. Balas de plata que van dirigidos al corazón más hipócrita de la sociedad.Que se mueran los feosdestila una feroz esencia Pulp. Con un estilo directo y premeditadamente sencillo, Vian despliega una eficaz narración repleta de acción en la que Rocky Bailey abre más de un capítulo recobrando la consciencia después de que le hayan dado una paliza o le hayan drogado o cualquier otra cosa imaginable. La novela es un completo catálogo de agresiones. Todo un conjunto argumental en el que te preguntas cuál va a ser la próxima barbaridad, el próximo en ser atacado, la próxima risa que saldrá de tu fea boca. Un libro que no tiene desperdicio.

Para Vian, (que aparte de escribir también tocaba la trompeta, era actor y dramaturgo y todo eso lo hizo durante sus 39 feos años) en realidad, solo existían dos cosas importantes: el amor, en todas sus formas, y la música de Nueva Orleans. Todo lo demás debería desaparecer porque lo demás es feo y con eso se refería al mundo y a sus despropósitos; en toda la fuerza de sus páginas se parte del hecho de que la historia es enteramente verdadera, la historia del mundo es la historia de la fealdad. La belleza es solo una proyección de la realidad, en una atmósfera oblicua y distorsionada. Como puede verse, nada importa ahora. Nadie roba flores, por ejemplo, nadie hace filas sin querer, nadie se viste completamente de marrón. El mundo aparenta ser un lugar hermoso y feliz, y toda esa basura y toda esa gente fea que va por ahí, hurgando en los ojos de los demás, escupiendo palabras tontas ante la espalda del otro, tanto predicador sin palabras, tanta gente buena, tanta gente jugando a la belleza.

Tanta gente que solo quiere agradar.

Tanto tiempo perdido.

Tanto paisaje sin sombra.

Cuando veo un atardecer pienso que es un incendio y me tranquilizo.

 

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