Opinión

Se fue Uber, pionera. Didi, Sara LT, bienvenidas

Las autoridades mostraron la cultura de atraso frente a las bondades de los cambios propiciados por la tecnología; lo tragicómico es que los “invasores” están listos a llenar el vacío de Uber

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febrero 03, 2020
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Se fue Uber, pionera. Didi, Sara LT, bienvenidas
El modelo de Uber fue un éxito porque llenaba un vacío de mercado asociado a la necesidad de buena atención, confianza, precisión y cumplimiento

Desde el 1o. de febrero la aplicación de Uber dice “Adiós Colombia... Lastimosamente la aplicación no está disponible en Colombia... Cuenta lo que te pasó a quienes tienen la solución en sus manos...”

Y lo que pasó es muy sencillo. Uber, un modelo de negocios basado en la llamada “economía compartida”, llenó un vacío de mercado. Por una parte, usuarios desesperados de un mal servicio de los taxis amarillos, desacreditados, con certeza, por una minoría de conductores que jamás vieron en el cliente el centro de su actividad. Aunque es cierto que justos pagan por pecadores y que hay muchos conductores de los amarillos honrados y amables, los usuarios demostraron que estaban hartos del mal servicio... y de los peligros tipo paseo millonario, la manipulación de los taxímetros y del “voy para otro lado”.

En general, durante los seis años de presencia en Colombia, los clientes se sintieron satisfechos de los servicios de Uber en los 300 millones de viajes que realizaron.  Mujeres y hombres se sintieron seguros usando una plataforma en la que las tarifas, incluida la llamada dinámica, fueron transparentes, satisfechos de que los trayectos se realizaran como los clientes los solicitaron. Y la posibilidad de evaluar, de inmediato, el servicio y, viceversa, de ser calificado por el conductor, contribuyó a la buena calidad del servicio.

Se habla de “economía compartida” porque en la mayoría de los casos ( 88.000 conductores registrados en la aplicación) se trataba de los dueños de sus carros que, en forma parcial o de tiempo completo (teniendo en cuenta el pico y placa de algunas ciudades), pusieron al servicio de dos millones de usuarios esa capacidad instalada que sus vehículos representaron. Los conductores fueron personas de múltiples profesiones, muchos con dificultades de encontrar empleo, incluyendo contadores, enfermeros, ingenieros, profesores, antropólogos, esteticistas, antiguos conductores, y también pensionados.

El modelo fue un éxito porque, como ya se dijo, llenaba un vacío de mercado asociado a la necesidad de buena atención,  confianza, precisión y cumplimiento.

Las autoridades se fajaron, aunque al revés.  Mas allá de los supuestos tecnicismos legales, mostraron la cultura de atraso frente a los cambios y las bondades de los cambios propiciados por la tecnología, por un lado, y el temor frente al cabildeo de los dueños de los negocios tradicionales, por otro. Negocios que, entre otras, han solido aplicar poca misericordia con los conductores no propietarios, la inmensa mayoría, que pagan un alquiler diario, carecen de protección y de los que se prescinde con facilidad.

Es el atraso cultural que, en realidad, no ha sido sólo colombiano y que se remonta a épocas cercanas a la revolución industrial inglesa.

La lucha inútil contra la tecnología es antigua. En 1768, un humilde carpintero analfabeta, James Hargreaves, inventó en Inglaterra la hiladora Jenny que, por su mayor eficiencia, puso en peligro el trabajo de los tejedores tradicionales. Estos, para salvar sus puestos de trabajo, destruyeron las hiladoras y persiguieron a Hargreaves. La lanzadera, una invención de la primera parte del siglo XVIII que revolucionó el arte de los tejidos, también había provocado que los artesanos incendiaran la modesta propiedad de John Kay, su creador. A medida que la revolución industrial se desplegaba, durante algunos años los “luditas” se dedicaron a romper las máquinas en las fábricas de algodón creyendo que, con ello, preservaban los trabajos tradicionales. Parecido a las redadas que algunos taxistas hacían a “sospechosos” de pertenecer a la plataforma Uber.

Lo tragicómico en la salida de Uber es que, como en los viejos juegos de los marcianitos de la época de Atari, los “invasores” ya están acá, listos a absorber el vacío que deja Uber. Didi, Cabify, Beat, entre otros. ¡Ah! Y Sara LT, una plataforma de mujeres conductoras que ofrecen servicio solo para mujeres. Los ahora ex Uber se encuentran migrando a ellas.

Y lo que se viene, que, lamentablemente, no genera reflexiones y, menos, estrategias para formar a los jóvenes de cara a las realidades laborales cotidianas en poco tiempo.

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¿Cómo será, cuando la llamada manufactura 3D, impresión en tres dimensiones, esté aclimatada y, de inmediato, se produzca una competencia?

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¿Cómo será, por ejemplo, cuando la llamada manufactura 3D, impresión en tres dimensiones, esté aclimatada y, de inmediato, se produzca una competencia sin misericordia a las industrias que producen piezas de metal, plástico, madera, proveniente de otras empresas que habían sido ajenas al sector que las elaboraba o, simplemente, en manos de consumidores comunes? ¿Intentarán proscribirlas? ¿Habrá allanamientos, incendios, patadas?

¿O cuando las nuevas formas de inteligencia artificial sustituyan no ya los trabajos de “cuello azul”, sino los de médicos y abogados?

Uber: gracias por haber dado a Colombia un aire modernizante al servicio de los usuarios.

 

 

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