¿Se derrumba el reinado de las 'fake news'?

"Esta aviesa herramienta ha pretendido equiparar la búsqueda de la verdad con la construcción de la mentira como medio para aspirar a dirigir la sociedad"

Por: Jorge Ramírez Aljure
julio 31, 2020
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¿Se derrumba el reinado de las 'fake news'?
Foto: Maxpixel

Una de las pandemias, inclusive mucho más grave que la del coronavirus, es la de las llamadas fake news. Nombre dado a la creación y manipulación grotesca en redes sociales de mentiras o verdades a medias cuyo único fin es enrarecer el ambiente político y social para conseguir triunfos electorales imposibles de lograr con base en una concepción honesta de la realidad.

Se ha dicho que el coronavirus puede dejar secuelas de tipo cerebral que disminuirían la capacidad de entender la realidad a quienes sobrevivan de sus efectos mortales, pero jamás este adquiriría la letalidad que en la mente humana podría dejar, de subsistir contra todo lo avanzado cerebral y culturalmente, una herramienta aviesa que ha pretendido equiparar la búsqueda de la verdad con la construcción de la mentira como medio para aspirar a dirigir la sociedad.

Que fue sin duda a la que recurrió la derecha con el objeto de continuar vigente en política cuando la evolución del conocimiento concluyó que su razón de ser no tendría objetivo más ético que buscar el mayor beneficio posible para el ser humano. Beneficio que más tarde se supo iba ligado inextricablemente al cuidado del entorno terrenal de donde surgió y evolucionó. Y al reconocimiento científico de que uno de sus hitos más encumbrados, como lo fue la industrialización, había contribuido de manera especial a que aquel se hubiera degradado tanto que amenazara la vida de su ingenioso hacedor.

Razones que en sana lógica se hacían irrebatibles y ponían en entredicho todas las versiones previas sobre hechos fatídicos que habían recurrido para justificarlos a argumentos emocionales —no del todo irracionales como lo sabemos hoy— que en tiempos remotos sirvieron a la especie para superar el dolor que le causaban y mantener la obsesión por la supervivencia en condiciones de dificultad extremas, hoy solo posibles de imaginar.

Una interpretación equivocada cuyo resurgimiento moderno se suscitó debido en buena parte a la inoperancia del capitalismo neoclásico. Circunstancia adversa que, consideraron sus seguidores, ponía en peligro el sistema y la libertad que lo acompañaba ante la consolidación del comunismo en la URSS y el avance del socialismo democrático en Occidente. Por lo que congregó a lo más granado del liberalismo europeo en la Sociedad de Mont Pelerin de 1948, para encontrar la forma de reencaucharlo.

Pero la solución no fue económica porque no la había, sino revivir su vigencia resaltando ideales presuntamente consubstanciales con el capitalismo que representaban y sostenían como única posibilidad de crecimiento económico, para recurrir posteriormente a mecanismos aviesos para su imposición a nivel global. Y qué mejor que recrear la idea de libertad que habían acuñado para hacerla más deseable, el de una libertad abierta que desaparecería ante el avance de una economía considerada como su enemiga.

Y más que libertad, libertarismo no predicable de ningún ser humano pero sí del mercado y por ende del capital y la ganancia privados. Y dos instrumentos malévolos pero efectivos bajo su dominio para imponer el naciente absolutismo: la utilización de decanaturas de economía de famosas universidades para la propagación de las truculencias como verdades absolutas, y la formación de una opinión favorable a aquellas a través de los medios de comunicación masivos también en sus manos. La globalización justificada del viejo truco acorde con el avance tecnológico irrefrenable de las comunicaciones.

Jugada artera implementada desde el subjetivismo que acompañaba a los neoclásicos, por el que la realidad es suceptible de construirse desde el sujeto, habilitando ideas y manipulando instrumentos para hacerlas creíbles, difundirlas e imponerlas, eludiendo o constriñiendo su crítica. La tragedia intelectual más importante de la era moderna pues la academia y la ciencia occidentales en un acto inaudito de abandono de sus principios, se encargó de prohijar el esperpento con lujo de detalles.

Un economicismo con resultados apenas previsibles en sus 50 años de existencia: una repartición de la riqueza global totalmente inequitativa, un consumismo general despiadado, extractivismo minero exacerbado con pérdida ecológica incalculable para los países subdesarrollados que los deja al borde de la inviabilidad y una aceleración del cambio climático que hoy nos enfrenta a un reto difícil de superar.

Sin embargo, el daño no llegaría hasta ahí, pues la desmesura subjetivista aterrizaría en su peor versión en Estados Unidos, a manos de Donald Trump. Un pelmazo imbuido de la conseja de que en política y logros electorales la emoción puede dar al traste con la razón, utilizó la manipulación, la mentira, las verdades a medias para consolidar una cauda electoral y lograr el triunfo de unas ideas políticas que, bien vistas, serían inaceptables. Presidencia que ha dado lugar a los más insólitos desvaríos políticos, económicos y diplomáticos, comenzando nada menos que por atacar y con su retiro debilitar instituciones esenciales del orden mundial difícilmente construido después de la segunda guerra mundial con su participación especial.

Una actitud que ha puesto en dificultades inclusive el reinado neoliberal existente sin que se sepa si el proteccionismo cantado de su gobierno y la posición imperial en temas internacionales cruciales —probablemente patrocinados desde la ortodoxia inglesa, de la que el brexit sería una señal— constituyen una apuesta acordada para enfrentar la importancia manifiesta de China, en lo que constituye el enfrentamiento de dos culturas con concepciones diferentes, que la convergencia capitalista no ha logrado atenuar.

Pero el manejo torpe y continuado de la pandemia y sus resultados hasta ahora lamentables para Estados Unidos, adelantados con las mismas herramientas de desconocimiento y mendacidad que le han dado triunfos parece haber llegado a su fin, pues por primera vez las encuestas para la próxima presidencia marcan diferencias en su contra que indican que buena parte de la población ha logrado romper el hechizo que la embargaba para bien de la democracia maltrecha que deja.

Una tendencia para recuperar la racionalidad que ojalá se convierta en un hecho irreversible como única manera de enfrentar los acontecimientos complejos que se le precipitaron a la humanidad, con la acumulación de errores forjados a partir de que a la lógica tradicional se le torció el pescuezo para, a punta de poder, equiparar la verdad con la mentira, y de abuso de poder contra la sociedad, remplazar esta por aquella.

Eventualidad a la que hoy estaríamos abocados si nos atenemos a que sucesos, como el coronavirus y en especial el cambio climático, no parecen obedecer a este tipo de consideraciones absurdas para detenerse sino a reflexiones sustentadas en conocimientos complejos y científicos, que nos indican que el hecho dramático del descongelamiento de los polos y la muerte dolorosa de los osos polares en un tiempo predecible son apenas el resultado visible y conmovedor de lo que hemos hecho con nuestro planeta.

Y que no podemos esperar una suerte distinta para nuestra especie porque el daño es demasiado grande y la naturaleza no responde ante disculpas tardías y de mala fe —en especial las políticas— por lo que insistir en el error solo apresura un apocalipsis cuyos términos son difíciles de imaginar por su horror.

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