Opinión

¿Se avecina el divorcio a la católica?

El papa Francisco enfrentará una vez más a las dos corrientes al interior del Vaticano, la suya, humana, compasiva y sensata, y la de los ultraconservadores

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septiembre 30, 2015
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El papa Francisco, quien desde hace dos años y medio da continuas muestras de trabajar por los reales intereses de sus fieles, más que por los políticos y económicos de su Iglesia, acaba de proponer unas medidas relativas al matrimonio verdaderamente revolucionarias, si se miran en contexto.

Esta vez se pronuncia en torno al proceso de nulidad matrimonial, cuestionado por millones de parejas católicas que buscan poner punto final a una dolorosa relación, pero que, conociendo las trabas y el costo del mismo, prefieren desobedecer la norma recurriendo al divorcio civil, lo cual los deja, al menos en teoría, atados hasta el fin de los tiempos por una promesa hecha ante un sacerdote.

Propone el Papa agilizar el tiempo, por lo general cinco años —en el cual las parejas habrán cimentado nuevos lazos afectivos más satisfactorios, más sólidos— a unos cuantos meses, lo que tarda un divorcio civil. Propone también que el elevado costo del mismo, entre 6 y 8 millones de pesos se elimine del todo. Ya no habrá dos instancias, y los obispos serán los jueces del proceso de nulidad, con mayor número de causales, entre los fieles en sus diócesis.

Entre ellas se menciona la poca convivencia de los conyugues. También sigue vigente el hecho de que éstos consideren que contrajeron matrimonio por motivos de fuerza, y, algo impensado, el que una de las partes haya cometido adulterio. Alegar lo primero resulta viable para aquellos que trabajan en distintas ciudades, por ejemplo. Demostrar que hay arrepentimiento en una situación de fuerza ha sido siempre un recurso utilizado cuando la gente busca anular su matrimonio, algo no siempre fácil de argüir, pero que con la ayuda de un buen asesor se puede lograr. Al fin y al cabo casi todos aquellos que desean terminar con el vínculo matrimonial, considerarán engañosas las razones ahora inexistentes que los llevaron a unirse en el pasado. Más viable resultará presentar como causal el adulterio, y es aquí donde se abre una puerta. Me temo que los obispos se verán abrumados por la cantidad de casos en los que tanto el marido como la esposa denunciarán al otro como adúltero, o reconocerán haber incurrido en una práctica que si bien no necesariamente destruye una relación, es un claro indicio de que las cosas no van por buen camino, y que a veces este camino se ha torcido del todo.

Este secular interés de la Iglesia por la vida íntima de las personas, obliga a recordar la visión del matrimonio en el Imperio Romano, del cual ésta toma prestados tantos elementos entre ellos el fasto, el ritual, el latín, la colonización, su exitosa estructura administrativa. Para los romanos la familia era considerada un órgano del estado, y por lo tanto un instrumento de dominación a su servicio. También lo es para la Iglesia. La diferencia radica en que los romanos arreglaban y disolvían los matrimonios de acuerdo con intereses muy reales para componer nueva alianzas, de tal manera que una joven de la aristocracia podía tener casi la certeza de que el primer marido no sería el último, sino que, por el contrario, pasaría a través de una serie de uniones sucesivas útiles al estado y a esa poderosa “familia,” un fuerte y prestigioso núcleo, que cobijaba a los antepasados, a los parientes cercanos y lejanos, a los libertos y aún a los esclavos.

En el caso de la Iglesia el poder se ejerce de manera contraria, manteniendo unida a la gente en contra de su voluntad, algo que tenía algún sentido para ella cuando se trataba de alianzas entre príncipes, o poderosos de este mundo, pero que en la actualidad, cuando casi todos somos el común de los mortales, la Iglesia nada obtiene, salvo la satisfacción de estar allí, en medio de la más secreta vida de una pareja.

El Papa enfrentará una vez más a las dos corrientes al interior del Vaticano, la suya, humana, compasiva y sensata, y la de los ultraconservadores, quienes sin duda pondrán todo tipo de trabas a las nuevas causales de nulidad. Será interesante ver cuál de las dos triunfa, si aquella que trae los nuevos vientos y que busca, según palabras del sabio Francisco “curar heridas, buscar cercanía, proximidad”, o aquella otra que considera que solo terceros, personas que ni siquiera tienen una idea del infierno que es un mal matrimonio, pues se les prohíbe casarse, decidan por dos personas si van a permanecer unidas, o no.

En realidad, la única causal de una ruptura matrimonial es la voluntad de una, o de ambas partes de separarse. El hecho de seguir unidos es devastador cuando ya no hay vínculos espirituales o afectivos, y ni siquiera los hijos tienen autoridad para interferir. Tratar de impedir un divorcio es atentar contra el más elemental principio de libertad individual, y nadie más que la pareja puede ser juez en estos asuntos.

Lastimosamente, a pesar de la abierta mentalidad del papa Francisco, faltan siglos para que la Iglesia doblegue el orgullo y apruebe en su seno la palabra divorcio. Mientras tanto, ese remedio sanador seguirá siendo considerado como anatema, una práctica dedicada al mal, de la cual es mejor huir.

Con el consiguiente dolor para las familias atadas a la fuerza.

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