¡Salgamos tranquilas a la calle!

Una protesta contra el acoso que sufren las mujeres

Por: Juliana Rincón Martínez
septiembre 28, 2015
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¡Salgamos tranquilas a la calle!
Foto: subida por autora

Hace unos días salí a trotar a un parque cerca de mi casa y me di cuenta de lo difícil que era para mí hacerlo en este país, no solo por la inseguridad en las calles sino por el hecho de ser mujer. Quizá un hombre no alcanza a dimensionar el daño que hacen sus palabras cuando envía un comentario como si el cuerpo de la mujer fuese un objeto del cual sólo existe el placer sexual que se le otorga a él. Me impresiona, sobretodo, que creen que disfrutamos que nos hagan esta clase de comentarios y peor aún, que como mujeres no tengamos la plena seguridad de frenarlo porque no sabríamos qué nos podrían hacer. Es por esta razón que hoy quiero contar mi experiencia con el acoso en la calle que si le molestara leerlo, imagínese escucharlo.

Eran las diez de la mañana cuando decidí salir de mi casa para la universidad, como es costumbre me voy en trasmilenio y lo primero que empaco son mis audífonos para subir el volumen mientras paso al lado de los obreros y/o policías.  Ese día, mientras pasaba al lado de una casa un señor sentado en una silla me dice: “¡qué rico, mi amor!”, estaba cansada de escuchar siempre esta clase de comentarios y no hacer nada al respecto, irme con mi dignidad por el suelo y con un veneno en el corazón de impotencia, así que decidí responderle bruscamente: ¡RESPETE!, el hombre impactado por mi respuesta se levantó violentamente de la silla queriéndome asesinar con su mirada, levanto su brazo con intención de lanzarse sobre mí. Nada podía hacer al respecto y mi valentía quedó hecha pedazos, camine lo más rápido que pude para que no me alcanzara. Camino por el puente peatonal para llegar al trasmilenio y visualizo a un policía bachiller en medio del puente (se supone que están para cuidar a las personas pero yo diría que más bien para mirarle la cola a las mujeres), ya me venía imaginando que se quedaría observándome y con miedo intentaba pasar lo más rápido para que no se quedara mirándome, ese miedo, ese sudor que empieza a sentirse detrás de la nuca y esa incomodidad de que una persona completamente desconocida mire tu cuerpo como si fuese más de él que tuyo. Pasé al frente de él y de costumbre no espero para mirarme desde el pelo hasta los dedos del pie reclinándose sobre las barandas del puente, como si fuese todo un espectáculo. Al llegar de nuevo a mi casa le pedí el favor a mi prima que me acompañara a comprar unas cosas a la papelería y mientras pasábamos al frente de un parque había unos jóvenes jugando fútbol y lo primero que hicieron fue empezar a chiflar, lanzaron el balón para que se los pasáramos y nosotras decidimos seguir caminando. Uno de ellos gritó: “miré ahí van las ricas, para cogerlas por detrás”. Mi rabia impulso cada uno de mis pies como si quisiera salir corriendo, me desesperaba y me indignaba que fuéramos vistas de esa forma.

Así es cada día que salgo a la calle y es por esta razón, que acabar con el acoso callejero es vital para la seguridad de una mujer.  Uno se puede sentir violada con la mirada y créanlo, esto no es más que un reflejo de todo el camino que aún nos falta recorrer. Este país que se jacta de equidad de género, de la participación de las mujeres, del “matriarcado” en las familias parece olvidar lo que es para una mujer no poder salir en falda a la calle sin recibir miles de comentarios, lo que es para nosotras tener que tragar el veneno de cada una de sus palabras, uno siente como quema y raya entre la indignación y la tristeza. La tristeza de ver como un mundo sigue viéndonos como un objeto y no como personas. El hecho de que usemos el espacio público no quiere decir que nuestro cuerpo también lo sea. Y me pregunto: ¿hasta cuándo tendremos que evitar para siempre las construcciones para que los obreros no salgan con comentarios obscenos? ¿Tendremos que decirle no a una falda para no tener que soportar comentarios de éste tipo? ¿Tendremos que sentirnos tranquilas solo cuándo caminemos al lado de otro hombre porque así no serán capaces de decirnos nada?

La mejor forma de atender esta violencia es también desde nosotros mismos. Primero, como hombres es justo y pertinente no dejar pasar este tipo de comentarios como si fuese normal. Es necesario que se unan a nuestra voz de protesta y nos ayuden desde ustedes a cambiar este acoso que ha pasado desapercibido durante muchos años pero que nos atormenta día a día cuando queremos salir a caminar a la calle. Las mujeres debemos tener dos misiones, la primera darnos cuenta de que ese miedo nunca puede ser justificado y que por lo mismo, no debería guiar nuestras acciones para seguir reprimiendo nuestra manera de vestir o incluso de caminar en la calle y tampoco debería hacer que evitáramos ciertos lugares porque en el fondo sabemos que saldrán con algún tipo de comentario. Debemos perder el miedo y transformarlo en un impulso para convocar a los demás a detener este tipo de atropellos, la indiferencia es un veneno que nos destruye poco a poco, pero es peor cuando la dosis nos la aplicamos a nosotros mismos.

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