Rodrigo Londoño: el sobreviviente de El Congal

Historia de un campesino caldense que escuchó la fuerza de su corazón campesino y trabajador para evitar el camino de las armas

Por: Lilit Lobos
enero 17, 2016
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Rodrigo Londoño: el sobreviviente de El Congal

Don José Rodrigo Londoño quien ‘ha molestado con la música desde muchacho’, hizo parte de esa última oleada que salió del Congal, Caldas en 2002 horas antes que los paramilitares quemaran el pueblo. Fue de los últimos campesinos aferrados a la fe de que todo mejoraría. No huyó en la primera oleada cuando le quemaron su casa, ni en la segunda, cuando le mataron un macho de dos que tenía, ni cuando una tarde al regresar de cosechar en el monte encontró en la escuela a tres jóvenes asesinados.

Una de las prácticas más utilizadas por los grupos armados del país es la desaparición forzada de sus víctimas. El Centro Nacional de Memoria Histórica afirmó en agosto de 2015 que en la Fiscalía Nacional han sido reportados 45.000 desaparecidos. La desaparición es un método bélico de los sectores armados para aumentar su terror sobre la población al no darles a los familiares de las víctimas el descanso de enterrar a sus muertos. A inicios de la década del 2000 surgían como peces los cadáveres destrozados en los ríos del país, en esa misma época, héroes anónimos se dedicaron a recuperar esos cuerpos de las aguas y darles un entierro digno. Sin saberlo, don Rodrigo hizo parte de ese puñado de héroes que se atrevieron en medio de la guerra a poner en riesgo sus propias vidas dando sepultura a las víctimas.

El terror se paseaba por las calles del pueblo y sus alrededores, en uniformes de guerrilleros, paramilitares y años después del Ejército Colombiano: “Dentró primero más estable la guerrilla, que dijo: ‘Venimos a trabajar con ustedes y a defenderlos’, y nos dieron la oportunidad de que sembráramos coca. Después dentraron los Paramilitares, dentraban también a defendernos y nos decían: ‘Ustedes tienen que acabar con la Coca y díganos dónde está la guerrilla, que nosotros venimos a defenderlos’. Ya eran dos defensitas. Y dentró el Ejército también a defendernos, ¡Y vea pues! llegaba el uno ‘¿Aquí  llegó fulano?’ ‘¡Ombe, pues que no!’, decíamos. Y dentraba el otro ‘¿Aquí está tal fulano?’ Pues no, tocaba que esconder. Hasta que se fue poniendo el tajo de tal manera que nos agarraban ‘Usted tiene que decir o tiene que desocupar”

Pelea por la defensa de los campesinos que vino a parar en 2002, cuando las Autodefensas quemaron las viviendas, la iglesia y el centro de salud de la vereda, sellando con broche de plomo el que fue el último desplazamiento masivo de esa tierra. Lo quemaron todo, hasta las esperanzas de sobrevivir en sus tierras que aún conservaban las ultimas familias, quienes se habían negado a abandonar sus parcelas.

Rodrigo cogió camino junto a una multitud errante de 120 familias que lo acompañaban. Gente que se conocía de toda la vida, que gracias al apoyo mutuo pudieron progresar, edificando un pueblo próspero de lo que ocho décadas atrás había sido sólo monte y culebra. Una vereda donde el que menos tenía, poseía su propio lote, con su casa y una pequeña parcela para cultivar lo mínimo necesario para sobrevivir.

Foto: Lilit Lobos

Foto: Lilit Lobos

Caminando sin rumbo, llevados por la inercia del camino, llegaron a la carretera. Unas chivas los esperaban para llevarlos al pueblo más cercano: Florencia. “Cuando cogimos de la quiebra El Abejorro, ya en el carro, que de verdad no teníamos rumbo fijo, no sabíamos a dónde íbamos y eso uno lloraba, como un verriondo, y el uno le hacía segunda al otro” Cómo no habrían de hacerse segunda en el llanto cuando a todos los cobijaba el mismo dolor, la misma confusión de la expulsión, el no saber a dónde ir después de perderlo todo.

La carretera los llevó hasta Florencia y de allí no pudieron pasar. En Florencia la guerrilla se negó a permitirles seguir su camino hacia la zona urbana de Caldas, donde tal vez pudieran recibir apoyo del Estado, puesto que para llegar allí, tendrían que pasar por Norcasia, territorio paramilitar, y la guerrilla temía que los campesinos en ese tránsito por Norcasia dieran algún tipo de información a los paramilitares. Allí permanecieron detenidos hasta la entrada del Ejército Colombiano en el 2006.

Vivir ese cambio de donde tenía todo lo necesario; una casa, un negocito, bestias de carga, ganado y buenas cementeras, para pasar a tener menos que un indigente, no es algo para lo cual estuviera preparado, es una situación que en nuestro país ha llevado a miles a tomar las armas, cambiar su corazón campesino de sembrar la vida, para engrosar las filas de uno de los tantos grupos armados y tomar ‘justicia’.

Pero pudieron más las fuerzas del corazón campesino de don Rodrigo y las buenas enseñanzas que recibió de sus padres. Por eso no cogió las armas, sino que desfogó todo ese dolor en sus manos trabajadoras, rehaciendo su vida desde cero. Ahora con sus amigos Óscar Cardona y Fredy Arango Calderón, formaron un grupo de música carranguera,  en donde acompaña la guitarra haciendo el contrapunteo.

Foto: Lilit Lobos

Foto: Lilit Lobos

Él sabe que no es un cantante famoso, que no va a tocar en conciertos en estadios con miles de espectadores, su música ya no está de moda, que los jóvenes se alejan cada vez más de sus raíces. Pero él, con ese empecinamiento de quien labra la tierra, va a tocar en fiestas de La Tulia y Quebrada Seca,  un campesino de la tierra y de la música, lejos del consumismo desenfrenado, culpable de las guerras en su región. Él es un labrador de música, para sí mismo y su pueblo,  y a veces se ven los frutos, como esa tarde en donde  vi a unas niñas de menos de cinco años bailando sus canciones en el atrio de la iglesia de Florencia.

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