Rigoberto Uran no sólo sabe decir “güevón”.

Rigo es mucho más que el payaso que nos quieren mostrar algunos medios. Es un monstruo del deporte que ha superado los obstáculos mas dificiles

Por: Jesús Ignacio Rivera Cano
julio 24, 2017
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Rigoberto Uran no sólo sabe decir “güevón”.

La actual gesta de Rigoberto Urán en el Tour de France, ha puesto en todos los escenarios -que lo virtual parece multiplicar al infinito- un mensaje sencillo que sin embargo difícilmente será asimilado hoy en día, no obstante su incalculable reproducción: el auténtico éxito de la vida de una persona, un deportista en este caso, se funda en la estructura de valores en que orienta su existencia.

La psicología ha realizado considerables desarrollos sobre este campo, y la psicología deportiva ha evidenciado los extraordinarios alcances de la aplicación de tal conocimiento.

El triunfo de Rigoberto, actualiza la atención sobre los valores que sustentan una experiencia vital y profesional, toda vez que el deportista de Urrao reitera la expresión de unos valores cuya promoción -antes de este acontecimiento- pareciera haber perdido vigencia; al menos en la especial consideración que de ellos se hacía recientemente en los medios masivos de información.

Urán insiste en destacar los valores del trabajo, la dedicación, la constancia, la disciplina; la juiciosa aplicación a una tarea, para el logro de unos objetivos, para la consecución de una meta estimable.

Lo anterior, a través de la experiencia del esfuerzo y el sacrificio; entendido como la renuncia a unos bienes inmediatos, para alcanzar unos fines trascendentes. Y también a través de la motivación, del decidido deseo.

El deportista en mención, destaca además el trabajo en equipo, la solidaridad y, en ciertas circunstancias, la renuncia a la figuración personal, por la contribución a unos objetivos comunes.

En este contexto, igualmente, insiste en la necesidad de la planeación, la exigente preparación, para un desempeño destacado. Con lo que enseña la incorporación de la actitud de la excelencia, en el contexto de una ética que configura un proyecto de vida. Tal es la expresión de un indeclinable compromiso con unos principios.

El atleta, nos reafirma la fundamental importancia atribuida a la familia, a la amistad, al apoyo de los seres queridos, a su equipo de trabajo, en el éxito.

Claramente, la historia de vida de Urán destaca el alcance de la determinación, de la voluntad de sobreponerse a las dificultades vividas, de no rendirse ante las adversidades experimentadas y frente a las contingencias del camino. Esto es a lo que se llama resiliencia; que hace de los obstáculos un apoyo para fines trascendentes. Allí donde las condiciones sociales señalan la vía facilitada de la violencia, el urraeño ha elegido la pasión por una actividad culturalmente valorada: el deporte de alto rendimiento.

De Rigoberto se han destacado, suficientemente, la sencillez, la espontaneidad y se le ha caracterizado como original. Ahora bien, entiendo que se requiere enfatizar en la consideración consciente y armoniosa de todos los otros valores que propone; e impulsar la empatía extendida con ellos.

En el ciclista al que nos referimos, también podemos apreciar la cualidad de la gradualidad; valorar el presente de los avances en el curso de los objetivos trazados y su proporcional significado. La moderación frente a los triunfalismos, y la imperturbabilidad -la entereza de ánimo- frente al menosprecio o crítica malsana de quienes desdeñan, o quiere desconocer, un trabajo humilde y continuo, decidido. Una actitud de no ceder en sus sueños. La indeclinable voluntad de conseguir las metas de la más depurada excelencia, independiente del voluble reconocimiento de los interesados de turno.

Dicho de otro modo, Urán demuestra la prudencia frente al exitismo: no se deja endiosar el pecho por las insignias y las medallas anticipadas, reconoce el justo alcance de un trabajo sobresaliente a su debido tiempo. Y frente a un desempeño que puede ser calificado como hazaña, rápidamente indica que el horizonte de trabajo ahora es el futuro, agregando que un competidor no puede vivir del pasado; de un archivo de trofeos.

Para decirlo con una fórmula: si algo nos enseña la experiencia de Rigoberto Urán es el alcance de una vida orientada por valores.

Son aquellos los que, en Urán, incluso fundamentan la creación de empresa. Es a partir de hacerse visible por su desempeño meritorio, siempre sustentado en valores, que este ciclista ha logrado la construcción de una imagen suficientemente buena para la promoción de una marca. Así, ha hecho de ellos el rasgo distintivo con el que busca asociar sus productos.

Rigoberto ha sabido hacerse reconocer por la autenticidad, por la alegría genuina de la sencillez. Si bien, es la llaneza  de quien alcanza el triunfo luego de un gran esfuerzo personal, de quien se destaca por propio mérito, y muy especialmente por su sincera gratitud hacia aquellos en quienes reconoce el apoyo incondicional que le han brindado; como una deuda inextinguible.

Gratitud

 

El éxito de Urán, y el actual reconocimiento que se le ha dispensado, ha puesto de manifiesto -de otro lado- el alcance de los valores de algunas personas; en quienes la gratitud sólo dura lo que alcanza el tiempo de un titular o de una sección extendida de deportes en un noticiero. Y para quienes una hazaña legendaria se prolonga únicamente lo que decide alguien que ignora un deporte. Aquellos a los que Quintana se refería como “borrachos”, cuya exaltación dura la ebriedad de un mérito por el que no han hecho ningún esfuerzo. Quienes se consideran acreedores gratuitamente de una distinción que fácilmente desecharán.

La epopeya de Rigoberto, también evidencia los valores de políticos cuya solidaridad se caracteriza por subirse a la bicicleta de la victoria y prometer apoyos que no cumplen –ya lo dijeron Anacona y Chávez- y por beneficiarse de la publicidad del triunfo de sus conciudadanos en las más renombradas competiciones del mundo.

En síntesis, se puede afirmar que Rigoberto ha sido fiel a los valores de un proyecto de vida.

Esto que he dicho de Urán, podría ser extensible, en gran parte, a cientos de ciclistas, y tantos otros deportistas que le han dado reconocimiento a Colombia en el escenario mundial. Aquellos que sí son las personas ejemplares para nuestros jóvenes, que merecen todas las distinciones oficiales (el Escudo de Antioquia Categoría Oro, verbigracia), no esos otras “figuras destacadas del escenario cultural” que fácilmente promueven la droga, la genitalidad insegura, la violencia, la objetivación de la mujer, y cuyo más evidente valor consiste en los millones de visualizaciones de su deleznable producto.

¿Cuánto durará el frenesí despertado por Urán? En Colombia, unos días más, pronto los medios masivos de información lo destinarán al previsible descuido, si no se destaca en otra competición. Y promoverán la masificación de la transitoriedad del momento.

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