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Ricardo Arjona, el cantante de los que no leen

A pesar de su imagen de intelectual, el guatemalteco ha sido acusado de intentar matar a su exesposa, de plagiar, y para Fito Páez su éxito representa la aniquilación cultural en la que vivimos

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Marzo 19, 2015
Ricardo Arjona, el cantante de los que no leen

Arjona suele aparecer ante las cámaras con una barba de tres días, boina al estilo del Ché y un puro en su boca. En su discurso suelen haber reflexiones vacuas sobre la vida, citas a Borges, Neruda y Benedetti y, cada vez que puede, un guiño a la revolución cubana. A primera vista podría tratarse de un revolucionario, uno de esos tipos que, como Manu Chao, tienen costumbres hippies como recorrer el continente en auto stop o escoger como guardaespaldas a una guardia indígena. Pero no se equivoquen, mientras el exlíder de Mano Negra es consecuente con su discurso, el guatemalteco no es más que un producto elaborado por las disqueras para descrestar a solteronas cursis y a torpes aspirantes a filósofos.

Seamos claros, Arjona no sólo es un mal poeta, sino que es un farsante.  Uno puede pensar que traerlo a cantar al país puede ser barato ya que él ha dicho hasta la saciedad que no tiene pretensiones materiales y que su única preocupación es alimentar a la musa que le dicta las canciones. Nada más alejado de la realidad. Para sus conciertos exige cosas tan absurdas como varias botellas de ron jamaiquino, galletas nepalíes, chocolate mexicano y 50 dobles para despistar a los fans que matarían por una hebra de su cabello. Es más fácil tocar el hombro de Barack Obama que el del autor de Quién diría;  la centena de guardaespaldas que lo protegen son una barrera infranqueable que ninguna fanática, por más histérica que esté, podrá rebasar.

Hijo de un profesor de colegio, en un principio quiso ser basquetbolista. Alentado por sus casi dos metros de estatura, Ricardo Arjona fue integrante de la selección nacional de su país y durante mucho tiempo tuvo el record de anotar más puntos en un solo partido: 78. En la universidad estudió comunicación social y durante unos años se desempeñó como profesor en colegios rurales. Pensó seriamente dejarlo todo para volverse sacerdote hasta que, para la mala fortuna nuestra, una guitarra se le atravesó en su camino.

Fue en 1985, a sus 21 años, cuando grabó un disco que hasta él mismo le da vergüenza reconocer, un salpicón meloso llamado Déjame decirte que te amo, uno de los fracasos más sonoros de Polygram. Convencido de que no tenía futuro como cantante, decidió seguir dando clases en su Jocotenango natal y, de vez en cuando, viendo el cráter de un volcán le pedía a algún espíritu maya que lo llenara de sabiduría y le ayudara a inspirarse un verso tan hermoso como El cadáver del minuto que pasó.

Cinco años después lo encontramos en la calle Florida de Buenos Aires. Su cultura literaria no pasaba de leerse un par de poemas de Benedetti en su Inventario y su ideología política era la misma que tienen los aspirantes a revolucionarios que pululan en las universidades públicas. Quería ser un rebelde, un maldito, un bohemio. Su cara comprimida como un ombligo, a lo Miguel Calero y su 1.95, despertaban algún tipo de piedad por parte de los caminantes y el sombrerito hongo que tenía en el piso, a veces se llenaba de monedas.

Entonces, en 1993, viene el inesperado éxito de Animal nocturno y Arjona pasa de ser un larguirucho aspirante a poeta, a uno de los hombres más deseados de Latinoamérica.  Allí viene la que probablemente sea la mejor de sus letras Jesús es verbo y no sustantivo, una canción plagiada al cantautor argentino Facundo Cabral.

Las chicas, a principios de los noventa,  soñaban con encontrarse en sus vidas con un tipo sensible, culto, guapo, anarquista y millonario como él.  Se casó, como le correspondía, con una Miss Universo. Diez años después vendría el escándalo. Leslie Torres pidió el divorcio después de que lo denunciara por torturarla física y sicológica. El hombre que dijo sobre las mujeres No sé quién las inventó, no sé quién hizo ese favor tuvo que ser Dios, intentó empujarla desde el octavo piso de un hotel. El hermano de la puertorriqueña testimonió  que el cantante: “La ha cacheteado, empujado, pateado, agarrado por el pelo, además de tirarla en la ducha completamente vestida y echarle agua fría”. Él, en vez de reconocer su falta, se defendió diciendo que Leslie Torres era alcohólica y drogadicta. Los jueces no le creyeron y lo obligaron a una indemnización millonaria. Sus fans, ciegas y sordas, no creyeron nada de esto y siguieron llenando sus conciertos, en donde se presentaba en ridículos escenarios convertidos en bibliotecas o bares, correspondiendo a la imagen de bohemio e intelectual que él mismo ha querido crear.

Sus versos ramplones e imposibles como El problema no fue hallarte, el problema fue encontrarte o Cómo encontrarle una pestaña, a lo que nunca tuvo ojos, seguía siendo recitados por millones de jovencitas. Si Neruda era el poeta de los trabajadores y Rimbaud el de los fumadores de hachis, Arjona es el bardo de los que nunca han leído un libro.

Hoy en día su fama crece y eso ha generado indignación entre los que son artistas verdaderos. Fito Páez, en 2010, dijo que el fanatismo que le profesaba su país a Arjona revelaba la aniquilación cultural que vivía la Argentina: “Si la ciudad de Buenos Aires le da 35 estadios Luna Park a Arjona, y a Charly García le da dos, tienes que pensar qué significan la política, los diarios en esta ciudad, en la que hay valores que fueron aniquilados”.

A sus 51 años, Ricardo Arjona es inmune a los cuestionamientos. Ya lleva más de 20 millones de discos vendidos en Latinoamérica y, mientras la industria musical está en crisis y miles de verdaderos poetas de la canción fracasan en su intento de hacerse con un público, él es idolatrado y admirado. Su triunfo es la derrota del arte verdadero y una prueba clara y contundente de que a cualquier tarado que pueda ocurrírsele una canción tan insulsa como Pinguinos en la cama, puede aspirar a la gloria. El secreto para llegar a la fama no tiene nada que ver en el genio, sino en la habilidad de los mercachifles de la música y de interpretar los gustos, cada vez más limitados, de una muchedumbre culturalmente pobre.

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