Revista Semana: poder y diáspora

"La adquisición del grupo Gilinski no es solo un cambio de políticas editoriales, es ante todo una forma de copar un medio que había hecho temblar a los poderosos"

Por: RICARDO OVIEDO AREVALO
noviembre 18, 2020
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Revista Semana: poder y diáspora

Malcom Deas, investigador inglés, en su texto El poder y la gramática nos dice que una buena parte del poderío en Colombia pasó y pasa por las editoriales de los grandes periódicos y escritores de su vida republicana. Diarios como El Espectador, El Tiempo, El Siglo, La República, El Colombiano, Vanguardia, entre otros, fueron instituciones que construyeron (para bien o para mal) la opinión política y pública en el país. Todos estos periódicos se fundaron en los directorios y casas de dirigentes liberales y conservadoras durante finales del siglo XIX y XX, esto dio toda una pléyade de presidentes/periodistas. Miguel Antonio Caro, Laureano Gómez, Eduardo Santos, Alfonso López Michelsen, Andrés Pastrana y Juan Manuel Santos son algunos.

Pero también hubo ilustres entrometidos, como la revista Alternativa (1974-1980) de gratos recuerdos, en especial por la calidad de sus periodistas: Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón, Antonio Caballero, Orlando Fals Borda, Álvaro Tirado Mejía, Gerardo Molina y Daniel Samper Pizano. Desde sus páginas por primera vez se reportaron las vivencias de la otra Colombia: sindicatos, organizaciones sociales, y las denuncias del injusto Frente Nacional, que como un gigante pulpo abrazaba toda la vida política y social de la Colombia de los años sesenta y setenta, este proyecto agonizó por problemas financieros y divisiones políticas internas.

De esa larga tradición entre política y periodismo, el expresidente Alberto Lleras Camargo fundó en 1946 la revista Semana. Más adelante, en 1982, el hijo de otro expresidente, Felipe López Caballero, la refundó. Paradójicamente surgió, según Vladdo, de la compra de los equipos usados de la fallecida revista Alternativa, y poco a poco fueron incluidos en su nómina periodistas de la talla de Daniel Samper Pizano, Antonio Caballero, Rodrigo Pardo, Alejandro Santos Rubio, Daniel Coronell, María Jimena Dussan, entre otros.

Desde su inicio la nueva revista Semana le apuntó al poder y su funcionamiento, además de investigaciones: la mafia en cabeza de Pablo Escobar y sus cómplices políticos y económicos, la toma del palacio de justicia, la parapolítica que terminó con más de cincuenta congresistas procesados, los falsos positivos, los abusos del programa Agro Ingreso Seguro y más. Estas denuncias semanales del contubernio entre el poder y la ilegalidad la hicieron incómoda para el establecimiento. Hace algunos meses el grupo económico Gilinski la adquirió inicialmente por doce millones de dólares e incluyó una plantilla de periodistas afines al poder y en especial a los partidos de gobierno, lo que generó una diáspora de sus mejores y más leídos columnistas, que han migrado a portales de internet (los Danieles), a la radio (la W), y otros que están empezando proyectos personales de periodismo.

Por eso la adquisición del grupo Gilinski no es solo un cambio de políticas editoriales, es ante todo una forma de copar un medio de comunicación que había hecho temblar a los poderosos y había construido una opinión política moderna sobre cómo debería ser el arte de gobernar en Colombia. Insólitamente, sus premiados periodistas se quedaron huérfanos de medios para publicar sus opiniones, mientras que el ascenso de los nuevos y ruidosos comunicadores, amigos de la élite y los gobiernos de turno, tratan de aprovechar la audiencia creada por la crítica constructiva a los poderosos para validar un discurso premoderno, mesiánico, aporofóbico, misógino y homofóbico, que está en pleno retroceso en Latinoamérica y Estados Unidos.

De esta manera, la derecha en Colombia se jugó la carta de comprar el medio de comunicación más prestigioso del país para apuntalar, según las encuestas, a la agónica alianza de partidos que nos está gobernando; muchos de sus suscriptores, entre los cuales me incluyo, huimos después de la salida de Daniel Coronell, ahora creo que muchos más nos seguirán. Los nuevos dueños de la revista no la compraron para mejorarla, al contrario les es más provechoso silenciarla, acabándola lentamente, entre lánguidos aplausos de sus turiferarios.

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