Réquiem por el marinero barranquillero en el puerto raizal de San Andrés Isla

"No sé si, tal vez, delirante en el marasmo, habría deseado que para el 2021 sí hubiera, entonces, fiestas y carnaval. O si habría deseado, también, haber tenido una mejor vida"

Por: Ruby Jay-Pang Somerson
julio 16, 2020
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Réquiem por el marinero barranquillero en el puerto raizal de San Andrés Isla
Foto: Pixabay

Atormentada por las noticias sobre los médicos especialistas sin sueldo, ya por medio año, en el territorio indígena raizal, desde donde se vocifera sobre la apertura del turismo pero sin hospital (noticia pasada por alto en las redes), cero comentarios.

No hubo para ellos, para quienes el derecho sagrado a sus sueldos es vilmente vulnerado, ni un solo “los sueldos están en las manos de Dios”, “amén”, “Dios les pagará”. Aunque era editorial como también era otra noticia que elogiaba la serenidad del gobernador ante las denuncias del fiscal general. Esta sí, abarrotada de comentarios que parecían escritos por los pastores y sus ovejas (vacíos, sin argumentos y sin ortografía), poniendo a Dios antes que a las leyes. ¿Por qué habitan en las redes sociales tantos desalmados? ¿Es esta la población de las islas? Con razón, los altos prominentes de la esfera local como nacional se burlan de nosotros los raizales.

En el mismo ramillete de noticias me apenaba aún más, entonces, la muerte de un marinero, a quien me imaginaba como un tipo "bakano" porque según decían había llegado en un barco desde Barranquilla. Pensaba en el desembarco tardío de su cuerpo febril, ahogado, bamboleado y estrujado por las olas cuando, tal vez, su alma ya estaba de regreso al puerto de zarpa. Tal vez ya ni siquiera hubiera necesitado respirador porque ya habría estado luchando solito, asfixiándose en un camarote que, quizás también, ya olía a aquellas algas traídas por la marea a la playa.

A este desconocido quería cantarle con voz desafinada y quería cubrirlo con un réquiem de alabao y de lumbalú. Pero me fui, entonces, y abrí el diccionario en búsqueda de la palabra "réquiem". Así me topé con tres términos que tal vez pudieran servir de palabras clave para un abstract frío, pero no de epitafio sobre su lápida. No sé, tal vez, un currulao, uno de tambores, un bolero. No sé, tal vez, él habría sido salsero.  Me acongojé más, pensando si él hubiera querido estar gozándose, con ese swing auténtico que tiene Barranquilla Estéreo mientras sentía que le llegaba la inminente, encerrado en ese camarote.

Sea como sea, en este orden aparecen las entradas en el diccionario de la RAE: réquiem; requiéscat in pace; y requilorio. Las dos primeras las conocía, pero la tercera me llenó de horror. ¿Y si esto fué lo que ocurrió? “Rodeo innecesario en que suele perderse el tiempo antes de hacer o decir lo que es obvio, fácil y sencillo”. No sé. No sé. ¿Tal vez?

No sé tampoco si, tal vez, este "broder", este "man" (de la camisa "bakana"), confinado, tal vez, habría quedado abandonado en ese camarote oxidado mientras que sus "compas" aterrorizados por la suerte ya echada habrían huido esmandaos a babor y a estribor para alcanzar la proa, habiéndolo dejado desnudito antes de su última aurora. Pero, tal vez, hasta algún camarada, viéndole la angustiosa pálida, arriesgado y fiel, le habría ofrecido un trago de ron y, tal vez igualmente, le habría susurrado que aguantara, que pensara en la arenosa, que regresarían...

No sé. Tampoco sé. Tal vez el marinero era de agua dulce y habría nacido muy al sur del departamento atlanticense y, tal vez, lo que sus oídos recordarían habría sido el rumor trasegante del río grande de la Magdalena al paso por su pueblo natal, que había vivido mejores tiempos, le habían contado. Tal vez, desplazados a Barranquilla, fue ahí en donde se habría enamorado de ese barco dantesco, el Smart. ¿Pero qué Caronte lo habría convidado a subirse? ¿Qué Smart le falló?

No sé si, tal vez, delirante en el marasmo, habría deseado que para el 2021 sí hubiera, entonces, fiestas y carnaval. O si habría deseado, también, haber tenido una mejor vida. O, si hubiera estado contento con la que llevaba. No sé, tampoco sé, si era medio-turco y hacía pinitos en la economía creativa comprando baratijas en San Andrés isla para luego revenderlas y, tampoco sé, en cambio, si tal vez también, le habrían estado reteniendo varios sueldos y estaría agobiado por las deudas.

Pero, con todo, sé que nos traía vituallas, de los manjares de los dioses Miskitu, que habrían desembarcado en el muelle dolarizado, ñames hermosos, cocos lechosos, guineos, yucas, plátanos, nísperos, caimitos, ahuyamas. Y, tal vez, hasta tortuga, suiit pitieta y soril o, Flor de Jamaica. Y, ¿por qué, por qué a él, no lo desembarcarían para auxiliarlo? Tal vez, inclusive, ya tuviera síntomas. ¿Su muerte es legal?

¡Oh! Noticia amarga, informe inhumano del 6 de julio 2020, vago, escueto, narrativa castrense, literatura NN, sin mencionar su nombre o, tal vez, siquiera su apodo más familiar. ¡Sin dolientes! Como mis islas raizales, metáforas de este marinero en altamar. En estado de coma. Inertes. Letárgicas. Desdibujadas. Sin consulta previa. ¡Y sin dolientes!

Cubro de barriada, de querencias, guateque, sandungo, algarabía, de carnavales y jolgorio inagotables a este marinero "bakano" que nos trajo, en el barco Smart desde Barranquilla, viandas, gasa, respiradores y tapabocas.

Pero, no sé. ¡No sé!

¡Oh! Impotente y ensombrecido.

No sé hacia dónde habría enviado el alma...

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