Relatos de la peste en América

Una extraña enfermedad interrumpió el viaje que el general Rafael Reyes realizaba por Nariño, Putumayo y algunos territorios de Brasil. Esto fue lo que pasó

Por: isidoro medina patiño
mayo 27, 2020
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Relatos de la peste en América

Para contar esta interesante historia traigo un resumen de una carta escrita por el general Rafael Reyes (presidente de Colombia 1904-1909) a su tío Francisco de P. Reyes, en la cual relata su viaje por Nariño, Putumayo y los territorios de Brasil, viaje que fue interrumpido por una extraña enfermedad.

Organicé una expedición con cargueros para llegar a Mocoa. Partí de Pasto el 5 de febrero de 1874 con diez de estos calzando alpargatas, con corto pantalón de lana hasta arriba del muslo y llevé provisiones para varios días. De Pasto se va a caballo hasta el pueblo de indios de La Laguna, que queda en el extremo oriental del plateu.

De allí se penetra ya en las soledades de la masa de aquella cordillera, se asciende a ella por precipicios, lodazales y rocas hasta llegar a la región del páramo descrita en la exploración de Tajumbina. En aquella región hice la travesía por el extenso páramo de Bordoncillo en cuya cima hay una laguna de profundas aguas negras y tristes, La Cocha, que es su nombre indígena.

En este páramo que es más frío que el de Tajumbina, se repitieron los trabajos y sufrimientos de aquella expedición. De la cima de él y cuando ya principia una vegetación rastrera de plantas semejantes al mangle, se desciende por una montaña sumamente abrupta a un vallecito llamado Sibundoy, habitado por indios descendientes de los incas del Perú y Ecuador, que hablan su idioma y que habitan en un caserío llamado Santiago.

Siguiendo la ruta del Amazonas al Belem del Pará

El episodio con los indios de Cosacunty que relataba yo en mi citada carta fue: en mi primer viaje a vapor donde visité a estos indios quienes tenían sus casas que son de paja y de paredes de bambú en la cima de una linda colina, la única que se ve en el inmenso llano de verdura que por centenares de leguas se extiende desde la base de la cordillera hasta el Atlántico.

La colina está sombreada de palmeras de coco, de chontaduro y de guazay, de cuyo carozo se hace en el Amazonas una bebida muy agradable. La tribu la componían unos quinientos indios hermosos y robustos. Me recibieron con mucho cariño y como yo me dirigía en el vapor Tundama hasta la Sofía, en mi primer viaje tuve ocasión de hacer estrecha amistad con ellos y de proveerlos de herramientas para el trabajo, de semillas y de algunas gallinas para la cría y de contratar con ellos para que me tuvieran en el puerto leña o combustible para mi segundo viaje que tendría lugar tres meses después.

Me obsequiaron con frutas y carnes ahumadas y cuando regresé de la Sofía me festejaron con música y con baile. Permanecí con ellos dos días y en una hermosa mañana les dije adiós, prometiéndoles volver dentro de tres lunas (tres meses). Al separarse el vapor del puerto que estaba al pie de la colina, estaban todos los indios a orillas del río y en la pendiente de ésta, debajo de las airosas palmeras, despidiéndome con muestras de verdadero cariño. Los vi desaparecer desde una de las vueltas del río y me perdí en las inmensas soledades de aquellas selvas en la esperanza de volverlos a ver en el tiempo señalado. Rendí ese viaje hasta el puerto del Belem del Pará y regresé tres meses después y tenía verdadera ilusión de volver a ver a mis amigos de Cosacunty.

Una lluviosa mañana de invierno llegué al puertecito al pie de la colina y vi en los montones de leña cubiertos ya por exuberante vegetación tropical. Llamé varias veces por el pito del vapor y no apareció ningún indio. En la vereda del caminito que serpenteaba por la colina, crecían ya altas yerbas; esto y la ausencia de los indios me hizo creer que habían emigrado hacia otro lugar. Di orden al capitán que se encargara de recoger la leña mientras yo iba con dos marineros a la cima de la colina a averiguar la causa de la ausencia de los indios. Subimos por la colina llamándolos a grandes voces sin que obtuviéramos respuesta.

Cuando estuvimos a distancia de unos 100 metros de la choza, percibí un olor insoportable de putrefacción y presentí que algo espantoso había pasado a aquella tribu. Avancé teniendo que taparme las narices. Cuando llegué a la cima de la colina, el nauseabundo olor era tan fuerte que no me permitía respirar. De las chozas o casas nos veía signo de vida. Con los dos marineros nos precipitamos rápidamente a la casa del jefe Otuchaba, cuya puerta de bambú estaba entreabierta.

La empujé y el cuadro que se presentó a mi vista fue tan horroroso que aún hoy, después de tantos años, al describirlo me horripila. Yacían tendidos por el suelo más de treinta cadáveres de ancianos, de hombres, de mujeres y de niños, en completa descomposición. Algunos conservaban aún los ojos que despedían llamas de dolor y de sufrimiento. En una hamaca de paja se veía a una joven india que parecía un esqueleto y sobre su pecho descarnado tenía un hijo de meses de edad. Respiraba todavía.

Ordené a los marineros que tomaran la hamaca de un lado y yo de otro y corrimos fuera de esa casa, llevando en nuestros hombros los dos únicos seres sobrevivientes y sin penetrar en las otras cosas en donde se repetía la misma escena dantesca, llegamos al vapor y abandonamos aquel lugar de horror. La india a quien logramos salvar nos informó que poco después de nuestro paso por Cosacunty, había sido atacada la tribu por una especie de tisis galopante, que he observado que el hombre civilizado lleva a los salvajes del Amazonas, quienes le tienen tal horror que cuando oyen estornudar a un blanco, huyen despavoridos.

Para evitar un contagio y una epidemia, hubo necesidad de quemar las casas y los cadáveres que en ellas había. La india me refirió que el mayor tormento que había tenido había sido la sed y el hambre porque quedaron tan débiles que no tenían fuerza para arrastrarse hasta las orillas del río, ni para procurarse ni preparar alimentos. De esta tribu de los hospitalarios y queridos cosacuntys no se salvó si no la mujer y el hijo que encontramos moribundos. Es así como sufren miserias y como desaparecen los salvajes de la región amazónica.

El encuentro de dos mundos como sucedió en Mesoamérica generó una serie de epidemias registradas en diversos relatos de las indias, de esa misma manera que llegarán y se propagarán las pestes por el mundo y quizás por el universo.

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