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Reinaldo Arenas, un poeta cubano enfrentado a la maldición de Sida

El periodista Ricardo Angoso recuerda la persecución la dictadura cubana y el exilio que soportó el escritor por sus ideas y su condición de homosexual

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Diciembre 02, 2017
Reinaldo Arenas, un poeta cubano enfrentado a la maldición de Sida

PRIMER ACTO: LA FUGA
Mi primera noticia del SIDA vino a través de una novela que cuenta la historia de un joven escritor cubano que se exilió a los Estados Unidos, en los años ochenta, tras ser protagonista en primera persona de aquella huida en masa conocida como Puerto Mariel. Miles de homosexuales, disidentes al régimen, simples ciudadanos hastiados y un sinfín de variedades que no cabían en la mayor isla-prisión del mundo, Cuba, fueron arrojados a decenas de barcos anclados en Puerto Mariel y en otros llegados desde las costas de Florida para recoger a miles de desgraciados. También la dictadura comunista embarcó con los que huían a expresos sacados de las mazmorras cubanas para desautorizar a los que huían, muchos de ellos eran peligrosos criminales que después causarían numerosos problemas a las autoridades norteamericanas.

Más de 125. 000 personas huyeron en apenas unos días del horror castrista tras un incidente en la Embajada de Perú en La Habana, en cuyos jardines se refugiaron 10.000 personas, y después de cometer el tirano Fidel Castro el error de abrir las puertas del presidio, provocando, con ello, la huida más masiva de que se tenga noticia, quizá, en la historia. El déspota por poco despuebla el paraíso socialista para siempre. Entre esos miles de marielitos, que es como fueron apodados por el exilio cubano, entre los que había miles de hombres y mujeres cansados de esperar en la cola de la historia, se encontraba el poeta Reinaldo Arenas.

Reinaldo Arenas era un joven humilde, inquieto, pobre, homosexual y un ser libre por naturaleza incapaz de vivir en una tiranía interminable que no ofrecía ninguna expectativa a los millones de cubanos atrapados en la gran ergástula abierta para todos, sin distinción, en el año 1959. Arenas cuando se producen esos acontecimientos y el tirano decide abrir las rejas, no se lo piensa dos veces y huye de Cuba hacia los Estados Unidos en 1980. Atrás dejaba las cárceles, la tortura, el trabajo forzado, los insultos y las humillaciones que había sufrido por parte del régimen por el simple hecho de ser homosexual. También porque en sus escritos afirmó su rebeldía, su compromiso con la libertad y la justicia, pagando con ello el ostracismo, la persecución y el encierro, en horribles condiciones, en los campos de concentración –no merecen otro nombre- castristas. Bajo los Castro, hay tres salidas: encierro, entierro o destierro.

SEGUNDO ACTO: ¡BIENVENIDOS AL SUENO AMERICANO!
Ya estamos en el sueño americano, al final hemos abandonado el horror comunista quizá para siempre, pensaría para sus adentros Reinares. Pero su vida no será más fácil en los Estados Unidos, donde le asaltan el desencanto y la tristeza, tal como escribiría tras su estancia en Florida: “Cuba es el infierno, Miami es el purgatorio”. Llegó a desencantarse, a perder su ilusión por la vida, pero nunca dejaría de abandonarle esa ciega pasión por la literatura, por la escritura hasta su muerte. Literatura o muerte, hasta la creación siempre, parecería el slogan que le acompañaría hasta los últimos momentos de su vida, hasta que la enfermedad que ya le azotaba en aquellos días le impidiera continuar con su labor creativa. Tal como había dicho muy certeramente el poeta Federico García, la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Se busca la vida como puede, sobrevivir en el capitalismo no es tarea fácil, va de tumbo de tumbo, de trabajo en trabajo. “La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista te la dan y uno puede gritar”, diría alguna vez revelando esa distancia con la que examina a ambos mundos. Su escepticismo ya le atraviesa ideológicamente y hacía tiempo que Reinares ya no creía en los Reyes Magos.

Habrá también algunos escarceos amorosos, furtivos pero breves, sin intenciones amorosas y como un mero divertimento, no buscaba nada más que el placer -¿para qué más?-, era una suerte de desfogue físico sin más pretensiones para seguir adelante como un escritor perdido en el tiempo y el espacio, en busca de un sentido a la vida que para él sólo podía estar en la obra literaria. El sexo es una forma de seguir creando, pero sin distraerse de su verdadero destino de escritor. “Nunca he podido trabajar en plena abstinencia, porque el cuerpo necesita sentirse satisfecho para poder dar rienda suelta a su espíritu”, explicaría acerca de la función que tenía el sexo en su vida. El sexo era un adorno más en su vida, un elemento decorativo pero fundamental de una obra barroca y compleja, inacabada pero sublime.

TERCER ACTO: EL FINAL
Así seguiría su vida hasta que un día, sentado en su humilde pieza en Nueva York, cuando respiraba tranquilo, ajeno al traqueteo de la gran ciudad, en esa placidez a veces sórdida que encubre la tragedia que está por llegar, un vaso de cristal estalló ante sus atónitos ojos sin motivo aparente alguno. En ese gesto, que podría parecer inocuo e irrelevante para algunos, vio Arenas el preludio del gran drama que se iba a abatir en su vida en los próximos meses. Quiso ver en ese estruendo de ese vaso el aviso súbito e inesperado de los terribles hechos que se avecinarían sin remisión en un futuro muy cercano, que casi se podía tocar con las manos. Había más que un vaso roto, con sus cristales esparcidos por el suelo; era un mensaje en clave que sólo Arenas podría descifrar. Para algunos, ese suceso, seguramente, podría parecer intranscendente e insignificante, pero para un escritor como él, para más señas nacido en la santera isla de Cuba, había algo más. Tenía el presentimiento de que sería así, y Arenas no se equivocaría, lamentablemente.

Unas semanas después de aquella señal del destino desconocido tuvo la evidencia fatal de que sus premoniciones eran ciertas. Un análisis médico determinó la presencia del VIH en su cuerpo. Fue mazazo homicida, el escritor se sintió muerto incluso antes de estarlo. Quizá fue en ese momento cuando pensó que con “todo lo que uno desea, parece que por un burocratismo diabólico, se demora, aún la muerte.” Eran los años terribles del SIDA, en que los enfermos eran estigmatizados y aparecían ante la sociedad como apestados y depravados, permanentemente criminalizados por ser culpables de su enfermedad. Los homosexuales eran culpables por su licencioso modo de vida. Reinares, preso del terror, el miedo y la ira, se derrumbó. El SIDA en aquellos tiempos era sinónimo de muerte segura. Eran los “años de plomo” del SIDA; todo el que se contagiaba tarde o temprano moría.

Después pasó el tiempo, Reinares siguió escribiendo, conviviendo con el virus diabólico y consumiendo el espacio de horas, minutos y segundos que todavía le quedaban hasta su muerte escribiendo, conocedor de que la hora final estaba ya próxima. Aprendió a vivir con ese monstruo que el mismo había incubado en sus adentros. Padeció este horror de la misma forma que otros que le habían precedido y que después le sucederían a él. Soportó con estoicismo la “pena” que el destino le había arrojado, y al mismo tiempo, la terrible soledad de la enfermedad y el rechazo de una sociedad que ya le había condenado previamente por el siempre hecho de tener el SIDA. Reinaldo no pudo seguir adelante, ya enfermo decidió acabar con su vida en uno de esos anodinos días neoyorquinos de 1990 ante el olvido y quizá el terrible anonimato de esa gran ciudad.

Como siempre se suele decir cuando muere un gran escritor -y Reinaldo Arenas lo era-, nos dejó sus palabras y sus obras, sus novelas y sus versos. Este es el latiguillo que acompaña siempre a la muerte de un creador pero las obras de Arenas van más allá de la pura creación literaria y tocan la fibra humana de una forma casi única. Antes de que anochezca se lee de un tirón, es un libro electrificante e impactante, conmovedor y triste, hasta veces diría que desolador. Sobre sus padecimientos en la tierra, sobre su fortuito y quizá trágico final nos dejó un crudo testimonio para la eternidad. A través de ese libro, de sus páginas, de sus palabras, descubrimos el horror de un hombre frente a una enfermedad que entonces era algo más que una enfermedad, era un estigma social. Y una condena ante un mundo que no comprendía qué es lo que estaba pasando y por qué la gente se moría de esa forma tan horrible sin ninguna lógica ni explicación. Dios nos había abandonado y nos había dejados solos, como náufragos abandonados, o como leños que el mar anega o levanta que hubiera dicho Luis Cernuda, frente al SIDA. Qué terrible soledad. Su historia fue llevada al cine en el año 2000 por el director Julián Shnabel y el papel de Reinaldo Arenas lo interpretó Javier Bardem, en una actuación que no deja frío a nadie y que desempeñó de una forma magistral.

Reinaldo Arenas nació en Fuentes, Aguas Claras, provincia de Holguín, Cuba, un 16 de julio de 1943 y murió en Nueva York, Estados Unidos, el 7 de diciembre de 1990.

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