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¿Reformar la justicia para consolidar a Supermán?

Nuestros mandatarios hacen parte de los superhéroes que sacan pecho para proteger al Titán y Amo de Torres, piensan que pueden protegerlos de la kriptonita

Por: Jorge muñoz Fernández
Octubre 20, 2017
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¿Reformar la justicia para consolidar a Supermán?

Con gran despliegue los medios han animado la reforma a la justicia, a raíz de la monumental corrupción que existe en el país. Sin embargo, se abstienen de hablar sobre el modelo político y económico que hemos tenido durante siglos.

Somos hijos de la Revolución francesa y, desde ese entonces, nuestro sistema se levanta sobre los pilares de la propiedad privada que, al comienzo de la humanidad, estaban en manos de Dios como dueño absoluto de la naturaleza, además de ser, como en la mayoría de las religiones, jefe de todos los ejércitos, alta divinidad que fue delegando su representación en reyes, guerreros, papas, emperadores, nobles, señores y, ahora, en las transnacionales.

Desde esa época, con pocos espacios de paz, la humanidad ha tenido que soportar la justicia de los conquistadores, legitimadora de violencias.

Pensar que han existido países totalmente apacibles crea la impresión de que podemos alcanzar un estado de paz perpetua, absoluta y kantiana.

Si repasamos la historia de las naciones, sin mirarla a través de los cristales del poder comprometido, encontramos que el mundo se ha dividido en dos grandes fracciones: vencedores y vencidos.

Los vencedores son los que tocan las campanas, los dueños de las plazas donde desfilan las autoridades y se realizan los mercados; son los que codifican las instituciones que hacen la justicia, ejercen la autoridad y la soberanía, en otras palabras, los dueños del baile; aunque cuando se hablaba de soberanía Rousseau expresaba que ésta no podía ser representada y que si las leyes no eran refrendadas por el pueblo dejaban de ser leyes.

Si viviéramos en tiempos de la Roma imperial, la Democracia ateniense o la Nueva Granada, admitiríamos que los vencedores tienen la necesidad, como cuerpo gobernante, de construir su propio cuento, diferente a la narración de los vencidos, pues sería absurdo que se gobernara utilizando las parábolas de los desalojados

Para ejercer el poder triunfante se requiere inhumar las verdades de los sometidos, cambiar la forma del pensamiento colectivo y oscurecer al máximo las creencias derrotadas para construir otro sistema pensante, utilizando para ello el nombre prestigioso del derecho.

Los nuevos dueños del establishment no son inocentes ni cándidos, saben lo que significa estar en el poder, acceder o perderlo; propagan y multiplican sus ideas mediante miles de funcionarios, escritores, ensayistas, comunicadores, dramaturgos,  jueces, escribanos  y legisladores que tienen la misión de enaltecer  al príncipe, lo que implica ensombrecer y afligir la historia de los vencidos.

El poder que despliegan es discrecional y por eso mismo se siente y se sabe quién tiene menos o más dosis de poder y, para ello, se requiere el ablandamiento de los ciudadanos. Sin su apoyo o silencio es inminente el fracaso.

La estrategia de los poderosos es eclipsar las huellas de los derrotados, hacerlas no legibles, oscurecerlas; todo lo del adversario será mezquino y todo lo del nuevo poder será inmortal y glorioso.

Para los vencedores, portadores de la nueva historia, la justicia, la cultura, el himno nacional, las estatuas y emblemas seductores tienen una importancia sin igual, no admiten equivalencias ni semejanzas, los poderes análogos sobran.

Es bien sabido que cuando se muda un orden político determinado vendrá un nuevo estilo, un modelo diferente, que reafirme otro género de justicia y progreso, que a su vez comporte la violencia suave.

En el nuevo modelo la justicia será la verdadera, auténtica, infalible; ante el pueblo florecerá como la conquista más pulcra y la manifestación más pura de la igualdad jurídica.

Todo aquel que en adelante trate de ponerla “patas arriba” será calificado como subversivo y el pueblo tendrá que sumarse a la protección del orden constituido como un ideal buscado por todos.

Las ideas de justicia que exhiben los poderes dominantes son las de concordia y armonía, de un mundo equilibrado y ecuánime.

En ese tránsito los huéspedes de la pobreza, los invitados a la mesa de los huérfanos, los desempleados, los tercerizados, los desamparados, los informales, incluida la clase media baja, empezarán a observar que la justicia es una caricatura económica que los hace invisibles.

Quien quiera tener un hogar, si pertenece al círculo de los desamparados —el hogar no es solo un techo— no tendrá el Estado a su favor, la dignidad parece haber sido hecha para los deshonestos y los privilegiados.

En sus recintos prosperan los carteles criminales. “El modelo de paz se lleva en la solapa”, ha dicho cáusticamente un gobernante.

Supermán, en las circunstancias que vive Colombia, no es una simple tira cómica; de ser una  ficción creada para superar psicológicamente  la depresión económica norteamericana del siglo pasado, actúa también entre nosotros.

Nuestros mandatarios, como vencedores, hacen parte de los superhéroes que en el mundo sacan pecho para proteger al Titán, Amo de Torres y Señor de Casinos, porque a lo mejor piensan que pueden protegerlos de la kriptonita. Hasta pronto.

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