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Rearmar el tejido social, el reto tras el desarme de las FARC

“Existe un reto enorme para restaurar la confianza social, la articulación del entramado social quebrantado por los sistemáticos ciclos de violencia política, social y armada”

Por: Elkin Yesid Martínez Baquero
Julio 17, 2017
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Rearmar el tejido social, el reto tras el desarme de las FARC

Tras el indudable avance en la implementación de los acuerdos de paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC-EP, aún con los atrasos logísticos y jurídicos, es necesario que la sociedad y el gobierno en sus diferentes dimensiones tome conciencia de los grandes retos que se avizoran en el futuro próximo y lejano de la realidad colombiana, aparte de evitar la reincidencia, copar los espacios sociales y de autoridad que deja la guerrilla para que no sean abordados por otros actores armados y fortalecer todas las instituciones para el cumplimiento eficiente y eficaz de sus funciones para recuperar (al menos intentar) la confianza del pueblo colombiano en ellas.
Los retos más grandes para el país se enmarcan en los aspectos psicosociales de la realidad nacional dentro de la cual se encuentra la tarea de rearmar/ reconstruir el tejido social. Esto no es nada fácil, más si se tienen en cuenta las consecuencias sociales y psicológicas que tantas décadas de violencia, iniciando en la guerra bipartidista entre conservadores y liberales, ha generado en la construcción psíquica de todos nosotros.

Ya se refería a este tema el profesor Edgar Barrero en su libro De los pájaros azules a las águilas negras: estética de lo atroz, al mencionar que en Colombia se ha consolidado un amor hacia la muerte y un desprecio hacía la vida, aspecto que se compone entre otras características por justificar la muerte; desprestigiar y criminalizar al otro —sujeto diferente a mí—, especialmente por su forma de pensar. Subyacente a esto, una actitud de encanto cuando los afectados hacen parte de grupos con los que se guarda diferencia, pero de apasionado dolor cuando esas mismas consecuencias se viven al interior del grupo al que se pertenece; un profundo desconocimiento del dolor y la historia de otros; una desconfianza generalizada y entre otras características, el sentimiento de soledad y abandono del resto de la sociedad y del gobierno por parte de las personas que han tenido que vivir situaciones traumáticas.

Para exponer brevemente estas características hace falta remitirnos a hechos de la historia reciente del país: el uso de expresiones de justificación en el lenguaje cotidiano como “si lo mataron ha de ser por algo” o “en algo estaba metido”; la polarización política e ideológica que ha secuestrado a la democracia nacional en los últimos años donde la estrategia ya no son los argumentos, sino el desprestigio del opositor político (tal como lo afirmó el señor Juan Carlos Vélez); la alegría y los deseos de muerte expresados en redes sociales tras conocerse el estado de salud de Rodrigo Londoño Echeverri, o por la muerte de 22 guerrilleros en emboscada del ejército y el extremo dolor sentido por la muerte de 11 soldados una semana después como respuesta de las FARC a dicha emboscada, desconociendo la naturaleza humana de los miembros de ambos grupos; y finalmente, el hecho de que los territorios que históricamente han sido afectados por el conflicto armado apoyaron la salida negociada al conflicto armado con las FARC mientras las ciudades centrales del país que poco o nada han vivido la crueldad del conflicto armado dieron la espalda al mismo.

Todas estas situaciones llevan a evidenciar que en Colombia existe un reto enorme para restaurar la confianza social, la articulación del entramado social quebrantado por los sistemáticos ciclos de violencia política, social y armada a los que por muchas décadas nos hemos visto sometidos sin que podamos conocer la realidad sin la hoz de la guerra en nuestros cuellos. Un reto que requiere una articulación entre la sociedad civil y el Estado, desprestigiado desde todas sus instituciones; una reorientación de los recursos públicos y la voluntad política para disminuir las carencias sociales que dieron origen a la guerra: sistema de salud indigna, sistema de educación pública demeritado y de baja calidad; y, el desconocimiento y abandono de parte de Bogotá, de la Colombia territorialmente diversa.

Reconstruir todos estos elementos psicológicos no conllevará apenas 10 o 15 años, como pretenden algunas esferas del gobierno para establecer sus políticas y proyectar sus recursos. Este proceso de psicoeducación de la paz, de la no-violencia, de la cultura ciudadana, de la dignidad humana tomará por lo menos —incluso siendo idealistas— la misma cantidad de tiempo que la guerra llevó. Rearmar el tejido social después de tantos años con las manos y los corazones armados es una tarea ardua, de paciencia y compromiso de todas y todos.

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