Radiografía del "sátrapa" de Uribe Vélez

"Él no es un ser conscientemente malvado, sino que, al igual que sus más virulentos opositores, cree ciegamente en sus ideas y actos". Una mirada al expresidente

Por: Leo Castillo
abril 24, 2019
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Radiografía del
Foto: Las2orillas

Excepción hecha de las abstracciones poéticas como Pedro Páramo, las novelas latinoamericanas sobre sátrapas no son de mi agrado y de El otoño del patriarca solo noto su gorgoriteo verbal: lo demás, los demás, son ilegibles. Para acercarse a la figura del sátrapa vulgar hace falta humor y honestidad más allá de todo interés partidista si se quiere estar a la altura de un testigo juicioso o sibarita, lúdico. Se precisa de un instrumental de entomólogo y de la lupa del filósofo, de la sorna del guasón a veces, siempre que no se resbale en la ramplonería de la polarización. Al sátrapa no se lo debe auscultar como a un enemigo, sino como a un interesante o exótico insecto, a la manera como un crítico literario o escritor equilibrado ve a un escritor que le suscita el pensamiento, pero que no desea sacar del juego, como Joan Rivers ve la alfombra roja: deleitándose con su propia perversidad intelectual ante este objetivo del ingenio. Jonathan Swift (el humor intelectual) es superior en esta materia a todos los libelistas desgañitados que en este país y en todos pretenden inútilmente derrocar a un dictador con invectivas destempladas.

Lo primero que deseo dejar en claro es que el doctor Uribe Vélez no es un ser conscientemente malvado, sino que, al igual que sus más virulentos opositores, cree ciegamente (digo ciegamente) en sus ideas y actos. Todo sátrapa paleto carece de esa maravillosa herramienta, de ese buril para biselar una elegante acción humana: la duda. El mal le es infundido por ósmosis y el infectado lo ha sido por la perversidad de la materia en que se desempeña. Ha dicho Voltaire que “existen profesiones que convierten en bribón a un hombre honrado, que le acostumbran a mentir contra su voluntad, a engañar sin darse cuenta apenas de que engaña; a ponerse una venda en los ojos, a abusar por el interés y la vanidad de su estado y sumergir sin remordimiento la especie humana en una ceguera estúpida.”

Hay hombres que trabajan para hombres que parecen impelerlo a actuar fatalmente y son arrastrados por esa fuerza bruta de la plebe de toda ralea, adinerada que no, con o sin titulación académica, y a ella sirven, o así lo creen ciegamente, “millones de animales semejantes a él (…) y que no conocen ni una idea metafísica (…) un número inmenso que se ocupa únicamente de subsistir (…) que no saben más que comer y vestirse, que apenas gozan del don de la palabra, que no conocen que son desgraciados”, agrega el autor de Lettres philosophiques.

Para acercarse a este animal vestido y de ruana con la intención de desnudarlo y sacarlo en bola a la calle se necesita de la douceur, de la douceur, de la douceur; de ese abandon paisible de la soeur que quiere Verlaine de los amantes. Se requiere de un adarme de clase, de superioridad estética más que ética, de la humilde sabiduría del perro apestado de hidrofobia que se desliza tras el tobillo de su víctima para llevársela consigo. Hay que morir en el intento, a la manera como un lobo revienta devorando una rana venenosa.

Los pueblos son huérfanos crédulos en todo sistema. La democracia no es más corruptible que otras equivocaciones. Un hombre ferozmente equivocado, puesto en el lugar y momento indicados, no es más que una boya izada por la espuma, llevada a la cresta de la ola y conducida por la fuerza ciega del torrente de la historia al despeñadero sin otro término que el abismo. Una vez puesto en movimiento este torrente no hay tutía para la devastación. Atacar el estandarte, hacerlo trizas como el sátrapa mismo desea hacer con todo obstáculo que se interponga en su camino, solo conseguirá que la furia del caudal estalle y haga astillas los diques de las grandes aguas. La hoguera de la historia no se aplaca con llamaradas.

La figura de este homúnculo creado por un pueblo sumido en la barbarie y la más oscura ignorancia, es decir, por una turba indefensa ante su propia furia, pide a gritos una mente clara y feliz que lo haga bailar desnudo otra canción. El sordo sonsonete percutido de los atabales de una oposición destemplada no deja escuchar la bruja melodía de Orfeo, la flauta de Hamelín que arrastre a la horda fuera de su tronera de cañones humeantes, sofocar la bocaza del animal emboscado, del dragón llameante revolcado en su propia conflagración.

Naturalmente, una vez llevadas las ratas fuera de sus agujeros hacia la fiesta campal, el flautista tendría que abstenerse de volver a la aldea a reclamar viático por su servicio: la tarasca se levantará de entre la horda nuevamente, tarde que temprano, con otro nombre, y la procesión de zombis partirá de nuevo hacia el precipicio llevándose consigo a Orfeo, al flautista por delante. La rueda del saṃsāra gira para volver sobre lo mismo.

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