¿Quiénes son los auténticos fascistas?

"El fascismo tomó forma al apelar a las emociones, los símbolos, los rituales y la organización de milicias para ejercer la violencia"

Por: Omar Yezid Barrera León
julio 02, 2021
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¿Quiénes son los auténticos fascistas?
Foto: Flickr www.audio-luci-store.it - CC BY 2.0.

En estos días tan convulsionados por los que transcurre Colombia no deja de llamar la atención el uso de la narrativa de los líderes políticos; especialmente de aquellos que atizan al fantasma del fascismo para anular y ridiculizar opositores políticos o, más grave aún, para señalar grupos enteros de la sociedad que no comulgan con sus ideas. Los políticos progresistas no solo en Colombia, también de España, América Latina y otras partes del mundo, usan con ligereza el término “fascista” como etiqueta tanto para las fuerzas reaccionarias que se les oponen, como en contra de ciudadanos pragmáticos o apáticos que expresen alguna posición política contraria o escéptica a las doctrinas progresistas.

La narrativa política es la realización del lenguaje como instrumento para conseguir adeptos, forjar nuevas generaciones de partidarios y ganar la hegemonía cultural, como señalaron en su momento Max Adler y Antonio Gramsci, dos de los grandes intelectuales marxistas de todos los tiempos. Gramsci, que llegó a criticar la ingenuidad de Marx, consideró que la realización de la revolución comunista requería ganar la batalla cultural, el monopolio de la verdad, desde entonces todo aquel que no simpatizara con el comunismo es acusado de fascista. Un recurso superficial, pero poderoso que no tiene la intención de encuadrar a nostálgicos simpatizantes de los populistas totalitarios de los años treinta, sino que busca generalizar como fascista a todo aquel que se oponga a la utopía socialista o denuncie las prácticas izquierdistas en la batalla cultural. De hecho, esa ultima definición es tomada literalmente de “Antifa o manual antifascista” de Mark Bray. Ahora bien, lo curioso del término fascista es que, al estudiar su etimología e historia, esta parece corresponder a un descripción más precisa de la izquierda progresista que de las fuerzas que se le oponen.

Robert Paxton, autor de la anatomía del fascismo, hace una distinción entre la retórica del fascismo y sus acciones. Resalta que el fascismo se caracterizó por un discurso anticapitalista, pero de tipo selectivo, atacaron las finanzas internacionales especulativas, el internacionalismo, el libre comercio, el cosmopolitismo cultural, lo que hoy llamaríamos globalización. Aun así, respetaron la propiedad, aunque no la autonomía de la mayoría de los productores nacionales. Los ataques a la burguesía, a la que también llamaban oligarquía, estaban motivados por la debilidad e individualidad de sus integrantes, algo que evitaba tener una Nación fuerte. Las críticas filosóficas al capitalismo fueron sintetizadas por autores como Gaetano Mosca y Wilfredo Pareto, y hábilmente utilizadas por los políticos fascistas, pero estos a diferencia de los marxistas no acusaban al capitalismo de explotador, sino de materialista, indiferente ante el espíritu nacional e incapaz de conmover a las masas. A un nivel más profundo, los fascistas rechazaban que las fuerzas económicas fueran el motor primordial de la historia. Para los fascistas las ‘disfunciones’ del capitalismo se podrían curar simplemente aplicando la voluntad política suficiente para alcanzar el pleno empleo, la erradicación de la miseria, y el lucro colectivo.

El intervencionismo estatal en los regímenes fascistas se instrumentalizó mediante la confiscación de propiedades de adversarios políticos, judíos o gitanos, nacionalizaciones de capitales ingleses, franceses o norteamericanos, aunque se mostraron abiertos a las inversiones de sus socios políticos alemanes. Las fuerzas del mercado se sustituyeron al máximo por la administración estatal, mediante cartelización de empresas, control de precios y salarios, el sindicalismo oficial, proteccionismo comercial, y la programación de racionamiento de bienes de consumo. La administración de las empresas estratégicas se hizo reemplazando los antiguos gerentes por funcionarios del Ministerio de Planificación, aunque nominalmente seguían siendo propiedad privada, aunque, de hecho, las utilidades se nacionalizaron, además, las decisiones de producción se establecieron en el marco de planes estatales de producción.

El fascismo en el poder produjo cambios profundos en la sociedad donde se implantó. En Italia donde el fascismo tuvo su más pleno desarrollo, se rediseñaron las fronteras entre lo público y lo privado, reduciendo la esfera de lo intocablemente privado casi que, a la intimidad familiar, aunque en Alemania el concepto mismo de familia se llegó a cuestionar. Se modificó el ejercicio de la ciudadanía, que pasó del goce de derechos y el ejercicio de deberes constitucionales a la participación de ceremonias multitudinarias de afirmación y conformidad. Se reconfiguró la relación entre el individuo y la colectividad, de manera que el individuo no tenía ningún derecho fuera de los intereses colectivos. Se amplió el poder del Ejecutivo —que además integraba el poder absoluto del Partido y el Estado— con el propósito de tener el control total de la esfera política. El discurso oficial de los líderes fascistas alentó las emociones agresivas que hasta entonces se conocían en Europa en situaciones de la barbarie de la guerra o de extrema convulsión social. De hecho, la violencia tiene un valor positivo en el movimiento fascista, pues es mediante la violencia que se fuerzan los cambios históricos.

Los fascistas organizaron grupos de acción violenta bajo la estética de algunos símbolos. En Italia la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional (los camisas negras), en Alemania la Sección de Asalto (Los camisas pardas). Aunque movimientos similares se levantaron por todo el mundo, como los silver shirts en los Estados Unidos, los camisas verdes en Brasil, la sociedad de los camisas azules en China, los black shirts de Mosley en el Reino Unido, y en España la falange de sangre (posteriormente llamada Primera Línea) que fue dirigida en inicialmente por el exmilitar Luis Arredondo. Sus dirigentes fueron intelectuales, excombatientes, sindicalistas y un heterogéneo grupo de jóvenes que incluía campesinos, estudiantes, desempleados, e incluso delincuentes oportunistas que encontraron en esas milicias un espacio para ejercer violencia amparados en la impunidad de la manada.

Los camisas negras se organizaron conforme a las antiguas legiones romanas, y, tanto los camisas negras como los camisas pardas solían disfrazarse con escudos y lanzas para representar a los antiguos romanos y germanos en desfiles políticos donde exaltaban el nacionalismo. Esos símbolos resultaron tremendamente poderosos para atraer a militantes y engordar sus filas al punto que en su momento llegaron a rivalizar con los ejércitos nacionales en número de integrantes. En la práctica, fueron auténticos instrumentos de terror político, se usaron en toda clase de actividades intimidatorias, como los destrozos de mobiliario o comercios, la violencia física contra las fuerzas del orden republicano y militantes de partidos políticos rivales. Al final, se convirtieron en cuerpos paraestatales de control a la disidencia y las huelgas, espionaje y delación de opositores, incluso a los principales dirigentes se le integró al servicio civil donde actuaron como una policía política encargada de purgar al Estado.

Paxton considera difícil emplazar al fascismo en el mapa político tradicional de izquierda—derecha. Los propios dirigentes fascistas italianos no sabían explicar si el movimiento político de Mussolini buscaba competir con los comunistas por las banderas de la izquierda, o si por el contrario hacían parte de lo más reaccionario de las fuerzas conservadores que buscaban hacer frente al avance comunista. Para los fascistas era claro que al menos ellos no estaban en el centro político, de hecho, como afirma Paxton explícitamente: el centro blando [los tibios como los llaman hoy en día en Colombia] inspiraba el desprecio entre los fascistas, por complacientes y estar dispuestos a llegar a soluciones de compromiso, uno de esos vicios que tanto le criticaban a la democracia liberal de tipo parlamentario.

Otra contradicción entre la retórica y la práctica fascista está relacionada con la modernización: el cambio de lo rural a lo urbano, la artesanía a la industria, la división del trabajo, la sociedad laica y la racionalización tecnológica. Los fascistas solían criticar a las ciudades sin rostro y materialistas, acostumbraban a atacar sus símbolos arquitectónicos e iconos artísticos, la violencia como arma política tomó forma en el saqueo a comercios, el incendio de propiedades suntuosas, el descarrilamiento de tranvías y trenes, y, en el grafiti y el panfleto como armas de propaganda. La retórica fascista solía exaltar la utopía agraria libre del desarraigo, la inmoralidad y los vicios de la vida urbana. Sin embargo, a los líderes fascistas les gustaban los coches rápidos, los trajes de sastre, el champagne, y lujo; una vez en el poder los fascistas pasaron a la radio y el cine como los medios de propaganda favoritos. La industrialización se tornó en imperativa y se orientó al rearme, los artesanos dejaron de ser útiles al esfuerzo nacional y se les marginó. Los fascistas pactaron con la iglesia para hacerle frente a los enemigos históricos de esta, los masones, los comunistas, los materialistas y los judíos. Los primeros movimientos fascistas explotaron las protestas de las víctimas de la industrialización rápida y la globalización, de los que perdieron con la modernización incipiente que trajo el siglo XX, valiéndose para ello, por supuesto de las técnicas y estilos más modernos de propaganda de su tiempo, como lo argumenta categóricamente Paxton con ejemplos concretos del uso de las artes, el cine, la radio y el adoctrinamiento masivo.

Las imágenes convencionales del fascismo político se centran en momentos dramáticos del itinerario fascista, como la Marcha sobre Roma, el incendio del Reichstag, la Kristallnacht, y omiten, la experiencia cotidiana que desató y dio forma al fascismo. Los movimientos fascistas no hubieran podido desarrollarse sin la ayuda de gente ordinaria, de gente incluso bondadosa, de gente en quienes se despertó una auténtica ilusión de cambio. Los fascistas no hubieran llegado al poder sin la complicidad y aceptación de las elites tradicionales, los funcionarios públicos, los partidos políticos y los industriales. La violencia y los excesos del fascismo en el poder no hubieran sido posibles sin el apoyo de fuerzas establecidas como los jueces, la policía, el ejército, la prensa y la iglesia.

Consideremos, la reacción de los alemanes durante los acontecimientos del kristallnacht —la noche de los cristales rotos—. Durante la noche del 9 de noviembre de 1938 militantes del partido nazi, incitados por el discurso de odio del jefe de propaganda Joseph Goebbels, y haciendo uso de información distorsionada, participó en la quema de centenares de sinagogas judías en Alemania, la destrucción de miles de tiendas y viviendas de esa comunidad, se deportaron judíos a campos de concentración, unos 20.000 al menos, y se lincharon a 91 de ellos. Además, se impuso un castigo colectivo a la comunidad judía, una multa de mil millones de marcos, y el Gobierno alemán confiscó las indemnizaciones de los seguros de los propietarios judíos para compensar los daños accidentales a propiedades no judías. Sin duda muchos ciudadanos alemanes debieron indignarse por el caos y el vandalismo que atestiguaron desde sus ventanas, pero no hicieron nada. No hubo ninguna manifestación de rechazo a ese acto de barbarie por parte de la sociedad civil alemana, los ciudadanos alemanes no llevaron adelante demandas, o solicitudes de investigación judicial o administrativa por la brutalidad que cometieron sus vecinos contra una comunidad indefensa que también eran alemanes, solo que profesaban una fe distinta. Después de la noche de los cristales rotos, una minoría militante fue capaz de liberarse para llevar adelante un genocidio en un país hasta entonces civilizado y refinado. La profunda tradicional liberal de Alemania desapareció en una noche y dio paso a los momentos más oscuros de la historia de ese país. Las pocas voces que se levantaron para cuestionar las actuaciones de la dirigencia alemana o del canciller Adolfo Hitler fueron ridiculizados, perseguidos, exiliados, encarcelados o asesinados. 

El fascismo es la realización de la política de masas. Tomó forma al apelar a las emociones, los símbolos, los rituales y la organización de milicias para ejercer la violencia. El fascismo no se apoyó en programas políticos definidos a diferencia del liberalismo, el conservadurismo o la socialdemocracia, sino en sentimientos y discursos cargados de lugares comunes, frases de uso frecuente, que han perdido su significado. El fascismo no se apoya en la veracidad de su doctrina o en la racionalidad de sus argumentos, por el contrario, rara vez resistían un análisis serio. Los caudillos fascistas lograron transmitir un llamado a construir un destino histórico; las masas se contagiaron de la emoción de participar en una gran empresa colectiva; y a nivel personal, los ciudadanos entregaron su libertad y su conciencia a cambio de la emoción de participar en una gran empresa colectiva, una gran pacto histórico entre el caudillo y su pueblo.

Estudiando y entendido a Paxton basta concluir: ¿quiénes son los auténticos fascistas?

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