Opinión

¿Quién va a pagar la cuenta?

El gasto manirroto del Estado no era para el bienestar de los ciudadanos sino para el bienestar de la clase política

Por:
enero 10, 2016
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La pregunta de este artículo muy sencilla: El mesero (del restaurante en donde el Estado y el gobierno llevan muchos años celebrando una monumental farra) ha traído la cuenta y dado que quien pagaba en el pasado la dolorosa aduce no tener con qué, pregunta: “¿Quién va a pagar la cuenta?” Antes de contestar la pregunta, empecemos por tratar de responder ¿de qué farra se está hablando? y, ¿quién era que se suponía que debía pagar la cuenta?

La farra son muchos años de prodigalidad y derroche donde el Estado y el gobierno gastaban a tutiplén, aparentando que el cuerno de la abundancia no tenía fin y que los ríos de leche y miel iban a seguir fluyendo sin mayor dificultad. El gobierno, deslumbrado por una bonanza pasajera en los precios de las materias primas, no se daba cuenta que seguíamos siendo un país pobre: los aeropuertos, sin embargo, no daban abasto a los jets del Ejecutivo llevando a los funcionarios públicos a Cartagena; los trancones urbanos en buena parte eran causa de ejércitos de escoltas abriendo paso a pomposos y apurados funcionarios. Con sin igual desparpajo e irresponsabilidad el gobierno repartía ‘mermelada’ a la clase política. La abultada y generalmente ociosa nómina de funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores en el exterior crecía de manera desmedida. Se había llegado al ridículo que parte de la rama judicial, la Fiscalía, había creado su propia red de embajadores en exterior.

Pero el gasto manirroto del Estado no era para el bienestar de los ciudadanos sino para el bienestar del mismo Estado, concretamente de la clase política. Para la muestra un botón: en 1991 el salario mensual de un congresista era 741.000 pesos y el del colombiano del montón, 51.000 pesos, o sea 14 veces menos. Hoy el salario de un congresista es de 24.000.000 de pesos y el del ciudadano del montón, 644.000 pesos, o sea 38 veces menos. Los ciudadanos, inermes y estupefactos, nos ha tocado aguantar este tipo de injusticias y desmanes por parte de aquellos que precisamente han jurado defender la hacienda pública.

Volviendo a nuestra alegoría, la cuenta del derroche la pagaba el Estado con los abultados dividendos del petróleo, el carbón, el níquel y el oro. El Estado, de manera inexplicable, no se quiso, o no supo darse cuenta que los precios del crudo y por ende del carbón se estaban desplomando y que era necesario, o mejor dicho imprescindible, reducir el gasto. Siguió en el mismo tren del derroche…en la misma farra interminable como venía…

Somos los contribuyentes que tendremos que pagar
el despilfarro, los jets, la ‘mermelada’,
los contratos con Natalia Springer...

Y hoy, cuando se presenta la cuenta de la prodigalidad, la respuesta a la pregunta de ¿quién va a pagar la cuenta? es asaz sencilla: usted y yo amigo contribuyente. Así de claro… somos los contribuyentes que tendremos que pagar el despilfarro… los jets… la ‘mermelada’… los contratos con Natalia Springer... la orgía de nuevos puestos y cargos diplomáticos.

Con el aumento del IVA y de otros tributos, usted y yo amable contribuyente, tenderemos menos que gastar. Menos que gastar en comida y en ropa… en educación de nuestros hijos… en recreación y viajes… en lecturas y experiencias. Y tendremos menos que gastar porque el Estado, a quien se le ha otorgado los poderes coercitivos para meter su mano al nuestro bolsillo, no ha dejado de gastar. Y mientras que muy probablemente los contribuyentes terminamos en la cárcel si no pagamos lo que el manirroto Estado nos exige, la burocracia ningún esfuerzo hace por ajustar su nivel de gasto a las difíciles circunstancias que en los próximos años tendremos que enfrentar.

Esa, amables lectores, es la respuesta a la pregunta ¿quién va a pagar la cuenta?

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