¿Quién manda sobre el Ejército?
Opinión

¿Quién manda sobre el Ejército?

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noviembre 20, 2014
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La semana pasada las Farc asesinaron a dos miembros de la guardia indígena en Cauca solo porque estos, alegando su autonomía, decidieron quitar una valla en donde estaba la imagen de Alfonso Cano. Los medios de comunicación apenas marcaron el hecho como una noticia de relleno que a muy poca gente podría interesarle. Igual indígenas es lo que han muerto en los últimos 500 años sobre esta tierra martirizada. Ni siquiera al uribismo se le ocurrió hacer mucho ruido sobre la muerte de los dos integrantes de la guardia indígena, desaprovechando una oportunidad de oro para mostrar a las Farc como lo que son, una organización desgastada, integrada en su mayoría por guerreros de corazón y entendederas secas que ya no buscan liberar a Colombia del yugo de la oligarquía sino que están preocupados por lo que va a pasar con ellos y sus intereses en el posconflicto. Y uno de ellos es quitarle a como dé lugar las ricas tierras que desde antes de la conquista les pertenecían a los paeces, a los barí, a los koguis y para hacerlo tienen la ley de su lado porque varias zonas de reserva campesinas se harán sobre suelos sagrados y llenos de petróleo y gas como el del Catatumbo.

Pero no es más que secuestren a un general de la patria para que salga el fascista que se anida en  cada corazón de los autoproclamados  colombianos de bien. Ahí si se arrancaron las barbas y se arañaron el rostro indignados y sobre todo, sedientos de venganza. La primicia la dio el comandante en jefe del Ejército de Colombia que sigue siendo Álvaro Uribe. A Alzate se lo llevan a las tres y media de la tarde de Las Mercedes y el sargento que alcanzó a “escapar” lo primero que hizo fue avisarle al patrón para que hiciera fiesta por ese Twitter. Solo cuatro horas después un confundido y regañado Santos se mostró ante el país rodeado de generales diciendo apesadumbrado lo que los militares le ordenaron: suspender el proceso de paz.

El secuestro de un general fue recibido con algarabía dentro de los enemigos de la reconciliación que, seamos francos, sabemos que son el Ejército, el uribismo y una buena parte de la población que mantiene sintonizado todo el día RCN. El ministro Pinzón, quien representa a rajatabla la doble moral con la que este Gobierno ha afrontado el proceso, por un lado hablando y por el otro masacrando y bombardeando, de una vez empezó a movilizar tropas. Ayer martes Quibdó se despertó alarmado ante el intenso movimiento de efectivos y helicópteros que desplegaba el ejército. Había rumores de nuevos desplazamientos masivos, de bombardeos, se olía en el ambiente la fetidez de la guerra. Pitufino, el de Caracol, se subió a un Black Hawk y mostró la enmarañada selva  por donde los terroristas se habían llevado al general que solo quería llevarle luz eléctrica al Chocó, tal y como lo presentó la cada vez más errática revista Semana.

Los señores de la guerra, martirizados por los juicios a Rito Alejo del Río y a Plazas Acevedo, necesitaban demostrarle al presidente que no va a ser fácil instaurar la Nueva Colombia ignorándolos a ellos. Todavía tienen una ficha clave en el Senado, con mayor poder, carisma e inteligencia que el presidente, así que no todo está perdido. La paz todavía no es un camino sin retorno. Para los enemigos de la reconciliación lo ideal sería encontrar a Alzate y matarlo y echarle la culpa a la guerrilla. El país, que ha soportado sin rechistar las muertes de Jaime Garzón, Luis Carlos Galán Sarmiento, Bernardo Jaramillo Ossa, Álvaro Gómez, Guillermo Gaviria y Carlos Pizarro, no tolerará que los bandoleros pongan un solo dedo sobre uno de sus gloriosos generales. La paz estaría perdida para siempre. No es la primera vez que se sacrifica una torre para ganar una partida.

Los medios, mostrando a la atribulada esposa de Alzate llorando, están cumpliendo el papel que les toca: desestabilizar, estigmatizar, dividir y tumbar. Sin embargo ni ellos, ni Uribe y sus coordenadas, ni la ineptitud y falta de autonomía de este Presidente-Veleta, podrán vencer el anhelo que tenemos la mayoría de vivir en paz, sin desigualdad, con una retribución del ingreso real justa, con el derecho inalienable a la salud y a la educación. Queremos empezar de nuevo. Queremos que se cese la horrible noche y empiece por fin la primavera. Y va a empezar, seguro que sí.

Sin embargo no deja de preocupar la crisis de valores en el que nos han sumido años de guerra, es más importante para el país la retención de un general que orondo caminaba en bermudas en plena zona roja, que el vil asesinato de dos miembros de la guardia indígena. La sociedad civil, que duda cabe, no tiene ningún poder. Hasta Juanpa debe arrodillarse ante los seres que portan en su pecho los soles. Para lograr la paz, además de todos los puntos que se están desarrollando con éxito en La Habana, hay que quitarle el poder a los militares, sino será imposible. Santos necesita mano dura con ellos, depurar sus tropas, retirar las manzanas podridas. El ruido de sables ya es ensordecedor.

 

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