¿Quién empezará a sembrar la semilla de la reforma agraria en 2018?

Los candidatos a la próxima contienda presidencial del país deberían apropiarse de esta reforma, no solo en sus campañas sino también en sus mandatos, de ser elegidos

Por: José Nilson Lectamo Silva
abril 26, 2017
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¿Quién empezará a sembrar la semilla de la reforma agraria en 2018?
Foto: Revista Catorce 6

Uno de los grandes retos que deberá asumir el nuevo presidente de Colombia, sino el más importante, es el de cultivar la semilla de la reforma agraria en el país. Semilla que, sin lugar a dudas, deberá germinar en el corto y mediano plazo si queremos que nuestro país realmente pase la página de la violencia y pueda empezar a cimentar ese gran anhelo de país que soñamos la gran mayoría de los colombianos.

Y desde luego, estimado lector, se preguntará ¿cómo así que sembrar la semilla de la reforma agraria?, cuando la reforma agraria en sí debería ser una bandera política de algún (Fajardo, Vargas Lleras, Robledo, Petro o uribista) “líder” que aspire a ocupar el primer cargo de la nación.

Pues bien, luego de recorrer algunas zonas rurales del país y después de dialogar e intercambiar ideas con campesinos, indígenas, afrodescendientes, comerciantes, pequeños ganaderos y pequeños hacendados, (dado que los grandes terratenientes y los dueños de las grandes empresas no están en el campo sino en las ciudades), he llegado a la siguiente conclusión gracias a las palabras de unas hermosas ancianas del oriente antioqueño y del norte del Cauca, “para ir al altar y aceptar casarse, firmar ese cuento de apoyarse en las buenas y en las malas, primero debe uno enamorarse”. Y es así, como en todo “buen matrimonio”, que planteo lo siguiente: para que los colombianos vayamos conscientes al altar con la reforma agraria es necesario que primero nos enamoremos de ella, y esto precisamente requiere todo un proceso de cortejo para que todos los actores involucrados estén enterados y asistan a la boda, al matrimonio del pueblo colombiano con su campo con su ruralidad.

Regresando al tema del diálogo en las regiones, no encontré nada nuevo ni descabellado, encontré que las personas que viven en el campo, quieren su tierra, quieren cultivarla, pero no han encontrado el respaldo institucional para producir y comercializar sus productos de manera digna, y hoy, se encuentran en un inminente debacle agrario. La vocación agrícola de Colombia se ha perdido, y con ello nuestra soberanía alimentaria.

También, encontré muchos campesinos que hoy en día no tienen tierras porque fueron despojados o desplazados por actores ilegales y en algunos casos también por actores legales. Las balas en esta guerra han sido disparadas de ambos lados, y en el campo colombiano tanto las balas legales como las ilegales han terminado por acabar con la vida de la sociedad civil, del campesino, del afro y del indígena.

Hace más de treinta años, estas personas que “viven el campo” vienen escuchando promesas de políticos acerca de reformas agrarias, transformaciones que supuestamente dignificarían su papel como productores agrícolas y posicionarían sus tierras como verdaderas despensas alimentarias. Sin embargo, a la fecha nada ha cambiado, ni cambiará, si todos los actores involucrados no se comprometen a hacer parte de la recuperación del campo colombiano.

Para la tan necesaria reforma agraria que requiere Colombia, aún no hay cortejo, no hay interés por parte de unos, y otros se cansaron de esperarla.

Es tiempo para que algún líder de estos que quieren llegar al primer cargo de la nación empiece a plantar la semilla de la reforma agraria, inicie a cortejar a empresarios, terratenientes, campesinos y comunidades étnicas para enamorarlos de dicha reforma y de los beneficios que traerá consigo para el país, para sus campos y para sus gentes. Es un trabajo arduo, y con toda seguridad pasará su periodo y no será una realidad, pero por lo menos se habrá avanzado en el proceso. Y este sin lugar a dudas será un paso gigante para erradicar la violencia de los campos colombianos.

Es necesario entonces, plantear un diálogo abierto y sincero entre los actores, en el cual cada uno pueda presentar su mirada sobre el uso y la tenencia de la tierra, un diálogo en el que empresarios, terratenientes, minifundistas, ambientalistas, campesinos, indígenas y afrodescendientes puedan plantear sus posturas y estén prestos a escuchar las de los otros, un espacio en el que esté en capacidad de concertar, de negociar y ceder en los intereses propios, para pensar en los intereses colectivos como país.

A 11 meses de la próxima contienda electoral para elecciones de Congreso y Presidencia de la República no se escuchan sino discursos egocentristas en todo lado, y de fondo ninguna propuesta seria y técnica que nos lleve a pensar que realmente se está pensando en un proyecto de país distinto al que se ha venido cimentando y que hoy nos tiene con uno de los más altos índices de inequidad y pobreza a nivel latinoamericano.

Esperemos pues, que quien llegue al Palacio de Nariño en 2018, asuma su compromiso con el agro y que inicie ese lindo cortejo para que en el mediano plazo, después de enamorarnos, todos los colombianos podamos asistir al matrimonio con el campo colombiano.

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