Quedarse en casa, lejos de ser un castigo, es una enorme bendición

Juan Carlos, quien fue secuestrado en 2014 y hoy se encuentra lejos de su familia por cuestiones de seguridad, le deja un mensaje a todos los que reniegan por estos días

Por: Juan Carlos Posada
mayo 26, 2020
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Quedarse en casa, lejos de ser un castigo, es una enorme bendición
Foto: Pixabay

Hoy después de estar un par de meses en cuarentena obligatoria veo como personas cercanas y otras no tanto comienzan a sufrir por múltiples dolencias físicas y mentales, experimentando angustia y desesperación por convivir con gente que, aunque sea familiar, en ocasiones resulta ser desconocida.

Mirando esto en perspectiva, no puedo evitar revivir lo que me sucedió entre el 14 de mayo y el 20 de junio del 2014: fui obligado a estar con limitación de movimiento por un grupo armado. En aquella ocasión me jugaba la vida estando a su disposición y a la de influencias externas a voluntad de sus estados de ánimo, movidos por la intención de que les entregara las tierras que yo había conseguido con trabajo.

Fueron 35 días de secuestro, donde cada hora (aproximadamente) me echaban un balde de agua fría para que no pudiera dormir y donde para tenerme atento me golpeaban con una tabla en la planta de los pies. En una ocasión, que todavía recuerdo con dolor, traté de reaccionar contra uno de mis custodios y como castigo me la clavaron en la cadera y luego en la rodilla derecha una puntilla. Esto y tener que pedir permiso para poder ir al baño lo recuerdo como lo más degradante.

Jugaron con mi vida con mi mente, tal vez como muchos sienten que ahora sucede. En las noches inventaban diferentes formas de entretenerse y muchas de estas implicaban mi sufrimiento, que extrañamente les causaba gozo a ellos. Por ejemplo, hubo una vez en la que cada uno apostó a que yo me pegaba un tiro con un revólver que tenía una sola bala. Ellos movían el tambor y yo debía dispararlo. Después de llorar y hacerlo seis veces, se burlaron al mostrarme que con lo que estaba cargado el revólver era solo un casquillo ya detonado. Aún así sentía lo frágil e insignificante que era mi existencia y cada vez que apretaba el gatillo no temía tanto por mi vida sino la de mis hijos.

Ahora bien, existen varias similitudes con este coyuntural momento para nuestra sociedad. Para la muestra, el hecho de no poderte mover bajo la constante amenaza y cómo en cuestión de un día la vida te cambia por completo para siempre (como para mí ese 14 de mayo).

Hoy, estando escondido con la necesidad de proteger mi vida (me veo obligado a estar lejos de personas que quiero, puesto que estar cerca de ellas las pondría en condición de vulnerabilidad o sufrirían cualquier daño colateral como consecuencia del riesgo que actualmente corro), me siento mal al observar a quienes mandan memes, chistes e incluso verdaderos comentarios desesperados por tener que estar con sus esposas, hijos y demás seres queridos.

Aunque trato de no hacer juicios al respecto, sí quisiera llamarlos a reflexionar y a apreciar lo que tienen. A muchos de ustedes los despiertan en esta cuarentena por su nombre y no de un golpe; pueden decidir si comer o no (y no se encuentran a merced de lo que les quieran dar); y, aun cuando escuchan que su corazón y su cuerpo quieren colapsar, existe algo o alguien que les dice: “adelante, todavía queda espacio para luchar” (así no tengan idea quiénes son los que lo rodean o incluso si lo llevan a límites inhumanos o mortales).

En cambio, cuando no te dejan morir solo porque les eres útil por una firma que les representa salirse con la suya, en ese momento es fácil entender que quedarte en casa con tus seres queridos, lejos de ser un castigo, es una enorme bendición, es un regalo que la vida te da.

Igual que en ese momento, hoy tengo la convicción de que saldremos adelante, porque justo ahora quedarnos en casa define la vida, no solo la tuya sino la de muchos que te rodean. Yo perdí evidentemente todo lo material, pero jamás pudieron arrebatarme el espíritu para luchar un poco más.

Cuánto daría por estar en este momento recogiendo el desorden de mis hijos, tener a quien abrazar en las noches y poder decirle: “tranquila, todo va a estar bien”. Usted en casa que lo tiene, aprovéchelo y agradézcalo. Así sabrá al final que todo esto valió la pena.

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