“Quedamos campeones mundiales de la estupidez”: Duque presidente

“Tuvimos en nuestras manos la oportunidad de dejar atrás doscientos años de los mismos con las mismas, de darle un respiro a la paloma de la paz”

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
Junio 17, 2018
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“Quedamos campeones mundiales de la estupidez”: Duque presidente
Foto: Twitter @IvanDuque

En plena época mundialista los colombianos podemos celebrar por anticipado el título orbital de la estupidez humana. En el año 2016, cuando el no a la paz derrotó al sí, estuvimos a un paso de obtener el cetro, pero en el último suspiro nos lo arrebató Estados Unidos cuando eligió al estrambótico Donald Trump por presidente.

Tuvimos en nuestras manos la oportunidad de dejar atrás doscientos años de los mismos con las mismas, de darle un respiro a la paloma de la paz, de quitarle el tanque de oxígeno a la corrupción y a la guerra, de transformar la Patria Boba en patria sensata y decente; pero con un puntapié alevoso la ultraderecha y su falange mezquina nos acaba de arrebatar las ilusiones.

El merecido título que obtuvimos, es decir, el de “país imbécil,” tuvo honorables artífices, que son los que al fin de cuentas se benefician de un statu quo tejido a punta de argucias y mentiras: los políticos corruptos y maquiavélicos, los terratenientes y magnates, los rancios representantes de un catolicismo con rezagos medievales y ultra ortodoxos, los magnánimos representantes del cinismo humano, los pastores de los autodenominados cristianos, y por supuesto los rutilantes y poderosos medios de comunicación, y todo ese periodismo servil de los ventrílocuos de las élites que transforman en un santiamén las mentiras en verdades.

Es necesario aclarar que los cerebros de este triunfo de la estupidez no son para nada estúpidos; por el contrario, siempre supieron lo que querían y hacia dónde querían conducir al dócil rebaño. Los susodichos gozan de esa clase de astucia propia de las raposas y los ofidios. Salvo ese selecto grupo, nadie más debería celebrar, pues jamás una victoria fue tan amarga. Y el pueblo estulto que a estas alturas celebra el retorno al cetro de su terrible caudillo deberá conformarse, como sucede desde antiguo, con pan y circo… bueno, solo con circo pues pan no le darán.

La famosa frase de Joseph de Maistre: “El pueblo tiene el gobierno que se merece”, en Colombia se convirtió en una verdad de Perogrullo. Desde esa perspectiva el masoquista es responsable del torturador que le corresponde, el cobarde que besa las cadenas de su opresor es también culpable, y el idiota que se traga el indigesto menú de cuentos chinos, fantasmas y mentiras no es del todo inocente, pues el gran mentiroso necesita la valiosa cooperación de los bobalicones. Me cuesta creerlo, pero es una verdad escandalosa: millones de colombianos se dejaron meter por oídos, piel, ojos, boca y nariz dos goles infantiles: la sombra de nuestra vecina Venezuela y el fantasma ridículo del castrochavismo. Esa entelequia precisamente es la que hoy catapulta al eterno Uribe a su tercer mandato, esta vez sí interpósita persona, después de su intento fallido de subir a Santos para convertirlo en títere… y como suele decirse, al perro no lo capan dos veces, por eso pulió y preparó a la perfección una marioneta hecha a su medida y satisfacción.

Hay que reconocerle al señor Uribe su enorme liderazgo y su sagaz y mefistofélica inteligencia, capaz de hipnotizar con un discurso de culebrero a su séquito de devotos palaciegos, aquejados de esa doble moral propia del pueblo religioso. Porque el uribismo es una nueva religión en Colombia, y su líder ha logrado hazañas de dimensiones colosales que ni siquiera ningún papa medieval alcanzó; por ejemplo, una gesta histórica en el fangoso terreno de lo humano: puso a comer en el mismo plato a seudocristianos y católicos, a mormones, pentecostales y Testigos de Jehová, y a cuanta secta luminosa u oscura exista en este país surrealista e hiperbólico en su grado de candor y masoquismo. El todopoderoso señor Uribe va a un culto cristiano y lo veneran, va a una misa católica y le rinden pleitesía: unos y otros terminarán adorándolo, al fin y al cabo es un mesías o una deidad dantesca.

Arriba utilicé la expresión “los autodenominados cristianos”, porque en realidad sus palabras y predicaciones no concuerdan con el comportamiento de un verdadero seguidor del Divino Maestro. En efecto, cae en una rotunda contradicción ese supuesto cristianismo que no le apuesta a la paz, a la justicia y al rechazo unánime de toda forma de corrupción. Como quien dice, no se le puede servir a Dios y al dinero y a los intereses mezquinos, o no se le puede servir a Dios y a Uribe al mismo tiempo. Harta razón tuvo Mahatma Gandhi cuando pronunció este pensamiento cuajado de autenticidad: “Yo sería cristiano de no ser por los cristianos”. Cristo, en cambio, es otro cantar, pues el compendio de sus pensamientos y principios se resume en la verdad, el amor, la justicia y el pacifismo. Pero el “cristianismo” practicado por los que nos gobiernan, solo habla de paz cuando está preparando la guerra, o de los pobres cuando está calculando la forma de quitarles lo poco que les queda. Son adoradores del poder, del dinero, y de todas las formas de corrupción y no del Señor al que invocan. Un cristianismo carente de la opción radical por los humildes, pobres y sencillos no sigue propiamente a Cristo, sino al demonio de la avaricia.

En conclusión, millones de colombianos soñábamos con el renacer de una época de paz, bajo el silencio de los fusiles y la metralla, bajo el imperio de la concertación y la unidad; soñábamos con la inauguración de la decencia política en un país gobernado desde siempre por los cínicos y los depravados del poder; queríamos equidad, y degustar algo mejor que el estiércol de las promesas, que las heces de las injusticias, pero para vergüenza de medio país y escándalo para el mundo, parece que muchos prefieren consumir desechos que podrán hartar pero que no nutren. Tras una extensa espera de siglos añorábamos la reconciliación, pero otros tantos millones quisieron regresar a la soberanía de la muerte y la violencia, y a la justificación de la guerra. Unos queríamos el cese de la horrible noche, y otros la quieren eternizar. Entonces que estos últimos asuman el peso de los muertos que traerá el renacer de un posible conflicto y que sobrelleven el llanto de las madres por la sangre de sus hijos. Colombia mezquina: que Dios te perdone y Dios te guarde, y hasta nunca, y hasta ahora y hasta siempre eterna Patria Boba.

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