Opinión

¿Qué va a pasar en Estados Unidos?

Trump es favorito, lo absolvieron en el Senado, la economía luce fuerte, y sus rivales hacen el ridículo contando votos mientras buscan quién puede realmente vencerlo

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febrero 09, 2020
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¿Qué va a pasar en Estados Unidos?
Trump, absuelto, pisa fuerte para la reelección; en América Latina solo se ha concentrado en la ola migratoria de Centroamérica y en sacar a Maduro del poder. Foto: Twitter/Donald Trump

Tengo la impresión de que en Colombia han pasado desapercibidos acontecimientos importantes en Estados Unidos. Quizás por los afanes alrededor de cubrir a Aída Merlano, quizás porque desde hace unos años la influencia de Estados Unidos en el país es menor. Ya no estamos en los tiempos del Plan Colombia del comienzo del siglo. Obama fue un presidente relativamente indiferente a América Latina y, con respecto a nuestro país, mantuvo un apoyo discreto al proceso de paz. No mucho más. El eje de la política Trump en América Latina ha sido la relación migratoria con Centroamérica -espacio en el que su mejor aliado ha sido el gobierno mexicano de Andrés Manuel López Obrador- y la búsqueda por sacar a Maduro del poder. En Venezuela, Trump ha sido particularmente errático. Ha dado señales, en principio -a través de John Bolton, hoy caído en desgracia- de aprobar una intervención militar, luego ha apoyado sutilmente conversaciones entre la oposición y el régimen chavista en Barbados hasta, finalmente, sugerir que cualquier transición debería ser pacíficamente coordinada por los dos bandos en disputa. La semana pasada, en su discurso más importante del año -sobre el Estado de la Unión-, Trump homenajeó a Juan Guaidó, dándole un espaldarazo fuerte.

Aunque, afortunadamente, Estados Unidos no determina cómo se conduce el país, sin duda, el futuro de Colombia, y del resto del mundo, se verá afectado por eventuales cambios en la primera potencia mundial. Y el análisis debe partir de un hecho que yo jamás esperé ocurriera a esta altura: Trump es el favorito -lejos- para ser reelegido en noviembre de este año. Trump ha sido consistente en desafiar cada una de las predicciones que se han hecho sobre él. Pasó de ser visto como un extravagante al comienzo de la campaña anterior a derrotar uno por uno a todos sus rivales republicanos, pasando por parecer el rival más fácil que podía tener la poderosa Hillary Clinton a ganarle sin duda alguna; luego pasó de ser un presidente que sería de un solo período a ser, hoy en día, abiertamente favorito para ser reelegido, teniendo números de aprobación iguales o mejores a los de Barack Obama.

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Aunque, afortunadamente, Estados Unidos no determina cómo se conduce el país, el futuro de Colombia, y del resto del mundo, se verá afectado por eventuales cambios en la primera potencia mundial

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Así pues, Trump es favorito. ¿Por qué? En buena parte, por la economía. Estados Unidos vive uno de los mejores períodos económicos en su historia, el desempleo es muy bajo, la creación de nuevos empleos sigue consistentemente alta, no hay realmente una presión inflacionaria y, aunque su política fiscal no ha probado ser particularmente buena para la creación de nuevas empresas, tampoco ha creado un curso económico que parezca llevar a mayor desigualdad necesariamente. Además, si no fuera por el coronavirus que ha paralizado a China, Trump había logrado evitar una guerra comercial con el gigante chino. Una hipótesis elemental en el análisis de la formación de las preferencias de los ciudadanos -en especial en las democracias desarrolladas-, supone que, en realidad, lo único que importa es el bienestar económico de alguien para predecir su comportamiento político. Parecería que bastante de eso hay en estos momentos con respecto a Trump que ha logrado poner bajo el tapete las tensiones raciales que su presidencia agita y, quizás más impactante, su desprecio total por el trato digno a las personas parece irrelevante para las mayorías gringas.

Los demócratas, cómo no, le han ayudado a Trump. Esta semana ganó el juicio del impeachment que buscaba sacarlo de la presidencia. En política, contrario a la intuición de muchos, atacar a un rival es arriesgado porque, salvo esté bien pensado y fundamentado el ataque, es muy fácil que se devuelva. Los demócratas armaron un juicio y, sin estrategia clara, perdieron bastante rápido y sin un gran debate nacional. Trump sale protegido por las instituciones y sus rivales -inclusive sus copartidarios como Mitt Romney- quedan como amargados y motivados por envidias. No es sorpresa que varios demócratas, como Pete Buttigieg, hayan despreciado el juicio. Trump, en uno de sus hoteles, celebró el que podría ser un paso fundamental para su reelección.

Paralelamente a esa celebración, los demócratas siguieron destrozando su aporreado prestigio. Este es otro hecho que jamás habría pensado podría ocurrir: en unas elecciones estatales, relativamente pequeñas, los demócratas demostraron ser incapaces de contar unos votos. Increíblemente, después de varias horas el día de las elecciones, fue evidente que hubo un problema mayúsculo en la tecnología del partido demócrata lo que llevó a demoras de días en definir los ganadores y, más importante, golpeó fuertemente a cualquiera que sea el candidato del partido. El escenario para Trump no podría ser mejor: mientras lo absolvieron en el senado y la economía luce fuerte, sus rivales hacen el ridículo haciendo lo más fácil que hace una democracia funcional, contar votos.

Días después nos enteramos de otro resultado relativamente sorpresivo: los favoritos demócratas son ahora un socialista de 78 años, Bernie Sanders, y el alcalde gay de un pueblo de 38 años, Pete Buttigieg. Hace unos meses habría sido impensable que Sanders, que acaba de sobrevivir un infarto y que no defiende el capitalismo que ha definido la identidad gringa, y Buttigieg, que discretamente hace campaña en su esposo y que tiene poquísima experiencia política, ganarían la elección en un estado conservador como Iowa. Los que pintaban como favoritos, Joe Biden – con problemas muy serios para comunicar- y Elizabeth Warren -que es la encarnación del anticarisma- quedaron bastante lejos.

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Sanders, con una narrativa consistente durante años -y con energía y pasión en cada una de sus intervenciones-, ha conquistado a los jóvenes

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Sanders, con una narrativa consistente durante años -y con energía y pasión en cada una de sus intervenciones-, ha conquistado a los jóvenes. Nada tiene que ver la edad del candidato con su capacidad para atraer a una edad determinada. El viejo Sanders, de lejos, es el que más entusiasmo genera entre los millennials. Buttigieg sigue, curiosamente, una trayectoria muy parecida a la de Iván Duque (aunque a diferencia de Duque, Buttigieg no fue puesto por alguien a dedo en la política): ágil en los debates, con espíritu de consultor tecnocrático, ha logrado crear respuestas eficientes y cortas para la televisión. Con Duque ya descubrimos qué había debajo del disfraz de los debates -nada- y ya veremos si los gringos deciden que ese es el camino que quieren recorrer. Parece probable.

La lucha en el partido demócrata gira, todavía, en torno a un eje elemental: quién puede vencer realmente a Trump, que parece más fuerte que nunca. Naturalmente, una cosa es agitar a los fanáticos del partido y otra cosa es ir a una elección general en donde votan todos los ciudadanos. Por supuesto, será obvio el paralelo con Colombia, una cosa es ganar una primera vuelta acudiendo a una base radical y otra cosa es ganar una segunda vuelta en dónde se necesita conquistar a más del 50 % de los votantes. Veremos qué pasa.

@afajardoa

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