¿Qué será la democracia?

Aunque su concepto fue enriquecido por distintas corrientes filosóficas, científicas y sociales, ahora unos cuantos decidieron que sea más restrictivo y vejatorio

Por: Jorge Ramírez Aljure
agosto 14, 2019
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¿Qué será la democracia?
Foto: Pixabay

Después de la tremenda pela recibida por el gobierno neoliberal de Carlos Macri en Argentina, que pone en dificultades su reelección —tenida por segura dentro del modelo capitalista revelado que le decretaron al mundo desde el Monte Pelerin, entre otros, el economista  Friedrich Hayek y el filósofo Karl Popper—, la economía en general y, en especial la latinoamericana, han entrado en pánico porque cualquier otra opción, así sea la moderada de su opositor Alberto Fernández, es declarada fuera de lugar.

Es decir, que las decisiones democráticas que no favorecen a los candidatos o mandatarios que hacen profesión de fe de que seguirán en la línea del hipercapitalismo son consideradas perversas para las economías y pueblos que así lo decidan. Por las razones que sean como la de que el mercado libertario es un sistema injusto que agranda la brecha entre los pocos multimillonarios y el río de pobres, comprobado estadísticamente y criticado de manera científica y razonada por capitalistas como Thomas Piketty. Para no tocar la razón definitivamente apocalíptica de que es el protagonista principal de la crisis climática que amenaza a la raza humana.

Es la temeraria tesis sostenida por los propagandistas del capitalismo extremo Daron Acemoglu y James Robinson que luego de una falaz construcción de sofismas, adobada por  un interesante recuento de sucesos históricos, terminan su libro Por qué fracasan las naciones haciendo coincidir aquel extravío con la verdadera democracia. Por lo tanto, cualquier manifestación electoral de un pueblo que se siente maltratado económicamente por decisiones de sus gobernantes como le sucediera a los argentinos o les sucederá a los brasileños, o que vote en contra de las fórmulas recesionistas y empobrecedoras de los organismos económicos internacionales como le tocara a los griegos hace pocos años, no constituye un acto democrático y probablemente, dentro de muy poco —como no se nos adelante la crisis ambiental— se considere un hecho inválido o inexistente.

Es apenas lógico que la democracia ateniense tuviera para su tiempo limitaciones naturales fruto de un pensamiento aventajado, es cierto, pero acorde con las conquistas intelectuales que animaban sus sociedades. Pero no parece justo que siglos después —un poco más de 20  para ser más precisos— de haber sido enriquecido su concepto por todas las corrientes filosóficas, científicas y sociales que parieron la que llamamos civilización occidental, el capitalismo —uno de sus logros más extraordinarios— o mejor, sus frenéticos usufructuarios, decidan que la democracia debe ser más restrictiva y vejatoria que la manejada por los predecesores griegos.

Como el grado de cinismo aún no ha llegado al extremo de plantearlo de manera abierta, la posibilidad de que se piense en repetir dentro de las opciones “democráticas” las dictaduras militares en el cono sur, hacen parte del juego para devolver a los inversionistas y bolsas a la tranquilidad de que gozan en estas tierras de Colón. Y frenar, de una, la horrible posibilidad de que los países del área vuelvan a asustar a los mercados con opciones populistas de izquierda porque las de derecha son, aunque inquietantes, bienvenidas.

Además, existe una tradición dura al respecto. El modelo neoliberal se puso en práctica en Chile y no por las buenas sino a sangre y fuego. A lo Pinochet y ambientado desde Estados Unidos por Henry Kissinger que bien puede ser el maestro de Bolton y Pompeo. Y la explicación para que fuera así de brusco y no comenzara en la democrática Europa, salta de bulto: la aplicación de una invención ilusa que justificara que unos pocos ricos pueden disponer de los esfuerzos y recursos de los miles de millones que constituyen el resto de terrícolas.

Lamentablemente nuestras dirigencias no han contado con el valor y la inteligencia para encontrar una solución que combine el ejercicio de un capitalismo regulado —pues no existe otra alternativa dado el carácter egoísta de quienes lo gozan y lo sufren— y el margen de independencia política que necesitan para poder hablar de verdadera democracia antes de que sea demasiado tarde. Las soluciones de izquierda no han sido lo suficientemente creativas y sólidas para hallar una salida conjunta a una situación compleja cuyo futuro no puede más que lastimarnos. La derecha, que por lo menos en Colombia ya amojonó también el centro, solo atisba a mantener el prolongado sendero hacia la tragedia. 

Lo que estamos en mora de pensar los países latinoamericanos es cómo logramos liberarnos de esta asociación miserable entre un capitalismo inhumano y una falsa democracia emasculada de su componente esencial como lo es el pueblo, entendido aquel como el grupo de ciudadanos de todas las clases sociales que solo aspiran a elegir a quien, como lo indica un liberalismo pensado, jura que estará dedicado a ser el representante de todos y por tanto a su mejor estar.

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