¿Qué precio está dispuesto a pagar por defender sus ideales?

¿Su país?, ¿su estabilidad económica?, ¿su empresa?, ¿su poder ciudadano?, ¿su libertad?

Por: Diana van Gompel de Romero
julio 12, 2021
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¿Qué precio está dispuesto a pagar por defender sus ideales?

En estos tiempos de polarización, no solo a nivel local, sino en el mundo entero, ¡cuán difícil es decidir entre defender un punto de vista o aparentar estar de acuerdo con los demás para evitar la confrontación!

Recuerdo que era común escuchar frases como “no solo hay que ser bueno, sino también aparentarlo”, “hágase el loco”, “el que peca y reza empata”, “que la mujer y la hija sean castas pero la vecina flexible”. Todos estos dichos aparentemente simpáticos reflejan la subcultura de la apariencia, de la comodidad y de la necesidad de ser “aceptado”. De ese juego surge la doble moral necesaria para mantener el equilibrio en el medio en que se vive.

El drama de la ambivalencia comienza en el hogar cuando los padres dan lecciones de honradez a los hijos y luego comentan, en su presencia, lo del billete de cincuenta mil que le dieron al policía de tránsito cuando los detuvo por violar el pico y placa. Más adelante, el/la adolescente escucha al papá comentarle a su mejor amigo cómo “tumbó” al fulano en el más reciente negocio y en el ascenso hacia la edad adulta ese niño/a aprende que una cosa es lo que piensa o lo que siente y otra, muy distinta, lo que debe aparentar ante la sociedad.

El niño/la niña bien, hijo/a de los buenos que dicen ser más, crece en medio del privilegio: casa, servicios, alimentación, pantalla gigante, celular, vehículo de alta gama, ropa de marca, viajes; se educa en el mejor plantel y desde muy pequeño/a escucha, para estimular su autoestima, que debe ser el/la mejor, el/la más inteligente, el/la más sagaz y vivo/a que “no se deje” y que debe ser exitoso/a a toda costa y, ocasionalmente, le agregan “pasando por encima del que sea.”  Lo importante es mantener el status, tener dinero, figurar y “si la embarra, ¡no se deje coger!”.

Es obvio y sin embargo no está por demás aclarar que a la mayoría de los niños/as de estrato alto no les corresponde la anterior descripción y multitud de ejemplos tenemos de quienes se han convertido en hombres y mujeres de bien, exitosos/as honestos/as y solidarios/as.

Pero existen muchas excepciones y que las hay, las hay. A diario nos encontramos con un sinfín de noticias de engaño y corrupción, como si en nuestro país existiera un programa favorito, gratuito, con altísimos ratings, llamado Máster Fraude, y todos se pelean por participar en él.

Y en esa retórica de pseudoformación del carácter del niño/a ya mayorcito/a se le bombardea, de manera continua, en el hogar, en la calle, en las redes sociales con dosis letales de odio, de polarización de las diferencias de opinión (“los buenos” versus “los malos”), el irrespeto absoluto a la definición de la democracia, y el culto al bien individual por encima del bien común.

Y aparecen en el país en que vivimos todos, el sinfín de problemas no resueltos, la indignación ante la indiferencia, el despilfarro ante la miseria, ese “importaculismo” que nos permite siempre huir de las responsabilidades y creer que el deber se puede confundir con la imposición y la violencia.

¿Y qué sucede cuando la situación aprieta y no hay tiempo para pensar y analizar cómo reaccionar y el miedo ataca y nos armamos y disparamos sin siquiera apuntar? ¡Todo termina en ar! Violar, robar, vandalizar, quemar, dañar, atracar, matar…

Busco la reflexión desde la orilla derecha, esa orilla que ha tenido la oportunidad de estudiar la historia, y algunos de vivirla en carne propia, desde el privilegio. Busco aquellos que aporten voluntad, amor de patria, mano extendida, honestidad y concordancia desde sus principios religiosos, y agua en cantidad para apagar la hoguera que si sigue viva terminará en lágrimas, en éxodo, en desolación.

¿Usted a qué está dispuesto para defender sus ideales?, ¿su país?, ¿su estabilidad económica?, ¿su empresa?, ¿su poder ciudadano?, ¿su libertad?

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