“Que no me remitan al cielo”: Cacique Hatuey

El primer rebelde de América no fue el único que enfrentó la tragedia que significó para los indígenas la conquista de América

Por: Mateo Malahora
octubre 16, 2019
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“Que no me remitan al cielo”: Cacique Hatuey
Foto: Michal Zalewski - CC BY-SA 3.0

“En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que debían obediencia a un rey”, Eduardo Galeano.

Cuando España, que había sido creada a imagen y semejanza del Imperio romano, logró expulsar a los árabes, les aplicó el genocidio y la incautación de sus bienes, así como la destrucción del Corán, símbolo supremo de su cultura social y código de vida.

Los historiadores nos dicen que llegaron por error al Nuevo Mundo y arribaron a lo que hoy es México, donde usaron la violencia para despojar a los indígenas de broches, prendedores, pulseras, de oro y esmeraldas que utilizaban para sostener sus vestidos.

Vino después el primer genocidio, cometido sistemática y metodológicamente, utilizando el esquema cultural de sus antiguos dominadores: el imperio romano.

Cristóbal Colón, fiel súbdito de los reyes católicos, Fernando e Isabel, les hizo entrega formal de las tierras y el oro encontrados en el Nuevo Mundo.

De las miles de toneladas de minerales preciosos se se lucraron los ingleses, italianos, franceses, alemanes, portugueses y holandeses. España dilapidó la fortuna y entró en desolación y decadencia.

Los conquistadores utilizaron el exterminio y el pillaje. Y como los indígenas eran perezosos, la iglesia consagró la importación de esclavos africanos, considerados idólatras, pero más fuertes que los nativos americanos.

Puede uno imaginarse las leyendas, las fábulas y los mitos auríferos de la época.

El censurado historiador Bernardino de Sahagún se refería a los españoles del siglo XVI: “como unos puercos hambrientos ansían oro”. La rapiña, el despojo y muerte, si oponían resistencia, era su destino.

Se calcula que ciento ochenta y cinco mil kilos de oro y unos dieciséis millones de kilos de plata salieron de lo que hoy es América Latina.

Con el oro nacieron los bancos. Éticamente fundar un banco, a la luz de la realidad social y económica, era lo mismo. Lo ilustró Bertolt Brecht, perseguido por sus temerarias afirmaciones.

Los más conspicuos escritores del siglo XVIII nos dijeron que teníamos que agradecer, como colonias, a la madre patria, por habernos dado “las costumbres, la religión y el hermoso idioma que hablamos”, eludiendo, comentarnos, que en el siglo XVI el uno o dos por ciento de la población ya poseía todas las riquezas del mundo, estadísticas que no has cambiado mucho.

Conmovedora es la leyenda del Cacique Hatuey, que refleja la dimensión del saqueo americano. Al morir les imploró a los religiosos que lo asistieron en su muerte, que no lo remitieran al Paraíso, por no encontrarse allí con quienes lo habían torturado para despojarlo del oro.

Ya habían leído a Sun Tzu: “Matar enemigos (infieles, idólatras) sirva para estimular la cólera de nuestros hombres; arrebatar los bienes del adversario tiene por objeto de distribuir el botín”.

El saqueo, la rapiña y el genocidio no fueron acciones espontáneas. España fundó una estructura jurídica política para arrasar con los pueblos nativos, desanimarlos de levantamientos y decirles a los imperios del mundo que sus propiedades en América eran inaccesibles.

Nos preguntamos ahora: ¿por qué en España no se honra con estatuas en las avenidas de las ciudades a los árabes que los sometieron durante siglos?

Se calcula que en tiempos del genocidio indígena una población de setenta a cien millones de indígenas fueron exterminados y, de ellos, muy pocos, por su liderazgo guerrero y consideración, fueron enviados “al cielo, la gloria o al paraíso”.

Salam aleikum.

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