¿Qué necesita la paz del gobierno Santos?

Es necesario que primero haya igualdad, educación y salud

Por: Arturo Hernàndez Gonzàlez
mayo 30, 2015
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¿Qué necesita la paz del gobierno Santos?
Imagen Nota Ciudadana

“(…) En mi palabra de viento, en mí perdurarás, Colombia. Tus ríos, tus montañas, tus volcanes, tus furias criminales. Pobre niña ciega, Colombia, paloma. Ya tus ríos se secaron, tus montañas se desmoronaron, tus volcanes se apagaron y ya no queda a quien matar”. Este bello fragmento hace parte de Años de indulgencia, una obra que Fernando Vallejo escribió con el eco franco que se repite a cada letra en el susurro de su pluma polémica y satírica. Sin embargo, destaca aquí por la exactitud con la refleja la honda tristeza y la indignación general de algunos colombianos.

¿Por qué algunos? ¿No estamos acaso todos los colombianos tristes e indignados? No, desgraciadamente no. Y es que me resulta doloroso que en uno de los países de las grandes letras, se mancille aún el idioma; de pensamiento, palabra, obra y omisión.

Nuestro lenguaje, acogido en brazos de Don Miguel Antonio Caro y Don Rufino José Cuervo, y ampliamente estudiado por Fernando Vallejo a lo largo de su cruzada personal por una apología del lenguaje, ha sido ensuciado en inenarrables ocasiones por la demagogia o bien, por la inocente ignorancia que parece prevalecer en la mente de nuestros dirigentes.

Al analizar el lenguaje existente en los tres pilares de la política del gobierno Santos, a saber: paz, equidad y educación, que además soportan el eslogan Todos por un nuevo país, he encontrado que parecen haber sido obtusamente situados en ese orden presuntuoso.

¿Por qué? Porqué resultaría una obra de la “anti-lógica al orden”, dado que se enuncian en un orden consecutivo que, además, parece aludir a un imposible.

¿Qué paz podría haber en un país que no ha solventado las problemáticas sociales de igualdad, educación y salud?

En realidad, el primer pilar de la política del gobierno Santos debería ser la educación. Freire dijo: "La educación es el fantasma de la miseria", y si reconocemos que los procesos sociales y humanos que tienen lugar en los contextos educativos son primordiales para el desarrollo de la psicología humana y que por consiguiente, le permiten a los individuos una abstracción concreta del impacto de sus propias acciones en la realidad y en la construcción de la sociedad que queremos, nos será evidente que la importancia de la educación para la paz, recae en el hecho de que el avance colectivo de la educación del pueblo, repercutirá en las dinámicas sociales imperantes, disminuirá la brecha de desigualdad social y fomentará la capacidad propositiva de los estudiantes, lo cual a mediano plazo, podría posicionar a Colombia en la lista de países con tasas de desempleo y miseria más bajas del continente.

Si la educación reclamase su posición privilegiada en el quehacer cotidiano del país, su figura de motor primigenio del desarrollo integral común, y solo en el escenario de que la salud pública y privada, resultase de calidad, así mismo accesible para todos, podríamos nombrar los diversos elementos que constituyen la equidad en el país y en los que no ahondaré aquí porqué su sola mención es materia de un análisis posterior.

No obstante, es necesario contrastar la cruda realidad colombiana en materia educativa, para comprender la anti-lógica gubernamental. En un país en el que no son dadas las garantías para la praxis pedagógica y el quehacer docente. Se hace insostenible la garantía de una educación incluyente, significativa y de calidad, lo cual, como hemos visto, hace imposible la equidad y en consecuencia la paz. La estigmatización mediática que se ha obrado alrededor de las reacciones de los docentes que han entrado en “paro” y que, según se dice, “han dejado a más de nueve millones de niños sin educación”, son procaces y arriesgadas, puesto que, en realidad, han sido mecanismos ciudadanos que buscan defender el perfil profesional del docente como parte fundamental del constructo social.

Ahora bien, el primer pilar del plan de gobierno: la paz, ha sido tergiversada como concepto por omisión en la claridad del lenguaje y esto se debe a la ruptura comunicativa entre el Estado y los ciudadanos. En el Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, se reconoce que la construcción de la paz es un asunto social, el respeto a los derechos humanos es un fin del Estado que debe promoverse, el desarrollo económico debe ser con justicia social y armonía con el medio ambiente, y es garantía de paz y progreso. No obstante, la identidad específica de la paz como construcción social aboga en realidad a una acepción específica de la RAE, esta es: pública tranquilidad y quietud de los Estados, en contraposición a la guerra o a la turbulencia.

En realidad, lo que se debería inferir de los procesos de negociación y consolidación de la paz del gobierno, es la posibilidad de generar un estado de tranquilidad para los ciudadanos. Esto debería ser un incremento en la seguridad colectiva, una garantía de acceso a la educación, tarifas justas en el transporte público, legalidad en los contratos de la infraestructura pública, la garantía de mantener una alimentación de calidad, un servicio de salud diligente y establecer puntos básicos de calidad de vida que le permitan a los ciudadanos estar en paz, tener la tranquilidad de poder alimentar a sus hijos, brindarles educación y salud para que fomenten a su vez un cambio en la realidad del país y logremos finalmente la tan anhelada paz.

La negociación de la paz propone puntos de dialogo referentes a política de desarrollo integral agrario, participación política, fin del conflicto, solución al problema de las drogas ilícitas, intentar resarcir a las víctimas e implementar, verificar y refrendar las dinámicas anteriores. Añado a esto que, además, se expresa la necesidad de que estos procesos sean llevados a cabo “a la mayor brevedad posible”.

Desgraciadamente, podemos intuir que el orden adjudicado a los tres pilares influye en el aparente estado de la consolidación del mismo. Me da la impresión de que los intereses del gobierno en firmar una paz sobre la ruina que es la democracia colombiana, y luego intervenir en los mínimos vitales de la calidad de vida que reflejan la equidad, es para, finalmente, buscar la mejoría de la educación nacional. Todo en el orden de la “anti-lógica al orden”, ¿ven?

Debemos tener claridad en qué es lo que promete la paz del gobierno, para evitar la triste disolución de nuestras expectativas y el sentimiento general de que las negociaciones y las promesas fueron un tiempo perdido que se suma a todos los años de la historia del conflicto. Solo nos queda construir un lenguaje social, pacífico, novedoso y humano, con el que contribuir a la equidad, y, en consecuencia, a la paz que añoramos tanto. De otro modo, en Colombia pronto podremos afirmar, como lo hizo Fernando Vallejo, que en este país, “ya no queda a quien matar”.

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