¿Qué estrategia nos llevará a transitar la transformación que estamos creando?

Una mirada a las metas y propuestas que pueden emerger de la actual movilización social y del momento álgido que vivimos actualmente en Colombia

Por: José Luis Sánchez Peña
junio 01, 2021
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¿Qué estrategia nos llevará a transitar la transformación que estamos creando?
Foto: Las2orillas / Leonel Cordero

La experiencia social vivida en Colombia desde el reciente 28 de abril hasta lo que llevamos de mayo expone un panorama tenso, desalentador e indignante. La respuesta represora del gobierno de turno y los agentes estatales, la estrategia mediática deslegitimadora, y la reacción de sectores sociales privilegiados que señalan de vándalos y criminales a los manifestantes que resisten en la lucha, son obstáculos que la movilización social ha debido enfrentar estas semanas.

Movilización que iniciando como expresión de rechazo a la propuesta de reforma tributaria expuesta por el ministro Carrasquilla y el gobierno de Duque transitó a ser una plataforma de rechazo, crítica e indignación frente a otros proyectos desarrollados desde la actual presidencia y a la desigualdad social que experimentamos en este país desde la abolición colonial española, y que se ha radicalizado en el marco del neoliberalismo.

Bastante se ha escrito y expresado sobre las agresiones recibidas en la movilización social, sobre el juvenicidio presenciado y la violación a los derechos humanos por parte del Estado y sus agentes que, aunque las instituciones oficiales no las reconozcan, se presentan como realidades condenables en relación al ejercicio de poder de este gobierno.

El objetivo de este corto ensayo es colocar sobre la mesa una propuesta, una fuga, una alternativa que como movilización nos permita seguir ejerciendo las prácticas de resistencia que venimos construyendo y que, de algún modo, nos permita resguardar la vida frente a las violencias y autoritarismos vividos.

Esta propuesta se basa sobre dos plataformas que además sirven de contenido para profundizar la acción y la reflexión sobre los tiempos que vivimos; la primera es José Saramago y su “Ensayo sobre la lucidez” (Saramago, 2004), texto que, precedido por el “Ensayo sobre la ceguera” (el cual también nos abre una importante reflexión sobre la experiencia pandémica del SARS-CoV-2), devela, aunque de manera utópica, una sociedad que logra resistir y “re-existir” (Giraldo Díaz, 2008) comunalmente y en cierta “armonía” frente a un gobierno de turno que al saberse no popular pone a su funcionamiento una maquinaria que busca deslegitimar el “movimiento blanco”, movimiento social que desde las urnas usó del voto en blanco para expresar la “no representatividad”; el segundo eje, la segunda plataforma es guiada por uno de los impulsores del giro de-colonial latinoamericano y la filosofía de la liberación, Enrique Dussel (2011) y su “Carta a los indignados”, y uno de los anarquistas con mayor repercusión con su trabajo intelectual en Latinoamérica, Osvaldo Bayer. La reflexión de estos intelectuales nos lleva a pensar en torno al ejercicio de la “democracia participativa”, ejercicio de la democracia que fue propuesto en un principio por los anarquistas de mediados del siglo XIX y del cual nos quedan varias prácticas que permiten plantear unas transformaciones tajantes en torno a las dinámicas sociales y políticas que vivimos en este mundo contemporáneo, en esta Latinoamérica desangrada, en esta Colombia en constante crisis.

La estrategia de protesta que venimos implementando en la movilización social lleva a un desgaste de la ciudadanía. Los bloqueos en las vías principales de ciudades como Cali, la cual ha sido uno de los centros de acción de la manifestación, ha cobrado vidas tomadas por fuerzas estatales y de la élite social; jóvenes, indígenas, adultos, hombres y mujeres han caído en el asfalto tras gritar libertad y justicia, igualdad y la vida digna¹

Lo que se desgasta son las vidas, vidas que no podemos recobrar pero que tampoco debemos olvidar, pues esto llevaría a deshonrar el motivo de su muerte, la lucha por la dignidad, como nos enseñaron los mayores indígenas que han apoyado la movilización, el “buen vivir”.

Precisamos caminos que permitan continuar el desarrollo de la manifestación y que logre cambios tajantes frente al acontecer nacional, pero para esto se precisa organizar nuevas estrategias de lucha que transformen estas manifestaciones en revoluciones con cambios tajantes, he ahí el fondo de esta propuesta.

José Saramago nos habla de una sociedad que es atacada por el gobierno de turno al darse cuenta que ésta rechaza lo que tal gobierno representa. Al reconocer la impopularidad de las posturas políticas habidas reflejadas en el ejercicio insignia de la democracia representativa, la votación, el Estado gesta miles de acciones que buscan desestabilizar la ciudad con la intención de que los ciudadanos sientan la necesidad de la élite gobernante para poder vivir en armonía. Sin embargo, este proyecto fracasa; cuando el gobierno de turno se retira de la capital y la sitia, en ella las dinámicas cotidianas siguieron funcionando, sin desconocer lo acontecido, pero gestando las estrategias comunales de manera organizada que mostraron la no dependencia del gobierno representativo para el vivir social.

Es esta la primera semilla que debemos germinar, reconocer la necesidad de la organización social, comunal, como principio de construcción. Para esto, el ejercicio asambleario es uno de los caminos para construir los acuerdos comunes, y hacer frente, desde la base, hacia los ejercicios gobernantes que en la experiencia se gestan en contra de la vida y el bien popular.

En la experiencia de la protesta han sucedido unos primeros ejercicios asamblearios, como ha sido el caso de la comuna 18 en Cali, también “Puerto Resistencia” y otros que se siguen gestando con el lapso de los días.

Es este un camino que consideramos pertinente para desarrollar como eje de lucha, sin quedarnos únicamente en la estrategia de bloqueos, pues, empero, hasta el momento ésta ha sido manipulada por el Estado y los medios de comunicación para deslegitimar la protesta a lo que se suma la nula empatía de sectores privilegiados que, al sentirse afectados por las dificultades de movilidad y abastecimiento de recursos, hozan victimizarse como “secuestrados” por “vándalos protestantes”.

Si bien Latinoamérica viene en una efervescencia social transformadora en los últimos años, el objetivo central de la actual movilización no debe ser necesariamente una “constitucional”, como algunos manifestantes han expresado, siguiendo el ejemplo chileno del 2019. Un objetivo transformador resultante de esta movilización puede ser el inicio transicional de la “representatividad” a la democracia participativa, pues en la práctica de tal “representatividad” es que develamos las causas que han gestado el descontento social vivido actualmente.

En otras palabras, respondiendo a muchos que no comprenden por qué continúan las protestas y retomando las primeras líneas de este ensayo, esta movilización inició contra la reforma tributaria que ya se logró tumbar, pero ha sido la plataforma para señalar, condenar y manifestar el descontento con otros proyectos del gobierno de turno que no son aceptados popularmente, a lo que se suma el recrudecimiento de la violencia y la apertura de la brecha de desigualdad social. Pero ¿qué objetivo pragmático puede plantearse para poner una meta que delimite el sentido y alcance de la protesta social? La forma en que ejercemos la democracia es mi respuesta a esta pregunta.

Estas transiciones no son inmediatas, son progresivas y orgánicas, pero deben darse. La “democracia representativa”, naciente del protectorado de Cromwell e instaurada con mayor claridad tras la independencia estadounidense de 1776 (fecha imprecisa pues no reconoce todo el proceso independentista dado en aquella nación) es hija de un proyecto burgués que no se plantea la abolición de las desigualdades sociales, sino que piensa una forma de gobierno no monárquico en donde están en juego la ciudadanía, la tierra y sus recursos y las riquezas de la nación (Dussel, 2011).

La democracia participativa se fundamenta en un ejercicio asambleario que permite el ejercicio democrático desde la “base”, desde los barrios y desde los grupos sociales de menor escala. Esta permite llevar el ejercicio democrático a algo que trascienda la participación macro de la sociedad en las urnas, desde estos ejercicios asamblearios se gestan estrategias para hacer demandas y controles al ejercicio político y estatal de manera continua.

Dicho de otro modo, y llevándolo a un campo más tangible contextuado a nuestro momento y nuestra nación, desde asambleas barriales podemos gestar acuerdos que permitan expresar las necesidades que la comunidad cree que realmente necesita (no promesas de los candidatos políticos del momento), esto transita posteriormente a una asamblea comunal en la que se expone lo propuesto en la asamblea barrial para así generar acuerdos que sean llevados a los organismos estatales del municipio, y asciendan orgánica y progresivamente a la instancia necesaria para gestar los recursos necesarios para realizar lo que la comunidad en concreto demanda.

Esto tiene un cambio tajante en el ejercicio de la democracia y la práctica de la política, pues implica que los representantes políticos que figuran en el senado, el congreso y los representantes no ascienden por promesas hechas en campaña y que infortunadamente la mayoría no cumplen en la práctica, sino que son representantes que al ascender por voto popular lo harán por un proceso hecho de base, y no por promesas, pues las acciones y proyectos son postulados directamente por la comunidad, quienes saben lo que realmente necesita, y no por actores externos que en muchos casos proponen por intereses de conveniencia y no por compromiso social.

A esto se suma otro papel que implica la participación popular, barrial y descentrada de las instituciones políticas tradicionales de este país. Tal papel es la vigilancia y control periódico del desempeño de los políticos elegidos por parte de un representante de la comunidad elegido también mediante las asambleas. Actor que, al descentrarse de instituciones como la Fiscalía General de la Nación, que en la experiencia colombiana ha originado desconfianza en su funcionamiento debido a denuncias fallidas y al vitalicio sostenimiento de la corrupción, genera otras garantías de control.

Ante esto, la propuesta presentada se dirige directamente a plantear el ejercicio asambleario como una estrategia de resistencia y acción política que permita continuar la movilización pero que al mismo tiempo nos permita resguardar la vida frente a los hechos violentos que hemos sufrido los manifestantes en el marco del paro nacional y la estrategia de los bloqueos mantenidos en ciudades como Cali.

Claramente esta propuesta requiere mayor claridad y profundización, pero la intención de este corto ensayo se limita a la presentación de la misma, pues, reitero, se precisa gestar metas transformadoras pero pragmáticas que delimiten nuestro actuar político y que también nos permitan resguardar la vida.

Resistiendo con justa indignación frente a este imperio necropolítico. ¡Salud y libertad!

¹ Hasta la fecha se reportan 50 homicidios, 46 agresiones oculares, 955 víctimas de violencia física y 1388 detenciones arbitrarias, y 22 víctimas sexuales… a estos indicadores hay que sumar, en rango de error, la cantidad de muertos que no son denunciados o que son invisibilizados por el Estado.

Referencias

Dussel, E. (2011). Carta a los indignados. México: Los Nuestros.

Giraldo Díaz, R. (2008). La resistencia y la estética de la existencia en Michel Foucault. Entramado, 90-100.

Saramago, J. (2004). Ensayo sobre la lucidéz. Bogotá: Debolsillo.

*  Historiador, candidato a magíster en Educación y Desarrollo Humano.

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