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Publindex, o el muerto que ríe del degollado

‘¿Por qué creemos que un sistema de esa naturaleza puede juzgar de algún modo nuestro trabajo?’

Por: Alejandra Hurtado
Diciembre 02, 2015
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
Publindex, o el muerto que ríe del degollado
Foto: tomada de internet

 Hace unos días abrí mi correo institucional y vi un mensaje que llevaba esperando meses en la bandeja de entrada: Consulta Resultados Preliminares II Actualización 2014 del IBN – Publindex. Estaba segura de que la revista iba a ascender a categoría A2 porque cumplía con todos los requisitos para lograrlo. Abrí la plataforma de Publindex y luego de cinco intentos logré entrar: ¡oh sorpresa! la publicación seguía en B. ¿Ahora qué le voy a decir a mi jefe? ¿Cómo responderé por esa meta que estaba anotada en el plan de trabajo? ¿Seré mala editora? ¿Y ahora qué viene para la revista? Entré en pánico y no podía entender cómo era posible que a pesar de todo mi trabajo el resultado fuera el mismo.

Comencé a mirar la evaluación, para darme cuenta de lo que en un primer momento aumentaría mi decepción, y luego de varios días me daría hasta risa. Me indicaban que me hacían falta resúmenes y palabras clave en dos idiomas (que, por cierto, la revista tiene desde 2004), que no tenía índices periódicos (que están incluidos desde hace 2 años), y que no estaba indexada en ningún índice bibliográfico (está en SciELO). No podía creerlo, ¿tanta demora para esto? ¿tanta espera para que me den una evaluación absolutamente errada? Era increíble que fuera yo quien tuviera que invertir más de mi tiempo para demostrarles que habían hecho una pésima evaluación y enviar la réplica. Curiosamente, en la anterior convocatoria tuve una situación similar, pero la razón por la que no ascendió la revista era porque no estaba visible, aunque sí aceptada, en SciELO. Y ahora que sí estaba visible, ¿esta era la respuesta? Efectivamente escribí la réplica, con muchísima molestia pero manteniendo siempre la diplomacia con los señores, para recibir de nuevo un “no” porque SciELO no aparecía registrado en su plataforma. “Señores de Publindex: yo sí lo registré en su plataforma desde inicios de año, yo sí estoy visible en el portal de SciELO, lo pueden comprobar en el siguiente hipervínculo (les envié el hipervínculo), yo sí cumplo los requisitos”. “Señora Alejandra, lo sentimos, pero no. Nos falta tanta autocrítica, que a pesar de saber que nuestra plataforma es una vergüenza para lo que se hace llamar un sistema de ciencia y tecnología de un país, usted tiene la culpa y aunque estamos viendo que sí aparece en SciELO, vamos a ser los cara dura de siempre y no la vamos a ascender de categoría a la revista, a pesar de que en la anterior convocatoria le dijimos que era lo único que le faltaba”.

Pero un momento. No todo fue injusticia. Había algo más en lo que sí tenían razón. No todos los integrantes de mi comité científico habían publicado en los últimos dos años en revista indexadas de disciplinas afines. ¡Pero claro! Si algunos integrantes son señores que ya eran mayores cuando la revista inició, ayudaron a sacar adelante la publicación, saben todo lo que quieren y ahora están por encima del bien y del mal (y con eso me refiero, entre otras cosas, a que están por encima de las exigencias de Publindex, ¡y más vale estarlo a los setenta años!). Lo que no tuve en cuenta –-mea culpa–, es que en Publindex es la regla por la regla, y que he debido, como muchas personas lo hacen, no subir los nombres de dichas personas a la plataforma. Esconderlos del padre punitivo, de ese padre que castiga sin saber de razones ni contextos. He debido negarlos a pesar de que  fueron piedra angular de la revista. Claro, qué falta de astucia la mía, qué falta de entrar en la dinámica del “mundo es de los vivos”, muy colombiana entre otras cosas. Por lo menos una razón real para seguir en B.

¿Tenía yo que ponerme brava con Publindex? ¡Claro que no! Ellos, al fin y al cabo, nunca han ocultado su naturaleza: como el novio que de entrada muestra que es un maltratador; luego cuando le pega a la mujer, la culpa es de ella ¡quién la mandó a seguir con él a pesar de que sabía a qué atenerse! La rabia era conmigo misma. ¿Por qué, a pesar de llevar años sabiendo de los plazos incumplidos, del desorden de Colciencias, su falta de claridad y calidad, seguía yo dando a Publindex el poder de decir si mi labor como editora y la calidad de la revista era buena o no? ¿Cómo podía yo tomarme en serio un juicio de ese tipo y creer que este puede afectar mi desempeño o mi imagen en la institución en la que trabajo? El problema es que sí lo puede afectar: porque todos alegamos de Publindex (en congresos de editores y por los pasillos de las universidades), pero seguimos legitimando nuestro trabajo a través de ellos. Y cuando digo “todos” somos los editores y las directivas de las instituciones que son, al fin y al cabo, a quienes les rendimos cuentas. Son muy pocos los casos en los que, por ejemplo, entrar a Redalyc es considerado dentro de la institución un mayor logro que entrar a categoría A en Publindex. Esto, cuando Redalyc sí tiene un proceso de evaluación concienzudo, ofrece una retroalimentación detallada y útil, y cuando, por ejemplo, ofrece la posibilidad de acceder a los artículos (señor Publindex, ¿es demasiado pedir que por lo menos pongan los contenidos que ustedes indexan disponibles en su plataforma?)

Habría que pensar, ¿por qué, a pesar de nuestras críticas y de que Publindex ha demostrado con creces su incompetencia, seguimos muertos del susto ante el nuevo modelo de medición que viene? ¿Por qué creemos que un sistema de esa naturaleza puede juzgar de algún modo nuestro trabajo? Por otro lado, y como bien lo dijo el fundador de Redalyc, si Publindex va a medir las publicaciones colombianas con los criterios de ISI y Scopus, ¿por qué no mejor desaparece, deja que nos midan los sistemas extranjeros e invierte ese dinero en otra cosa? Creo que es momento de no temerle más ni quedarnos en manos de la opinión del novio maltratador, que ahora, además, cambiará su estilo por el del mono decolorado con lentes de contacto azul, y no demora en empezar a invitarnos a las citas en inglés.

 

Alejandra Hurtado

*Las opiniones expresadas en este texto son mías y en nada comprometen a la institución en la que trabajo.

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