Prueben otra fórmula: ya no más abogados, economistas e ingenieros en el gobierno

Desde la Constitución del 91, todos los presidentes provienen del mundo de la economía, el derecho y el periodismo, ¿por qué ensayar otro perfil?

Por: DAVID NAVARRO MEJIA
septiembre 21, 2021
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Prueben otra fórmula: ya no más abogados, economistas e ingenieros en el gobierno
Foto: Crello

Ha comenzado a moverse de verdad el escenario político con vistas a las elecciones de Congreso de la República y para elegir el nuevo presidente.

Hay candidatos para el Congreso de todos los pelambres, de muchas más voces y también los codiciosos de más poder y riquezas. Y para presidencia ya empiezan a perfilarse mejor los bloques políticos en contienda y los candidatos. El centro, que llaman, estuvo de plácemes porque Alejandro Gaviria les dio el sí acepto a la candidatura presidencial; el Nuevo Liberalismo ha renacido y Colombia Humana, el partido de Petro, le han reconocido por fin su personería jurídica.

Muchos piden programas fundamentados, otros que los candidatos no polaricen y se porten como estoicos contertulios, que en Colombia no ha pasado nada extraordinario y, en consecuencia, que no es para que se echen en cara tantas querellas y pinten al otro como el demonio.

Pues bien. Creo que Colombia podría ensayar otro perfil de políticos y gobernantes. Por ejemplo, que premie menos a abogados, economistas e ingenieros, que son los que se ufanan de saber cómo administrar la cosa pública que, como se ve tan frecuentemente, muchos la entienden como cosa nostra, con toda la carga de mafia que encierra la frase. Desde la Constitución de 1991, todos los presidentes provienen del mundo de la economía, el derecho y el periodismo, campo este último que no ha salido bien librado desde las altas esfera del Estado y que últimamente camina sin pudor por los caminos de la propaganda y el proselitismo abierto a favor de los inquilinos del gobierno de turno. No digo que en otros campos profesionales lo van a hacer mejor, pero solo por ensayar ampliar el espectro de profesionales que manejan las altas esferas del Estado, ya sería una buena señal de cambio.

Recuerdo que de los economistas, el historiador Marco Palacio hizo en 2002 un breve pero significativo estudio (Saber es poder) de las bondades que le han aportado a la tecnocracia del Estado, aunque al mismo tiempo registraba cómo dos universidades, especialmente la Universidad de los Andes, habían copado los altos cargos del Estado en asuntos económicos: desde el Ministerio de Hacienda hasta el Departamento de Planeación Nacional, pasando por algunas entidades de peso económico hasta llegar a la Junta Directiva del Banco de la República. La Universidad Nacional, la otra universidad que competía en ese rango, tenía un peso menor.

¿Cuánto ha cambiado ese panorama hasta hoy? No lo sabemos con certeza, pero hay señales que indican que poco, y de pronto ha cambiado para peor: muchos de esos grandes tecnócratas pasan de esos altos cargos del Estado a posiciones en el sector privado que dejan mucho que desear sobre la ética con que asumen los cargos públicos. O en otros casos, han hecho del Estado una puerta giratoria donde pasan de MinHacienda al MinHacienda y otras entidades, o al revés.

El modelo de economía que tienen en su cabeza no solo es el del libre mercado, el sacro santo concepto, sino un modelo en el que por lo regular están hablando mal del Estado, pero del que siempre quieren también estar al frente de sus cargos más preciados y valerse de ese mismo Estado del que abjuran para financiar contratos jugosos a grandes empresarios que previamente han financiado las campañas electorales de sus jefes. El caso es que los altos jerarcas del Estado, en su condición de economistas, últimamente también han creído que son ellos los que deben copar y manejar los asuntos de la educación (el llamado enfoque de economía de la educación) de la salud (economía de la salud) y otros más.

Es de suponer que son muy buenos armando modelos econométricos para garantizar la eficiencia y racionalización de los recursos. No obstante, lo que se advierte es que, frecuentemente, cuando evidencian que los recursos disponibles son escasos, acuden a dos opciones: poner tributos a los que proporcionalmente más tributan o ir a poner la mano ante la banca mundial multilateral para pedir préstamos onerosos. La verdad, generar recursos propios, más allá de los consabidos productos de la minería, no es lo suyo, eso les ha quedado grande. Pero allí están orondos y suficientes, creyendo que son los únicos que pueden conducir la restrictiva y profundamente desigual economía colombiana. Los abogados tienen otro modelo y otro coto de caza en el Estado, y los ingenieros, es de esperar que también (atrapar los órganos de control, copar las cortes y quizá, diseñar el nuevo mapa físico y de conexión de Colombia con cuanta obra pública les reporte riqueza y poder).

¿Ha dejado algo positivo esa visión economicista, jurídica o técnica del Estado? ¡Seguro que sí! Pero se sabe pudo haber dejado muchísimo, pero muchísimo más. El caso es que el país merece más que economistas, abogados e ingenieros en las altas esferas del Estado. Entre otras cosas, estaría bien que llegaran políticos con nuevas profesiones: ambientalistas, por ejemplo. Y también historiadores, a ver si les enseñan algo de historia en acción a nuestros gobernantes, más allá de los complejos de inferioridad que viven exhibiendo en el exterior. Y por qué no, también sicólogos, que buena misión que podrían cumplir en este país que vive en el diván callejero de todos los días, sin que lo quiera advertir, ni darse por enterado. Y, por supuesto, también buenos docentes, pero no de esos que llegan a las Universidades con el monopolio de la información que usufructúan de sus cargos anteriores, o presentes en el Estado, para posar de genios informados. No. Me refiero a los que han estado, o están en instituciones educativas donde enseñar constituye un reto de seguridad de todos los días y, sin embargo, pueden ofrecerles a sus estudiantes lecciones del diálogo más reciente que se presenta en el mundo en los variados campos del saber y la ciencia.

En fin, ojalá podamos ampliar el espectro de los políticos y gobernantes elegidos. Y que, por supuesto, el cúmulo de profesionales de otras universidades del país sea mayor. Que haya más mujeres, jóvenes, negros e indígenas en el Congreso y en el Gobierno próximo. Que, en verdad, las elecciones que se avecinan sean el dibujo del país pluralista, regional y multicultural que existe. Que todos los que hacen y crean la cultura de este país, en sus múltiples expresiones, encuentren un lugar en el país que debe construir un Estado de bienestar y en el cual el gobierno no discrimine a una parte considerable de la sociedad. Más culturas debe ser la guía para el nuevo Congreso de la República y el nuevo gobierno que elijamos.

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