A propósito de las sillas rojas y las mujeres

"Mis mandíbulas articularon la mejor y peor frase que podían articular: 'no sabía que ser mujer fuera una discapacidad'"

Por: Roger Steve Guerrero Junca
mayo 03, 2017
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A propósito de las sillas rojas y las mujeres
Foto: .bogota.gov.co

En las constantes lagunas filosóficas que nos planteamos a diario y en las que sucumbimos por el peso de nuestra existencia, trato de persuadir a ese grupo de individuos de elegantes facciones, sutiles olores y esquizoides pensamientos, que me tildan de “machista”. Sí, puede que lo sea y no porque disfrute serlo, sino porque si hay alguien machista es mi madre, mi tía, mis primas, mis compañeras de estudio, mis compañeras de trabajo, mis estudiantes, mi jefe…En eso pensaba antes de encapsularme al vacío en el alimentador del servicio urbano de transporte de la capital. En medio de las caricias, abrazos, manos en busca de mi teléfono y mi billetera y las brisas exhalantes de los pulmones podridos en alquitrán sobre mis oídos, me vi en frente del terrorismo simbólico materializado… una silla azul. Esa silla donde se rebosan las posaderas de muchos, pero que está destinada para unos pocos, es el hermoso y brillante escalpelo que divide la idiotez, de la moral, aún más idiota. Al ver la silla sin ningún cuerpo flotante sobre ella y ante la mirada bochornosa de algunos hombres, accedí a sentarme, el primer error en una cadena de errores. El segundo, fue no hacerme el dormido y el tercero, mirar si se acercaba uno de esos pocos con el derecho a dominar y hacer propia esa silla. En vista de no aparecer ninguno de esos personajes, proseguí a ponerme mis audífonos, esos que te liberan del reguetonero con parlante portátil,y de las conversaciones inacabables e infructuosas entre una enamorada y su móvil.

Es entonces, y en el preciso instante en el que cierro mis ojos, para caer en brazos de Morfeo, que escucho a lo lejos un "viejo, levántese y dele la silla a la señora”. Aún con los ojos cerrados me levanté y dije "claro". Sin embargo, cuando abrí mis ojos no había nadie, bueno, nadie además de los que ya estaban cuando me senté: un estudiante, el hombre que me hablaba y el reguetonero con su parlante. Entonces miré al hombre extrañado, con cara de “¿quién necesita la silla?”, sin decir palabra me señaló con su mirada a una mujer de no más de 30 años, joven y hasta bonita. Volví a mirarlo esta vez con más extrañeza, pero me reafirmó la orden con un “párese!”. No lograba finalizar con éxito la sinapsis para comprender el porqué de la orden y traté de ayudarme con un pequeño aviso al lado de la silla que dice algo como "silla preferencial: discapacitados, adultos mayores, mujeres embarazadas y/o con niños de brazos". Para forzar el impulso nervioso, miré a la mujer y no logré distinguir ninguna de esas características, lo más cercano y de lo que dudaba seriamente era que estuviera embarazada, pero a juzgar por sus caderas bien contorneadas, si lo estaba no tenía más que unas pocas horas.

Seguía sin comprender, y lo demostré con una tercera mirada perdida al hombre, con voz poderosa e imponente y esta vez amenazante, insiste, "levántese ¿no ve que es una mujer?" Mi cerebro llegó al límite de mínimas conexiones neuronales, creo que todas mis neuronas no se conectaban, tal vez porque todas estaban preguntándose lo mismo "¿pero cómo diablos?" En ese frenesí, el único musculo que reaccionó fue el cuello, que giró involuntariamente hacia aquel cartel azul. De reojo volví a leerlo y entonces, una epifanía, todas mis conexiones neuronales al cien por ciento le ordenaron a mi cuerpo que se levantara y mis mandíbulas articularon la mejor y peor frase que podían articular: "no sabía que ser mujer fuera una discapacidad". Tal vez por mi cara de demente o por lo apretados que íbamos en el bus, o porque simplemente ninguno de los dos comprendió lo que dije, no recibí una caricia de los nudillos de aquel hombre en mis prominentes arcos orbitales. Al ver que me levanté, la mujer sonrío, con esa expresión que solo algunas saben hacer pero que ningún hombre puede resistir y en tono suave, cariñoso y casi con júbilo por lo que aquel héroe anónimo había hecho por ella, me dijo, casi con ingenuidad "gracias".

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