A propósito de la educación sexual en Colombia

"En Colombia no contamos con docentes idóneos para educar sexualmente a nuestros niños y jóvenes"

Por: Eduardo Menco González
marzo 02, 2016
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A propósito de la educación sexual en Colombia
Foto: Vanguardia.com

 

Hace pocas semanas se hizo público, gracias a los medios de comunicación, un tema nada nuevo para quienes se mueven en el ambiente educativo, particularmente en la educación preescolar, básica primaria y secundaria: el inconveniente de impartir cátedra de sexualidad o de implementar la formación sexual en niños y niñas de las instituciones educativas del país. El asunto adquirió relevancia precisamente por haber sido el Procurador quien consideró, desde lo legal, un problema continuar ofreciendo esta educación a personas que por su edad no estarían en condiciones integrales ni en la capacidad suficiente para recibir este tipo de propuestas académicas, bien sea desde el currículo o desde la puesta en marcha de algún proyecto transversal obligatorio.

Que lo haya expuesto el Procurador con su fama de godo, retrogrado y extremadamente clerical permitió que “el morbo” le abriera paso a quienes están pendientes de cualquier palabra que exprese el señor Ordóñez; obviamente la crítica no se hizo esperar, y una de la primeras en pronunciarse, asumiendo que era su deber, fue precisamente nuestra ministra de educación Gina Parody, quien obviamente, como lo expresó otro medio, tendió a politizar un poco el tema afirmando que la postura de aquel funcionario público respondía a su mentalidad exageradamente medieval. Finalmente, todos sabemos cómo terminó la cuestión: “La Sala Plena de la Corte Constitucional dejó en firme los alcances del artículo 14 de la ley 1146 de 2007 que establece que las clases de educación sexual únicamente pueden ser impartidas en los cursos de media y superior, es decir bachillerato y universidades”.

No obstante, lo acontecido sí puso en evidencia otros aspectos que pudieran ser mucho más importantes a la hora de considerar y determinar si se imparten o no dichas clases. Dichos aspectos incluso estarían en la capacidad de develar el alto grado de incompetencia que muchas instituciones educativas tanto privadas como públicas poseen a la hora de asumir el reto de educar sexualmente tanto a niños como a jóvenes en Colombia. Así mismo, dejarían muy mal parado al Ministerio de Educación Nacional y a las diversas Secretarías de Educación municipales, quienes teniendo la responsabilidad directa de ofrecer líneas estratégicas para la implementación de una formación que requiere toda la atención posible, por el contrario consideran que se trata de algo sobre lo cual es suficiente dar una mirada somera, armar un proyecto obligatorio transversal y delegarlo a quien tenga menos carga o asignación académica. Esto en el mejor de los casos.

Si usted le pregunta a algún o alguna joven sobre la calidad de la educación sexual que recibe en su establecimiento educativo, lo más probable es que le responda gestualmente dándole a entender que eso no sirve para nada y que a lo sumo les ofrecen unos contenidos o talleres que poco aportan a la comprensión de lo que realmente debería ser una formación sexual que responda a los retos particulares de la sociedad actual. Si lo cuestiona además sobre quién es el docente que acompaña dicho proceso, la sorpresa será mayor al saber que su maestro o maestra de sexualidad, en no pocas situaciones, es el mismo profesor que tiene la responsabilidad de impartir otra materia distinta, dejando claro que para muchos colegios parece ser que cualquiera está en la capacidad de enseñar sexualidad.

Qué decir, por ejemplo y por citar otro elemento, de aquellos colegios que obligan a que todos los maestros deben impartir dicha clase asumiendo que se trata de un asunto que compete a todos y por consiguiente todos están en el deber de enseñar sexualidad sin importar si son idóneos para tal tarea o sin cuentan con la experticia propia y suficiente para asumir lo que cada día se está tornando en un reto de mayúsculas proporciones. Los docentes finalmente terminan realizando lo que se les pide. Muchos de ellos incluso siendo concientes de la gran dificultad que se les plantea, tienen que hacer ingentes esfuerzos por relacionar su área de conocimiento particular con el tema de la sexualidad sobre el argumento de que se trata de una realidad transversal que permea todo el currículo y como consecuencia todas asignaturas se corresponden con el tema sexual.

No podemos dejar de mencionar otra realidad para nada minúscula. Cuando se les pregunta a los estudiantes de establecimientos educativos de condición social desfavorable o de zonas rurales sobre quién es su docente de educación sexual, ellos responden abiertamente que se trata de maestros cuya vida privada no es tal, afirmando que muchos de ellos incluso tienen una vida poco ejemplar, algunos con dos mujeres, con varios hijos “regados por la calle”, y con un comportamiento ético y moral poco deseable. Entonces eso que supuestamente se enseña más con el ejemplo que con un contenido queda totalmente desdibujado en la atmosfera de la mentira cuando no del engaño o del teatro barato.

Otros colegios, particularmente privados queriendo “hacer bien las cosas” y teniendo con qué, delegan la no fácil tarea al departamento de sicología o a la llamada área de desarrollo humano, y parece que el problema estuviera resuelto. Sin embargo, oh dilema cuando el sicólogo se ve en la encrucijada de resolver una pregunta que vislumbra en el camino: ¿soy sicólogo o soy docente? Entonces tanto estudiantes como profesionales de la sicología no logran dar el salto necesario que se requiere para resolver el tema, y es aquí donde justamente aparecen las confusiones propias fruto de delegar una función a un profesional que no logra identificar adecuadamente su rol en la institución, además porque los sicólogos deben asumir otro tipo de tareas que comprometen incluso su ética profesional en función de la prudencia y el respeto por los procesos individuales de los estudiantes.

Finalmente aparecen en escena otros dos aspectos. El primero tiene que ver con que muchos de los maestros de educación sexual tienen posiciones encontradas en relación al tema. Por un lado, encontramos docentes que siguen viendo la sexualidad como un tremendo tabú, es decir algo de lo que todavía no se puede hablar con toda la transparencia y claridad posibles; esos maestros escrupulosos que limitan la sexualidad a lo moralmente correcto o incorrecto, a lo bueno o lo malo, a lo pecaminoso o virtuoso. Por el otro, los docentes que amparados en un exagerado relativismo moral consideran que el tema debe ser tratado con toda la libertad del mundo sin tapujos ni reserva alguna abriendo así una gran ventana al permisivismo que tampoco hace mucho bien en niños y jóvenes. El segundo aspecto es precisamente reconocer con total veracidad la existencia de ambientes totalmente malsanos donde es casi imposible ofrecer una educación sexual adecuada. Dichos ambientes se convierten en problemas extremadamente estructurales y generadores de unas condiciones que en nada favorecen la puesta en marcha de un proyecto sexual dignificante cuya intención en la promoción de ser humano. Familias disfuncionales, hijos sin padres, la violencia, el microtráfico, el pandillaje entre otros son elementos que condicionan drásticamente el panorama y con los cuales se hace urgente tener unas condiciones de formación en nada parecidas a las que estamos acostumbrados en nuestras instituciones, para poder así responder efectivamente a los desafíos.

El llamado entonces es a reconocer que el ideal de hacer de Colombia el país más educado para el 2025, también pasa por atender estos asuntos tan importantes y latentes. Colombia no será la más educada si aprende más matemáticas o más lenguaje, o si se hace bilingüe; será la más educada en la medida en que se preste atención a asuntos que aún no han sido considerados como urgentes en los procesos de formación tanto de estudiantes como de maestros, y esto debe estar por encima de un procurador y por encima incluso de un Ministerios, aunque ellos obviamente deben asumir sus responsabilidades en el asunto.

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